Jesús es azotado y coronado de espinas


Jesús es azotado y coronado de espinas

Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:”¡Salve, rey de los judíos!” Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar (Mt 27, 26-31).

Poncio Pilato quiere congraciarse con los judíos y entrega a Jesús a los soldados para que lo azoten. Para estos es un buen motivo de entretenimiento. Desnudan a Nuestro Señor y lo atan a una columna. Comienzan los azotes sin asomo de piedad: uno tras otro descargan sus golpes hasta quedar exhaustos. Se producen en el sacratísimo cuerpo de Cristo desgarrones, sufridos en silencio que no sirve para conmover a aquellos soldados romanos. Atado a la columna. Lleno de llagas. Suena el golpear de las correas sobre su carne rota, sobre su carne sin mancilla, que padece por tu carne pecadora. -Más golpes. Más saña. Más aún… -Es el colmo de la humana crueldad. Al cabo, rendidos, desatan a Jesús. -Y el cuerpo de Cristo se rinde también al dolor y cae, como un gusano, tronchado y medio muerto. Tú y yo no podemos hablar. -No hacen falta palabras. -Míralo, míralo… despacio. Después… ¿serás capaz de tener miedo a la expiación? (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario 2º Misterio Doloroso).

A la tortura terrible de los latigazos después se unen los ultrajes, llenos de frivolidad, de unos inconscientes. El Señor, Rey de cielos y tierra, al que llaman “rey de los judíos”, se ve escarnecido con una corona de espinas, con un manto de púrpura. Jesús en silencio sufre el tormento del ridículo. Y así es presentado por el procurador romano: Ecce homo! (Jn 19, 5) (aquí lo tenéis, éste es el hombre). Nos lo presenta como deshecho de los hombres, y vemos en Él a nuestro Señor. Porque es el Hijo de Dios que va a reinar en un Reino sin ocaso.

La corona de espinas, hincada a martillazos, le hace Rey de burlas… Ave, Rex judeorun! -Dios te salve, Rey de los judíos (Mc 15, 18). Y, a golpes, hieren su cabeza. Y le abofetean… y le escupen. Coronado de espinas y vestido con andrajos de púrpura, Jesús es mostrado al pueblo judío: Ecce homo! -Ved aquí al hombre. Y de nuevo los pontífices y sus ministros alzaron el grito diciendo: ¡crucifícale!, ¡crucifícale! (Jn 19, 5-6). Tú y yo, ¿no le habremos vuelto a coronar de espinas, y abofetear, y a escupir? Ya no más, Jesús, ya no más… (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario 3º Misterio Doloroso).

Reunieron en torno a él a toda la cohorte. La cohorte romana se componía de unos 625 soldados, acuartelados en la Torre Antonia, junto al Templo. Estaba formada con mercenarios de otras regiones. Esto explica las burlas y la farsa del saludo: Salve, Rey de los Judíos, al mismo tiempo que da un sentido al pasaje: al rechazo de los judíos, le sigue el de los gentiles. Por eso, entendemos también aquí el valor redentor universal de los sufrimientos de Cristo.

En el Oficio de Lecturas de la Liturgia de la Horas del sábado santo se lee una homilía antigua. El alma de Cristo unida a su Divinidad va a buscar a nuestro primer padre como si éste fuera la oveja perdida. Quiere visitar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, y le dice a Adán: Contempla los salivazos de mi cara, que he soportado para devolverte tu primer aliento de vida; contempla los golpes de mis mejillas, que he soportado para reformar, de acuerdo con mi imagen, tu imagen deformada; contempla los azotes en mis espaldas, que he aceptado para aliviarte del peso de los pecados, que habían sido cargados sobre tu espalda; contempla los clavos que me han sujetado fuertemente al madero, pues lo he aceptado por ti, que maliciosamente extendiste una mano al árbol prohibido.

Tras el rechazo de las autoridades religiosas de Israel -los príncipes de los sacerdotes, los ancianos y los escribas- y de los judíos, los evangelistas señalan también el desprecio de que es objeto Jesucristo por parte de los soldados romanos. Estos se burlan con grosería de la realeza del Señor, pero como dijo san Jerónimo sus oprobios han borrado los nuestros, sus ligaduras nos han hecho libres, su corona de espinas nos ha conseguido la diadema del Reino, y sus heridas nos han curado (Comentario al Evangelio según san Mateo).

Los soldados hacen escarnio de la realeza de Jesús pero, sin saberlo, le confiesan lo que es: Rey. Cuando lo vistieron de púrpura para burlarse de Él cumplieron lo profetizado: era Rey. Y aunque lo hicieron para burlarse de Él, consiguieron que se adaptase a Él el símbolo de la dignidad regia. Y aunque le perforaron con una corona de espinas, sin embargo fue una corona, y fue coronado por unos soldados como los reyes son proclamados por los soldados (San Cirilo de Jerusalén, Homilía sobre el paralítico). Aunque es aclamado Rey de los Judíos sólo de modo grotesco, en este episodio evangélico se pone de relieve la realeza de Nuestro Señor. En Cristo revestido con las insignias reales se vislumbra, bajo aquella trágica parodia, la grandeza del Rey de Reyes, y se resalta que su Reino no es conforme a lo que los hombres piensan.

Ecce homo! Después de la flagelación Cristo aparece hecho un guiñapo. Tal como había profetizado Isaías, su aspecto parecía sin apariencia humana, y en una forma despreciable entre los hijos de los hombres (Is 52, 14). No hay buen parecer en Él, ni hermosura; le hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos. Despreciado, el deshecho de los hombres, varón de dolores, experimentado en el sufrimiento, y su rostro cubierto de vergüenza y afrentado; por lo que no hicimos ningún caso de Él (Is 53, 2-3).

Los autores espirituales se han conmovido ante esta imagen de Cristo maltratado: Mira cuál estaría aquel divino rostro: hinchado con los golpes, afeado con las salivas, rasguñado con las espinas, arroyado con la sangre, por unas partes reciente y fresca, y por otra fea y denegrecida. Y como el santo Cordero tenía las manos atadas, no podía con ellas limpiar los hilos de sangre que por los ojos corrían ; y así estaban aquellas dos lumbreras del Cielo eclipsadas y casi ciegas y hechas un pedazo de carne. Finalmente, tal estaba su figura, que ya no parecía quien era, y aun apenas parecía hombre, sino un retablo de dolores pintado por mano de aquellos crueles pintores y de aquel mal presidente (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo).

Retablo de dolores, sí. Era el cuerpo entero lo que se maltrataba: la cabeza por la corona; el rostro por las bofetadas y esputos; las mejillas por los cachetes; el cuerpo entero por los azotes, por la desnudez, por el manto de púrpura, por la fingida adoración; la mano, por la caña que le pusieron en ella para que hiciera de cetro; la boca por el vinagre que le ofrecieron en su sed… (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el Evangelio según san Mateo).

Al considerar las páginas ensangrentadas del Evangelio, ensangrentadas con la sangre de Dios hecho hombre, seamos conscientes de que la razón de tanto sufrimiento era la redención de nuestros pecados: Los pecados, así los tuyos como los míos, como los de todo el mundo, fueron los verdugos que le ataron, y le azotaron, y le coronaron de espinas, y le pusieron en la Cruz. Por donde verás cuánta razón tienes aquí para sentir la grandeza y malicia de tus pecados (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo). La furia de los pecados de la humanidad entera descarga sus golpes sobre el cuerpo inocente de Jesucristo. Fue Él, ciertamente, quien tomó sobre sí nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por castigado y herido de Dios y humillado. Mas Él fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo salvador pesó sobre Él, y en sus llagas hemos sido curados (Is 53, 4-5).

El silencio de Cristo ante las acusaciones injustas, en la humillación al ser pospuesto a Barrabás, se convierte cuando está atado en la columna en un dejar hacer completo. Jesús inmóvil, paciente, que no trata de evitar los golpes, es una imagen que hemos de plasmar en nuestra imaginación. Hemos de mirarlo despacio, y nos ayudará a llevar con paciencia el dolor, la enfermedad, los pequeños alfilerazos de cada día. Toda la impenitencia de los corazones endurecidos, la cobardía, la falta de expiación y de amor, rodean al Señor como el hielo, en soledad. He pisado el lagar yo solo, sin que nadie de entre las gentes me ayudasen… Miré y no había quien me auxiliase; me maravillé de que no hubiera quien me apoyara (Is 53, 6). Todo lo ha sufrido para salvarnos de nuestros pecados, abriéndonos camino.

Ya no más, Jesús, ya no más… Nos acordamos de nuestros pecados y un acto profundo de contrición brota de nuestra alma, junto con el propósito firme de reparar, de desagraviar por los pecados propios y por los ajenos. Decía san Bernardo: Compadeceos de vuestras almas, compadeceos de la sangre que se derramó por vosotros (Sermón a los clérigos sobre la conversión). Y cuando llegue el dolor, que lo recibamos con los brazos abiertos, como lo hizo el Señor, que maltratado y afligido, no abrió la boca, como cordero llevado al matadero, como oveja muda ante los trasquiladores (Is 53, 7).

Contemplando la flagelación de nuestro Señor y la coronación de espinas no nos limitaremos a esperar, sino que buscamos el dolor, la penitencia, la expiación de tantos errores de nuestra vida. Cuando tantas personas buscan sólo placeres y goces terrenos, nosotros hemos de poner la luz y la sal de la penitencia cristiana en toda nuestra vida, bien seguros de que así consolamos al Señor, nos identificamos más y más con Él, y contribuimos eficazmente al bien de la Iglesia y del mundo, a la salvación de las almas.

Santo Tomás de Aquino escribe que el Señor padeció de los gentiles y de los judíos, de los hombres y de las mujeres, como se ve en las sirvientas que acusaron a san Pedro. Padeció también de los príncipes y de sus ministros, y de la plebe… Padeció de los parientes y conocidos, pues sufrió por causa de Judas, que le traicionó, y de Pedro, que le negó. De otra parte, padeció cuanto el hombre puede padecer. Pues Cristo padeció de los amigos, que le abandonaron; padeció en la fama, por las blasfemias proferidas contra Él; padeció en el honor y en la honra, por las irrisiones y las burlas que le infirieron; en los bienes, pues despojado hasta de los vestidos; en el alma, por la tristeza, el tedio y el temor; en el cuerpo por las heridas y los azotes (Suma teológica).

“Cor Mariae perdolentis, miserere nobis!” -invoca al Corazón de Santa María, con ánimo y decisión de unirte a su dolor, en reparación por tus pecados y por los de los hombres de todos los tiempos. -Y pídele -para cada alma- que ese dolor suyo aumente en nosotros la aversión al pecado, y que sepamos amar, como expiación, las contrariedades físicas o morales de cada jornada (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 258).

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