Jesús es negado por Pedro


Jesús es negado por Pedro

Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo: “También tú estabas con Jesús el Galileo”. Él lo negó delante de todos diciendo: “No sé qué quieres decir”. Al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí: “Éste estaba con Jesús el Nazareno”. Otra vez negó él con juramento: “No conozco a ese hombre”. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro: “Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata”. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo: “No conozco a ese hombre”. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: “Antes que cante el gallo me negarás tres veces”. Y saliendo afuera, lloró amargamente (Mt 26, 69-75).

San Pedro había confesado en Cesarea de Filipo que Jesús era el Mesías. Cuando Cristo preguntó a sus discípulos: “¿Quién decís que soy yo?” Simón Pedro dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 15-16). Conocía muy bien a su Maestro… y le quería. Había estado con Él tres años, desde el principio del ministerio público del Señor. La llamada que le hizo un día Jesús junto al mar de Galilea cambió su vida. Era un hombre sencillo y apasionado. Cristo lo eligió para que fuera fundamento sólido e inconmovible de la Iglesia. Y yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella (Mt 16, 18).

Después de instituir la Eucaristía, Jesús dijo a sus apóstoles: “Todos vosotros os escandalizaréis esta noche por mi causa, porque está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño’. Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea”. Pedro le respondió: “Aunque todos se escandalicen por tu causa, yo nunca me escandalizaré”. Jesús le dijo: “Te lo aseguro: esta misma noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces”. Pedro le dijo: “Aunque tenga que morir contigo, no te negaré” (Mt 16, 31-35).

Las palabras del apóstol Pedro, dichas con entusiasmo ardiente, son sencillas y sinceras. Era verdad que estaba dispuesto a defender a Cristo. Los acontecimientos posteriores lo demuestran. Cuando fueron a prender a Jesús en el huerto de Getsemaní, Pedro, impulsivo como era, se enfrentó con aquellas gentes armadas con palos y garrotes para defenderlo y, espada en mano, hirió a un siervo del sumo pontífice que se atrevió a tocar a su Maestro; el golpe fue esquivado en parte y sólo alcanzó la oreja derecha, cortándola.

Después de la Última Cena, Jesús salió hacia Getsemaní. Nada más entrar en el recinto del huerto, les dice a sus discípulos: “Sentaos aquí mientras me voy allí a orar”. Y se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a sentir angustia. Entonces les dice: “Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo” (Mt 26, 36-38). En medio de un intenso sufrimiento, Jesús acude con confianza a Dios Padre, aceptando su Voluntad. Su oración en estos momentos de angustias será un modelo para sus seguidores de todos los tiempos, un punto de referencia imprescindible para superar cualquier prueba. Por eso invita a los discípulos a la oración. Llegado allí, díjoles: Orad para que no entréis en tentación. Se apartó de ellos como un tiro de piedra, y, puesto de rodillas, oraba (Lc 22, 40-41). Tras largo rato de diálogo con el Padre celestial, Jesús se acerca a los tres predilectos (Pedro, Santiago y Juan), adormecidos por el abatimiento y la flaqueza. Ellos no han sabido ofrecerle el consuelo de estar a su lado, al menos con la plegaria.

Mal apoyo para el Maestro son los discípulos en aquella hora difícil. Pero Jesús les urge a que aviven su espíritu de oración y se mantengan despiertos para evitar que el Maligno siembre su tenebrosa semilla en los corazones. Dice a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de velar una hora? Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mc 14, 37-38).

También a todos los cristianos les dice Jesús que oren, pues necesitan de la oración. En primer lugar, para ser santos. ¿Santo, sin oración?… -No creo en esa santidad (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 107). Luego, para no caer en la tentación, ni en la rutina, ni en la tibieza. Con oración siempre se sale victorioso de los ataques del enemigo, porque da fuerzas; se superan las dificultades; se recomienza la vida cuantas veces sean necesarias. Y también se precisa para el apostolado. Entonces dijo a los discípulos: “La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9, 37-38).

La noche parece no tener fin, mientras la oración del Señor se prolonga en intensidad creciente de amor y de dolor. Volviendo por segunda vez al lugar donde estaban Pedro, Santiago y Juan, los encuentra nuevamente dormidos: parecen no advertir la trascendencia del momento ni la soledad en que se encuentra su Maestro. En esta ocasión no les reprocha nada; pero en su Corazón debió de experimentar la amargura de no sentirse apoyado por los suyos, mientras los que le persiguen no se conceden un momento de reposo.

Es una escena que desgraciadamente se repite muchas veces a lo largo de la historia, y que en los tiempos actuales posee una triste actualidad. También ahora muchos cristianos dormitan en su fe tibia, mientras los enemigos de Dios y de la Iglesia traman maldades. Hay que estar siempre bien despiertos, acompañando al Señor, y dispuestos a defenderle.

El Señor termina su oración. Vuelve por tercera vez al lugar donde se encuentran los Apóstoles y les dice: ¿Aún estáis durmiendo y descansando? Basta, llegó la hora: mirad que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos; ya llega el que me va a entregar (Mc 14, 41-42).

Pedro, Santiago y Juan se desperezan precipitadamente. A cierta distancia, los otros ocho Apóstoles se levantan también. En la entrada del huerto, se revuelve un tropel de sombras sigilosas. Jesús, con decisión, se encamina hacia ellos. Su Alma Santísima, que ha estado turbada y angustiada en las horas anteriores, ha sido fortalecida en la oración. El Señor se dispone a afrontar las pruebas que le esperan, plenamente identificado con la Voluntad del Padre.

San Pedro estuvo dormido en Getsemaní cuando tenía que haber estado rezando. No fue capaz de seguir de cerca a Jesús. El Evangelio pone Pedro le seguía de lejos (Lc 22, 54). Y sabemos lo que pasó: negó tres veces al Maestro. No había estado preparado para aquella prueba. Descuidó la oración y se encontró sin fuerzas.

Los respetos humanos y el temor llevaron a Pedro a negar tres veces al Maestro, que permitió su caída para que fuese humilde. Sus negaciones, signo de debilidad, fueron ampliamente compensadas por aquellas lágrimas purificadoras de dolor, señal de su profundo arrepentimiento. El evangelista san Lucas dice: El Señor se volvió y miró a Pedro (Lc 22, 61). La mirada de Jesús, gesto silencioso y lleno de ternura, a la vez que elocuente, conmovió al apóstol. Pedro comprendió la gravedad de su pecado y sinceramente se arrepintió.

El dejarse llevar por los respetos humanos, o el temor al qué dirán, es propio de personas débiles de carácter, sin convicciones profundas ni criterios claros, con una formación bastante superficial. Los respetos humanos son consecuencias de valorar más la opinión de los demás que el juicio de Dios. A veces, están respaldados por el miedo a poner en peligro un cargo público o el deseo de no distinguirse de los demás.

Hay que vencer los respetos humanos, y actuar en medio del mundo tomando siempre una postura coherente con la fe. Es posible que, en ocasiones, entre compañeros en el trabajo no sea lo más cómodo, pero en esas situaciones no hay que preguntarse qué es lo que será mejor acogido y aceptado por los demás, sino qué es lo mejor, lo que espera el Señor de uno. En el Evangelio leemos las siguientes palabras de Cristo, que ayudan para vencer los respetos humanos: A todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos (Mt 10, 32-34).

Asusta el daño que podemos producir, si nos dejamos arrastrar por el miedo o la vergüenza de mostrarnos como cristianos en la vida ordinaria (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 36). Quien se avergüenza de ser discípulo de Cristo, de imitar su ejemplo, de seguir los preceptos del Evangelio, de aceptar sus enseñanzas, por temor a desagradar al mundo o a las personas mundanas que le rodean, a éste, Cristo no le reconocerá en el día de Juicio Final como discípulo suyo, pues no ha confesado con su vida la fe que recibió en las aguas bautismales. El cristiano nunca debe avergonzarse del Evangelio, dejándose arrastrar por el ambiente de mundanidad que le rodee; sino influir con decisión por transformar ese ambiente contando para ello con la gracia de Dios.

Los primeros cristianos no se dejaron vencer por los respetos humanos, y transformaron el antiguo mundo pagano. No hay que olvidar que el brazo de Dios no se ha empequeñecido, ni las palabras de san Pablo: Quien me juzga es el Señor (1 Co 4, 4).

San Josemaría Escrivá durante su infancia fue un niño completamente normal, que en nada se diferenciaba del resto de los chiquillos. Alegre, simpático y travieso, jugaba, reía y se enfadaba como los demás niños. Tenía los gustos, las rabietas y las manías de cualquier niño de su edad. Por ejemplo, no le gustaba nada las visitas; y al oírlas llegar, corría a esconderse debajo de la cama. Su madre, al tiempo que lo sacaba de su escondrijo, le reñía con paciencia y aprovechaba la ocasión para dejarle una enseñanza indeleble en el alma. Josemaría, la vergüenza, sólo para pecar, le decía.

¿Vergüenza para formar una familia numerosa? ¿Vergüenza para bendecir la comida cuando hay invitados en la mesa o porque se está en un restaurante? ¿Vergüenza para decirles a unos compañeros entretenidos en ver cierto tipo de revistas que la pornografía embrutece, y que no son más hombres por dejarse llevar por las más bajas pasiones? ¿Vergüenza para asistir a Misa los domingos porque los amigos del barrio pueden vernos entrar en la iglesia? ¿Vergüenza para hacer una genuflexión al pasar delante del Sagrario? ¿Vergüenza para seguir a Cristo y serle fiel, aunque otros no lo sean? ¿Vergüenza para salir en defensa de la Iglesia? ¿Vergüenza para hablar de Dios? ¿Vergüenza para confesarse? No, por favor. Vergüenza nunca por hacer cosas buenas.

Pedro negó a su Maestro, pero la historia acabó bien. Arrepentido, ya siempre fue fiel al Señor. Éste, una vez resucitado, le confirió el Primado sobre toda la Iglesia. Diez días después de la Ascensión de Cristo al Cielo, el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles que estaban reunidos en el cenáculo, oyéndose como venido del Cielo un ruido, semejante al viento que irrumpe impetuosamente. Fue la Pentecostés cristiana.

Al producirse aquel ruido se reunió la multitud de los que estaban en Jerusalén por aquellas fechas para celebrar de la fiesta de la Pentecostés judía. Acudieron allí judíos piadosos venidos de otras naciones, partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos, así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes. Entonces Pedro, puesto en pie, alzó la voz y les habló de Jesús Nazareno, el Crucificado durante la reciente fiesta de Pascua, como el Mesías prometido por Dios.

Días más tarde, en el pórtico del Templo llamado de Salomón, después de haber obrado un milagro en nombre de Jesucristo Nazareno, Pedro dirigió de nuevo la palabra al pueblo para hablarle de arrepentimiento y conversión. Y al día siguiente comparece en compañía de Juan ante el Sanedrín, que les ordenó que de ningún modo hablaran ni enseñaran en el nombre de Jesús. Respondieron los dos apóstoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros más que a Dios, pues nosotros no podemos dejar de anunciar lo que hemos visto y oído (Hch 4, 19-20).

Predica sin respetos humanos, con valentía, entre la masa de los que fueron enemigos de su Maestro, el mismo Pedro que poco antes temblaba ante la palabra de una simple sirvienta. La llegada del Espíritu Santo le ha transformado, y convencido de la Verdad, no puede dejar de dar testimonio de Cristo.

Seguramente san Pedro, después de sus negaciones y posterior arrepentimiento, buscó a la Virgen María. Ella le consolaría diciéndole que su Hijo ya le había perdonado. Le pedimos a la Madre de Dios la gracia de ser siempre coherentes con nuestra condición de cristianos, y si alguna vez -Dios no lo permita- somos débiles para confesar nuestra fe en Cristo, que nos arrepintamos enseguida, como hizo san Pedro, llorando amargamente el pecado cometido.

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