Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que vienen días en los que dirán: ‘Bienaventuradas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado’. Entonces empezarán a decirles a los montes: ‘Caed sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Cubridnos’; porque, si esto hacen con el leño verde, ¿qué harán con el seco?” (Lc 23, 27-31).

Jesús carga con la cruz y crece en torno a Él la expectación y la curiosidad; hay gente de todo tipo y condición, entre ellos algunas mujeres, que se lamentan al ver la injusticia que se está cometiendo contra aquel inocente. Jesús se volvió hacia ellas, y deseando elevar su natural compasión al aborrecimiento del pecado, que era la causa de tantos sufrimientos, les dijo aquellas palabras: No lloréis por Mí…

Muchas veces vemos pasar a nuestro lado el dolor: en algunas ocasiones lo padecemos en nuestra propia carne; en otras, quizá no menos dolorosas, lo sentimos a nuestro alrededor: claro y rotundo. El misterio del dolor. Pero no nos engañemos; no valen los lamentos estériles; sino volver la mirada hacia Jesús, que quiso cargar con el peso de todos nuestros pecados. Es el momento de contemplar a Jesús doliente, que nos invita a purificar ese lamento. A derramar, más bien, las lágrimas por nuestros pecados y por los ajenos. Nos invitan al verdadero consuelo: perdonar a los enemigos, desagraviar por tantas faltas de amor, dar esa ayuda eficaz para que el pecador se arrepienta y vuelva los ojos a Dios.

Mujeres, que lloraban y se lamentaban por Él. El gesto de piedad de las mujeres muestra que, junto con los enemigos de Jesús, iban personas que le querían. Si tenemos en cuenta que las tradiciones judías prohibían llorar por los condenados a muerte, nos percataremos del valor que demostraron las mujeres que rompieron en llanto al ver a Jesucristo cargado con la cruz. Comenta san Josemaría Escrivá esta escena del Evangelio: Entre las gentes que contemplan el paso del Señor, hay unas cuantas mujeres que no pueden contener su compasión y prorrumpen en lágrimas. (…) Pero el Señor quiere enderezar ese llanto hacia un motivo más sobrenatural, y las invita a llorar por los pecados. (…) Tus pecados, los míos, los de todos los hombres, se ponen en pie. Todo el mal que hemos hecho y el bien que hemos dejado de hacer. El panorama desolador de los delitos e infamias sin cuento, que habríamos cometido, si Él, Jesús, no nos hubiera confortado con la luz de su mirada amabilísima. -¡Qué poco es una vida para reparar! (Vía Crucis, VIII Estación).

En el viaje que realizó el papa Francisco a Filipinas en enero del año 2015 se produjo un hecho impactante. Juan Chura, de 14 años, y Glyzelle Palomar, de 12, narraron al Papa su terrible experiencia como niños de la calle, hasta que fueron acogidos por un orfanato. Glyzelle no pudo contener las lágrimas, y formuló al Papa la siguiente pregunta: ¿Por qué si Dios es amor y todo lo puede, permite que personas como ellos sufran? Y, si sorprendente fue la pregunta, más lo fue la respuesta, por su honestidad: Has hecho la única pregunta que no tiene respuesta. Sin palabras, el Papa les dio un paternal abrazo a los dos adolescentes que conmovió a todos los que presenciaron la escena. A continuación dijo: Existe una compasión mundana que no nos sirve para nada. Vos (Juan) hablaste algo de eso. Una compasión que a lo más nos hace poner la mano en el bolsillo y dar una moneda. Si Cristo hubiera tenido esa compasión, hubiera pasado y curado a tres o cuatro, y luego hubiera vuelto al Padre. Sólo cuando lloró y fue capaz de llorar, entendió nuestro drama. Poco después, animó a los presentes a preguntarse: ¿Yo aprendí a llorar cuando veo un niño con hambre, un niño drogado, un niño abusado? ¿O mi llanto es el llanto caprichoso porque me gustaría tener algo más? Y esto es lo primero que quisiera decirles. Aprendamos a llorar, como ella (Glizelle) nos enseñó hoy. No olvidemos este testimonio. La gran pregunta por qué sufren los niños, la hizo llorando, y la respuesta que podemos dar nosotros es aprender a llorar. Y terminó diciendo, en español con su acento argentino: Si vos no aprendés a llorar no sos un buen cristiano

En el Génesis se narra la creación del hombre y de la mujer. El hombre que había puesto nombre a todos los animales, no encontró en ellos una ayuda apropiada para él. Entonces dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda adecuada para él (Gn 2, 18), e infundió un profundo sueño a Adán, quedando éste dormido. Durante el sueño, Dios tomó una de sus costillas, y de ella formó la primera mujer y se la presentó al hombre. Éste, al despertar, dijo: Ésta si es hueso de mis huesos y carne de mi carne (Gn 2, 23). Enseguida Dios se la entregó a Adán por compañera. Adán la llamó Eva, por ser madre de todos los vivientes.

En el hombre y en la mujer hay igualdad y diferencia queridas por Dios. El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en tanto personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer. “Ser hombre”, “ser mujer” es una realidad buena y querida por Dios: el hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se pierde, que viene inmediatamente de Dios su creador. El hombre y la mujer son, con la misma dignidad, “imagen de Dios”. En su “ser-hombre” y su “ser-mujer” reflejan la sabiduría y la bondad del Creador (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 369).

San Juan Pablo II, en la encíclica Redemptoris Mater destaca la figura de Santa María en la Historia de la Salvación. Al hablar de la Virgen, el Papa quiso poner de relieve la dignidad de la mujer y anunciaba que la cuestión femenina en la Iglesia iba a ser tratada en otro documento. Era el anuncio-promesa de la carta apostólica Mulieris dignitatis. No en balde san Juan Pablo II había confesado con anterioridad: Desde lo más remoto de mis recuerdos, la devoción a la Madre de Cristo me ha ayudado a rodear a la mujer de consideración y a acrecentar mi respeto por su misterio. A la luz de María, la Iglesia ve, sobre el rostro de la mujer, los reflejos de una belleza que es espejo de los más altos sentimientos de los que es capaz el corazón humano: la totalidad oblativa del amor; la fuerza que sabe resistir los mayores dolores; la fidelidad ilimitada y la laboriosidad incansable; la capacidad de unir la intuición penetrante con la palabra de ánimo y de apoyo (Encíclica Redemptoris Mater).

En los Santos Evangelios aparecen varias mujeres. A excepción de Herodías, de su hija y de la criada o sirvienta de la casa del sumo sacerdote Caifás, todas quedan bien, aunque algunas habían sido grandes pecadoras. Repasemos algunas de las mujeres del Evangelio. En la genealogía de Jesús, además de Santa María, se nombran cuatro mujeres: Tamar; Rahab; Betsabé; y Rut. Las cuatro eran extranjeras que, de modo sorprendente, se incorporaron a la historia de Israel, es decir a la historia de la salvación, de la que forman parte hombres y mujeres.

Algunas de ellas -la hemorroísa y la mujer cananea- son alabadas por Jesucristo por su fe; otra -la pobre viuda que echa en el gazofilacio dos pequeñas monedas-, por su generosidad. La suegra de san Pedro, después de ser curada, se pone a servir a Jesús. En las hermanas de Lázaro -Marta y María- sobresale la hospitalidad, y en María, además, el espíritu de contemplación. La madre de los Zebedeos es modelo de mujer que quiere lo mejor para sus hijos, que no era otra cosa que estuvieran junto a Cristo. La mujer de Poncio Pilato reconoce que Jesús es justo. La samaritana, después de su conversión, habla de Jesús a sus conciudadanos. La mujer adúltera es perdonada por el Señor. Igualmente la mujer pecadora que en casa de Simón el leproso, por haber hecho una obra buena con el Jesús -derramar perfume de gran valor por la cabeza del Señor-. No olvidemos a santa Isabel, que saludó a la santa María como la Madre de mi Señor.

Y por encima de todas están la Virgen María y las santas mujeres que estuvieron al pie de la cruz en el Calvario. En la resurrección del Señor, según el evangelista san Marcos, es María Magdalena la primera mujer a quien se aparece Jesús resucitado. Esa mención no excluye la posibilidad de una aparición previa de Cristo a su Madre. No aparece en los santos evangelios que siquiera una mujer pidiera la muerte de Cristo. Sin embargo sí vemos como una mujer pagana intercedió por Él ante Pilato. Y están las mujeres que lloraban al ver a Jesús con la cruz a cuestas. Jesús les ruega que no lloren por Él, ya que su muerte era una necesidad para los hombres.

En medio de sus tormentos, Jesús piensa en la catástrofe que se cierne sobre Jerusalén. Si el condenado inocente sufría tales tormentos, ¿qué será cuando poco después venga el castigo inevitable, la ruina de aquella ciudad?

Si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco? El árbol verde era Él mismo; el árbol seco era el mundo. Él era el árbol de la vida trasplantado del Edén; el árbol seco era ante todo Jerusalén, y luego el mundo no convertido. Su advertencia significaba que, si los romanos le trataban así a Él, que era inocente, ¿cómo tratarían a Jerusalén, que le había condenado a morir? Si Él estaba ahora tan lastimado por las transgresiones ajenas, ¿cómo serían castigados en el juicio final los pecadores por las iniquidades que hubieran cometido? Cuando en la selva se produce un incendio, son ennegrecidos los árboles verdes, con toda su savia y humedad; ¡cuánto más se ennegrecerán y arderán de prisa los árboles viejos y secos, podridos ya por dentro! Si padeció el que no tenía pecado, ¡cuánto padecerán los que están podridos por el pecado!

San Pedro en una de sus cartas escribe: Si el justo a duras penas se salva, el impío y el pecador, ¿dónde irán a parar? Por tanto, incluso los que tengan que sufrir de acuerdo con la voluntad de Dios, que encomienden sus almas al Creador, que es fiel, mediante la práctica del bien (1 P 4, 18-19). Los que participan de los sufrimientos de Cristo, también participarán de su gloria. Dios quiere abrir vuestros ojos para considerar cuántas mercedes nos hace en lo que el mundo piensa que son desfavores, y cuán honrados somos en ser deshonrados por buscar la honra de Dios (San Juan de Ávila, Audi, filia). Ante el juicio divino nadie puede presentarse seguro. Las duras advertencias de san Pedro recuerdan las de Jesús, camino del Calvario, a las mujeres de Jerusalén –Si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco?-. En suma, es indudable que haber padecido por Cristo en esta vida ayuda a afrontar el juicio con mayor confianza.

Como dijo Jesús a aquellas hijas de Jerusalén, lloremos por nosotros mismos, por nuestros pecados. Y acudamos a Santa María, Madre de misericordia, para que sepamos compadecernos de los que sufren injusticias.

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