Jesús carga con la cruz

Jesús carga con la cruz

Pilato les dijo: “¿A vuestro rey voy a crucificar?” Contestaron los sumos sacerdotes: “No tenemos más rey que la César”. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado “de la Calavera” (que en hebreo se dice “Gólgota”) (Jn 19, 15-17).

San Juan, testigo de excepción de la Pasión del Señor, es el único de los evangelistas que dice claramente que Jesús llevó la cruz a cuestas. Los romanos emplearon como pena de muerte la crucifixión. El reo de muerte debía llevar el madero, instrumento de suplicio, hasta el lugar previsto; fuera de la ciudad, para mostrar más claramente que era un indeseable.

Jesús toma la cruz. La abraza. Y le pesa. Le abre las heridas de sus hombros llagados. Es cruz redentora. ¡Qué duro se hacen los pasos por la Vía Dolorosa! En torno a Él se forma un cortejo de curiosos y de gente sin escrúpulos que aprueba la injusticia. Pero, a pesar de su debilidad, avanza sudoroso y sediento, con una sed de amor. Jesús camino del Calvario provoca a todo hombre a decidirse a favor o en contra de Él y de su cruz.

En Cristo cargado con la cruz ve san Jerónimo, entre otros significados, el cumplimiento de la figura de Abel llevado como víctima inocente y, sobre todo, la de Isaac que carga con la leña del propio sacrificio.

Nosotros, ahora, no podemos permanecer impasibles ante el Señor que carga con todas nuestras debilidades. Porque la cruz, que era signo de oprobio, va a ser instrumento de nuestra salvación. Y al contemplar a Jesús sentimos en nuestro interior, una vez más, su invitación constante: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame (Mt 16,24). No lleves la Cruz arrastrando… Llévala a plomo, porque tu Cruz, así llevada, no será una Cruz cualquiera: será… la Santa Cruz. No te resignes con la Cruz. Resignación es palabra poco generosa. Quiere la Cruz. Cuando de verdad la quieras, tu Cruz será… una Cruz, sin Cruz (San Josemaría Escrivá, Santo Rosario 4º Misterio Doloroso).

La Cruz es el trofeo erigido contra los demonios, la espada contra el pecado, la espada con la que Cristo atravesó a la serpiente; la Cruz es la voluntad del Padre, la gloria del Hijo, el júbilo del Espíritu Santo, el ornato de los ángeles, la seguridad de la Iglesia, el motivo de gloriarse de Pablo, la protección de los santos, la luz de todo el orbe (San Juan Crisóstomo, Homilía sobre el cementerio y la cruz).

A veces nos quejamos y decimos que nuestra cruz es muy pesada. He aquí una historieta. Había un hombre que se quejaba a Dios porque le había dado una cruz muy pesada. “Señor -decía- yo sí quiero llevar la cruz, pero ésta pesa mucho. ¿No habrá otra más ligera?” Y Dios le llevó a un lugar dónde había muchas cruces, de varios tamaños y diferentes materiales. Y le dijo: “Elige la que quieras”. Y aquel hombre tomó una cruz, y al cabo de un rato dijo: “Ésta no, pesa mucho”. El Señor le dijo entonces: “Pues coge otra”. Y eso hizo el hombre. Vio una cruz que le parecía menos pesada y la cogió. Pero también ésta le pareció muy pesada. Y esta operación se repitió varias veces. Siempre la cruz que elegía le resultaba muy pesada. Hasta que -¡por fin!- vio una que a simple vista era muy ligera. La cogió, y poco después le dijo al Señor: “Ésta, ésta”. Y Dios le dijo: “Si era la misma cruz que tenías”.

Aprendamos a amar la Cruz, a aceptarla como nuestra herencia, como norma de nuestra vida y a llevarla en silencio, pues solamente, con la ayuda de la gracia de Dios, los santos pudieron soportar tantas pesadas cruces.

Escribe san Agustín: Marchaba, pues, Jesús hacia el lugar donde había de ser crucificado, llevando su cruz. Extraordinario espectáculo: (…) a los ojos de la impiedad, la burla de un rey que lleva por cetro el madero de su suplicio; a los ojos de la piedad, un rey que lleva la cruz para ser en ella clavado, cruz que había de brillar en la frente de los reyes; en ella había de ser despreciado a los ojos de los impíos, y en ella habían de gloriarse los corazones de los santos; así diría después san Pablo: “No quiero gloriarme sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Comentario al Evangelio según san Juan).

Según cuenta la tradición, Jesús cayó tres veces en tierra bajo el peso de la cruz; pero se levantó y se abrazó de nuevo a ella para cumplir la Voluntad de su Padre Celestial, viendo en la cruz el altar donde iba a entregar su vida como Víctima propiciatoria por la salvación de los hombres.

San Josemaría Escrivá describe la primera de las tres caídas de Jesucristo así: Los legionarios apenas pueden contener la encrespada, enfurecida muchedumbre que, como río fuera de cauce, afluye por las callejuelas de Jerusalén. El cuerpo extenuado de Jesús se tambalea ya bajo la Cruz enorme. De su Corazón amorosísimo llega apenas un aliento de vida a sus miembros llagados. A derecha e izquierda, el Señor ve esa multitud que anda como ovejas sin pastor. Podría llamarlos uno a uno, por sus nombres, por nuestros nombres. Ahí están los que se alimentaron en la multiplicación de los panes y de los peces, los que fueron curados de sus dolencias, los que adoctrinó junto al lago y en la montaña y en los pórticos del Templo. Un dolor agudo penetra en el alma de Jesús, y el Señor se desploma extenuado ( Vía Crucis, III Estación).

Cae Jesús por el peso del madero… Nosotros, por la atracción de las cosas de la tierra. Prefiere venirse abajo antes que soltar la Cruz. Así sana Cristo el desamor que a nosotros nos derriba (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, VII Estación, punto de meditación 1).

Se explican bien las caídas de Cristo. Desde la noche anterior, el Señor ha estado sometido a una serie de torturas físicas y morales: la agonía en Getsemaní, donde tanta fue su angustia que llegó a sudar gotas de sangre; los malos tratos en casa de los sumos sacerdotes; el insomnio y, sobre todo, la cruel flagelación y coronación de espinas, explican la extrema debilidad de Jesús. Pero lo que de verdad le abruma es el peso de los delitos de los hombres y comprobar, al mismo tiempo, la ingratitud de los que ha venido a salvar. Como gráficamente se expresa san Pablo: a Él, que no conoció pecado, (Dios) lo hizo pecado por nosotros, para que llegásemos a ser en Él justicia de Dios (2 Co 5, 21).

Jesús cae por el peso de la cruz. El hombre a veces, debilitado por las heridas producidas en la naturaleza humana por el pecado original y atraído por las cosas de este mundo, cae en la tentación. Mas que el pecado mismo, irrita y ofende a Dios que los pecadores no sientan dolor alguno de sus pecados, solía decir san Juan Crisóstomo. Todos estamos necesitados de reconciliación, pues todos hemos pecado. Continuamente experimentamos en nosotros, no sin dolor, que, en lugar de dejarnos llevar por el espíritu de Cristo y hacer la voluntad de Dios, seguimos el espíritu de este mundo y contradecimos lo que somos como cristianos. Necesitamos de la misericordia de Dios más grande que todas nuestras infidelidades. Si hay una caída, por grande que sea, hay que levantarse enseguida. Dios no niega su perdón a quien acude arrepentido de sus pecados a la Confesión.

No es correcto pensar que no podemos con la cruz de cada día. Sí, debemos aceptar nuestra fragilidad, y esta aceptación nos llevará a no confiar en nuestras fuerzas para seguir a Cristo, sino en la gracia, que nos da fuerzas para permanecer en el camino, siguiendo adelante sin rendirnos; y para levantarnos cuantas veces sean necesarias mediante el sacramento de la Reconciliación convirtiéndonos constantemente para continuar siguiendo a Jesús con nuestra cruz.

La devoción cristiana recoge también la piadosa tradición de que una mujer, llamada Verónica, se acercó al Divino Maestro y le limpió el rostro con un paño. Ella ejecutó con valentía su gesto compasivo, a pesar de la actitud de la gente que, con sus burlas, se mofaba de Jesús. Aquella mujer nos ha dejado un ejemplo maravilloso para que los discípulos del Señor de todos los tiempos -también los de la época actual- sepan vencer los respetos humanos.

El episodio de la Verónica recuerda que, para quienes buscan a Dios con corazón sincero, el semblante maltratado de Jesucristo brilla como motivo de esperanza y salvación. Evoca lo que el Salmista escribió por inspiración del Espíritu Santo: De tu parte me dice el corazón: “Buscad mi rostro”, y yo, Yavé, tu rostro buscaré (Sal 27, 8). Buscar el rostro del Señor supone amar su Humanidad Santísima, que ha padecido tantos por nuestros pecados, hasta identificar con Él los rasgos de nuestra alma.

El papa san Juan Pablo II, en su Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, escribió: Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la nuestra.

Con la Encarnación del Hijo ha tomado forma visible el amor que Dios nos tiene. Dios no es del todo invisible para nosotros, no ha quedado fuera de nuestro alcance. Dios nos ha amado primero, y este amor de Dios ha aparecido entre nosotros, se ha hecho visible, pues Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él (1 Jn 4, 9). Dios se ha hecho visible: en Jesús podemos sentir el amor de Dios. Contemplemos a Jesús cargado con la cruz, pues mirar a Cristo es fuente de amor, facilita la entrega y nos ayuda a vencer las malas inclinaciones.

Asimismo la tradición habla del encuentro de Jesús con su Santísima Madre camino del Calvario. Apenas se ha levantado Jesús de su primera caída, los ojos del Señor ven a su Madre, junto al camino por donde va la comitiva. ¡Con cuánto amor, pena y dolor la Virgen María miró a su Hijo! Y Éste cómo agradeció a su Madre que le acompañara en aquellos momentos. ¿Dónde están sus discípulos? ¿Dónde están todos aquellos que habían recibido el beneficio de su predicación, de sus curaciones y de sus milagros? No se les ve por la calle de la Amargura. Sin embargo, a Santa María, sí. En este encuentro doloroso se cumplió la profecía que el anciano Simeón hizo a la Santísima Virgen cuando el Niño Jesús fue presentado en el Templo. De la mano de María, tú y yo queremos también consolar a Jesús, aceptando siempre y en todo la Voluntad de su Padre, de nuestro Padre (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, IV Estación).

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