La crucifixión de Jesús


La crucifixión del Señor

Y conducen a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de “la Calavera”), y le ofrecían vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucifican y se reparten sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era la hora tercia cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: “El rey de los judíos”. Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda (Mc 15, 22-27).

Al filo del mediodía, Jesús llega al Calvario. Este monte era una pequeña colina desnuda y pelada que estaba en las afueras de Jerusalén, muy al descubierto y junto a un camino muy transitado. Desde que el Señor salió del pretorio con la cruz a cuestas ha sido insultado por la plebe enloquecida, ha padecido la brutalidad de los soldados, las burlas de las autoridades religiosas del pueblo judío. Sin embargo, de los labios de Cristo no salió ni una palabra de queja. Una vez en el Calvario, también conocido como el Gólgota o “lugar de la calavera”, porque allí se ajusticiaba a los malhechores, le ofrecieron a Jesús una mezcla de vino, hiel y mirra para adormecerlo, como se solía hacer con los condenados a muerte para calmar sus fuertes dolores. Está escrito en la Escritura: Dad licor a los miserables y vino a los afligidos; que bebiendo olviden su miseria y no se acuerden de sus dolores (Pr 31, 6-7).

Cristo lo probó por gratitud al que se lo ofrecía, pero no quiso beberlo, porque deseaba permanecer consciente hasta el último momento y ofrecer todos los sufrimientos de su Pasión para pagar así al máximo el gran precio de nuestro rescate. ¿A qué se debe tan gran padecimiento? Se pregunta san Agustín. Y responde: Todo lo que padece es el precio de nuestro rescate (Comentario a los Salmos). No se contentó Jesús con sufrir un poco: quiso agotar el cáliz del dolor, sin reservarse nada. Esta generosidad de Jesucristo en abrazar el dolor la han experimentado las almas santas. Bebamos hasta la última gota del cáliz del dolor en la pobre vida presente. -¿Qué importa padecer diez años, veinte, cincuenta…, si luego es el cielo para siempre, para siempre…, para siempre? -Y, sobre todo -mejor que la razón apuntada, “propter retributionem”-, ¿qué importa padecer si se padece por consolar, por dar gusto a Dios nuestro Señor, con espíritu de reparación, unido a Él en su Cruz, en una palabra: si se padece por Amor?… (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 182).

Antes de ser crucificado, los soldados le despojan de sus vestiduras. El uso romano era crucificar al reo en total desnudez. Así, desnudo, para mayor oprobio, lo clavan en la cruz. La vergüenza que pasó el Señor con su desnudez nos tiene que llevar a nosotros a cuidar con cariño el pudor. La pureza exige el pudor, que, preservando la intimidad de la persona, expresa la delicadeza de la castidad y regula las miradas y gestos, en conformidad con la dignidad de las personas y con la relación que existe entre ellas (Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, n. 530).

¿Qué es el pudor?, quizás se pregunte más de uno. Ésta es la respuesta: Con relación a la vida sexual, se denomina pudor la vergüenza o recato en exhibir todo lo relacionado con el sexo. Es una virtud que preserva la intimidad de la persona, protegiendo el misterio de su amor y ordenando las miradas, los gestos y las palabras. El pudor y la modestia son el cortejo y salvaguarda de la pureza. Hace falta una cruzada de virilidad y de pureza que contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre es una bestia. -Y esa cruzada es obra vuestra (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 121). Y más en nuestros días -y no solamente en la época veraniega, cuando hace mucho calor- en los cuales el diablo se presenta de modo descarado, fomentando la desvergüenza de tanta gente a la hora de vestir, prescindiendo del pudor.

Al quitarle la túnica al Señor, que estaba pegada a su cuerpo con la sangre seca de las llagas restañadas, vuelven a abrirse las heridas quedando al descubierto el cuerpo destrozado de Cristo. Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay en él nada sano. Heridas, hinchazones, llagadas podridas, ni curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite (Is 1, 6).

La crucifixión es la respuesta del hombre a la condescendencia de Dios, que se abajó hasta nosotros: desgarrones al quitarle sus vestidos, martillazos que clavan sus manos al madero, una lanzada que rompe su corazón entregado por nosotros. Al dolor se junta la indiferencia, la ingratitud… Cristo es clavado a la cruz. Y a partir de entonces, la cruz que era signo de oprobio, de fracaso, de negación, y señal de maldición –maldito todo el que es colgado del madero (Ga 3, 13), se lee en la Escritura- se convierte en signo de redención, de triunfo, de bendición. Las palabras dichas por Jesús adquieren ahora su pleno cumplimiento: Cuando fuera exaltado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí (Jn 12, 32). Jesucristo, desde la cruz, nos está invitando a poner la cruz, su cruz, la cruz santificante, santificadora, en la entraña de nuestro ser y nuestro obrar. Porque desde que Nuestro Señor subió a la cruz, lo que era patíbulo de bandidos se ha transformado en camino de salvación, en signo de victoria, en trono real.

San Pablo escribió a los cristianos de Corinto: El mensaje de la Cruz es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan (1 Co 1, 18). La Cruz es locura divina, que es locura del amor infinito de Dios por el hombre. Ante la Cruz no es posible la neutralidad, la imparcialidad. Es la piedra de toque ante la cual los hombres toman postura. Para unos -los que se pierden- es una necedad. Y cuando en sus vidas se encuentran con una cruz, ésta no es la de Cristo, sino la del mal ladrón. Escribió el poeta: La cruz del mal ladrón, esa cruz horrible, // no aceptada, ni aprovechada, ni robada al Corazón de Cristo. // Tan sólo crucificada por su furibundo, // junto a Cristo sin Cristo. // esa oscura madera, sin cara ni gloria; // esa cruz sin paraíso hoy mismo, // ni mañana, ni tal vez nunca.// La cruz del mal ladrón. ¡Maldita cruz! (José Ibáñez Langlois, Libro de la Pasión).

Otros en cambio, los que van por camino de salvación, por ese camino que, por la infinita misericordia de Dios, procuramos recorrer, descubren -descubrimos- que esa Cruz es poder de Dios, porque en ella el demonio y el pecado han sido vencidos, como pregona jubilosamente la Iglesia: Dios ha puesto la salvación del género humano en el árbol de la Cruz, para que donde tuvo origen la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que venció en un árbol, fuera en un árbol vencido (Prefacio de la Misa de la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz).

La muerte en la cruz era una pena reservada a los que habían cometidos delitos muy graves, pero los ciudadanos romanos estaban exentos de ella; era el suplicio más infamante y doloroso, la forma de muerte más horrenda que se podía dar. Tenía además un valor ejemplar de castigo público, y por eso solía hacerse en un sitio bien visible, dejando a los crucificados varios días en el patíbulo para que al ser vistos en aquel estado horrible, sirviera de escarmiento a la gente.

La Cruz es la señal del cristiano, que debe estar presidiendo nuestra vida, guiando nuestro caminar terreno, en las cumbres de los montes y en las encrucijadas de los caminos. Y sobre todo, grabada a fuego en nuestra alma. Y cuando la tierra cubra nuestro cuerpo, sobre la tumba: la Cruz. Esa Cruz que, en medio de la muerte, es señal de vida, de resurrección.

No busquemos nunca a Cristo sin la Cruz, si no queremos tropezarnos con esas cruces sin Cristo, que quitan al dolor y a la fatiga humana su poder redentor. Tomemos la Cruz de Cristo con decisión. Entonces, el olvido de uno mismo para hacer grata la vida a los demás, el esfuerzo diario para aportar nuestro grano de arena al bien común, las contrariedades de la jornada, el dolor físico o moral y la lucha contra el pecado no los afrontaremos resignadamente, como algo inevitable en esta vida, sino con alegría. Es tan grande la fuerza de la Cruz de Cristo que, si se pone ante los ojos y se retiene fielmente en el espíritu, de manera que el alma contemple atentamente la misma suerte de Cristo, ningún mal deseo, ninguna pasión, ningún movimiento de enfado o de envidia podrán prevalecer (Orígenes, Comentario a la epístola a los Romanos).

Toda la vida de Jesús es una permanente enseñanza para nosotros. Desde la cuna de Belén hasta sus últimos momentos nos está diciendo: Aprended de mí (Mt 11, 29). Desde la Cruz nos anima a ser fuertes ante el sufrimiento y las incomprensiones; nos enseña a confiar en Dios por adversas que sean las circunstancias y a dar la vida sin quejarnos, sin que se note. La Cruz del Señor nos anima a llevar una vida mortificada y penitente, sobria, porque también en un plano puramente humano, la sobriedad es un valor que nos proporciona el señorío sobre nosotros mismos y enriquece a los demás. Y en orden espiritual nos sitúa junto a Cristo.

Repartieron sus ropas. San Juan escribe en su Evangelio: Entretanto los soldados, que habían ya crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos e hicieron cuatro partes, una para cada soldado (Jn 19, 23). Sin embargo, como la túnica era sin costura, no la dividieron, sino que los soldados la echaron a suerte a ver a quién le tocaba. Los Padres de la Iglesia han visto en esta túnica sin costura, que los soldados deciden sortear entre sí para no romperla, el símbolo de la unidad de la Iglesia, que no había de desgarrarse bajo ningún pretexto. Para guardar la unidad de la Iglesia hace falta amarla, o al menos respetarla como los soldados romanos que estuvieron en el Gólgota.

Esta división de los vestidos de Nuestro Señor Jesucristo, en cuatro partes, figuraba la Iglesia extendida por las cuatro partes del mundo. Pero la túnica es la figura de la unidad de las cuatro partes, por el vínculo de la caridad. Pero si la caridad lleva más elevado vuelo, y es superior a la ciencia y se sobrepone a todo precepto, según lo de san Pablo a los Colosenses: “Sobre todo esto, tened caridad”, con razón el vestido que la simboliza debe ser tejido de una sola pieza; y añadió el Evangelista: “Toda ella”, porque nadie debe ser extraño a la caridad del todo, que se llama Iglesia católica: Es incosútil (sin costuras), para que nunca se desuna, y tiende a la unidad porque a todos reúne en su centro. En la suerte se ve la figura de la gracia de Dios, pues no la deciden los méritos de cada una, sino el secreto juicio de Dios (Santo Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio según san Juan).

Pilato escribió un letrero y lo hizo poner sobre la cruz; en él estaba escrito “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (Jn 19, 19). Este rótulo incomodó a los judíos, por lo que pidieron al procurador romano que lo cambiara. Pilato no accedió a tal petición, diciendo: Lo escrito, escrito está (Jn 19, 22). Si Pilato ha escrito lo que ha escrito, es porque el Señor ha dicho lo que ha dicho. No hay más.

Santa María se unió a la Cruz de su Hijo. Que tú y yo nos unamos a la cruz.

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