Goliat y David


Goliat y David

Los filisteos, repuestos de la derrota infligida por Saúl, se prepararon para entrar en guerra contra los israelitas. Cuando los dos ejércitos se hallaban frente a frente -el israelita formado en orden de combate- de las filas filisteas salió un gigante guerrero, llamado Goliat, desafiando a singular combate al que se creyese el más valiente de los guerreros israelitas, con estas palabras: ¿Por qué habéis salido en orden de combate? Yo soy filisteo; vosotros, hijos de Saúl. Elegid a uno de vosotros y que baje a enfrentarse conmigo. Si se atreve a luchar conmigo y me vence, seremos siervos vuestros; pero si yo consigo vencerle, seréis siervos nuestros y nos serviréis (1 S 17, 8-9). Ningún israelita se atrevió a aceptar el reto de tan formidable adversario, por más que Saúl había prometido darle por esposa a su hija y eximirle de pagar impuestos al que venciera a Goliat. Enterado David del reto, aunque era muy joven, se presentó a Saúl y le dijo: Que nadie se acobarde por este filisteo. Yo, tu siervo, iré y lucharé con él (1 S 17, 32). Y así, sin más armas que su honda, cinco cantos lisos y el cayado de pastor se dirigió en busca del gigante filisteo. Goliat al verle de esa forma, le gritó: “¿Soy yo un perro para que te acerques a mí con un cayado?” Y maldijo a David por sus dioses falsos. Luego dijo a David: “Ven hasta mí, que voy a entregar tus carnes a las aves del cielo y a las fieras del campo”. David contestó al filisteo: “Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina. Yo, en cambio, voy a ti en el nombre del Señor de los ejércitos, del Dios de las huestes de Israel a las que has escarnecido. Hoy el Señor te va a entregar en mis manos, te venceré y te arrancaré la cabeza; hoy mismo les daré tu cadáver y los cadáveres de los campamentos filisteos a las aves del cielo y a las fieras de la tierra para que todo el mundo sepa que hay un Dios en Israel. Y toda esta asamblea conocerá que el Señor obtiene la salvación no con espada y lanza: que del Señor es esta guerra y Él os entregará en nuestras manos” (1 S 17, 43-47). Y tomando carrera, hizo girar rápidamente su honda, le dio al soberbio Goliat una pedrada en la frente que le hizo caer desplomado en tierra. Entonces David se lanzó en seguida sobre él, y con la misma espada del filisteo le cortó la cabeza.

Se alzó un gran clamoreo, y poseídos los filisteos del más espantoso pánico, emprendieron la huida, mientras los israelitas, al grito de victoria, fueron corriendo en persecución de sus enemigos matando a muchos de ellos.

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