Jesús promete su reino al ladrón arrepentido

Jesús promete su reino al ladrón arrepentido

Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: “¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Jesús le dijo: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 39-43).

El profeta Isaías en el Canto del Siervo de Yavé describe la Pasión del Señor. Y fue contado entre los malhechores (Is 53, 12). Esta profecía se cumplió. Con Él llevaban otros dos malhechores para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí, y a los dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda (Lc 23, 32-33). Mientras uno insulta a Jesús, el otro reconoce sus errores y se da cuenta de la grandeza del que va a morir junto a él.

Hoy estarás conmigo en el Paraíso. Al responder al buen ladrón Jesucristo manifiesta que es Dios porque dispone de la suerte eterna del hombre; que es infinitamente misericordioso y no rechaza al alma que se arrepiente con sinceridad. Estas palabras muestran la misericordia divina y el valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida. La promesa de Cristo al buen ladrón es una invitación a luchar por amor hasta el último instante.

Además, con esas palabras dirigidas a san Dimas el Señor nos revela una verdad fundamental de nuestra fe: Creemos en la vida eterna. Creemos que las almas de todos aquellos que mueren en la gracia de Cristo -tanto las que todavía deben ser purificadas con el fuego del purgatorio, como las que son recibidas por Jesús en el Paraíso en seguida que se separan del cuerpo, como el Buen Ladrón-, constituyen el Pueblo de Dios después de la muerte, la cual será destruida por completo el día de la Resurrección, en que estas almas se unirán con sus cuerpos (Beato Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 28).

Tanto Gestas como Dimas, cuyas vidas se están apagando junto a Cristo, son el ejemplo de tantas personas que viven apartadas de Dios, sumergidas en el pecado. Pero la misericordia y la gracia de Dios son más grandes que los pecados de los hombres. La escena de los dos ladrones nos invita a admirar los designios de la Divina Providencia y de la libertad humana. Ambos se encontraban en la misma situación: en presencia del Sumo y Eterno Sacerdote, que se ofreció por ellos y por todos los hombres; uno se endurece, se desespera y blasfema, mientras que el otro se arrepiente, acude a Cristo en oración confiada, y obtiene la promesa de su inmediata salvación.

El Señor -comenta san Ambrosio- concede siempre más de lo que se le pide: el ladrón sólo pedía que se acordase de él; pero el Señor le dice: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su Reino (Homilía sobre el Evangelio según san Lucas). Y otro Padre de la Iglesia -san Juan Crisóstomo- escribió: Porque una cosa es el hombre cuando juzga a quien no conoce, y otra cosa es Dios, que penetra las conciencias. Entre los hombres, a la confesión sigue el castigo; mientras que ante Dios, a la confesión sigue la salvación (Homilía sobre la Cruz y el ladrón).

San Dimas confesó su mala vida. Nosotros, en verdad, estamos merecidamente, pues recibimos lo debido por lo que hemos hecho. Y obtuvo el perdón porque creyó que Jesús dejaba este mundo para entrar en su Reino, lo reconoció como el Señor.

En varias parábolas Jesucristo habla del perdón de los pecados cuando el pecador reconoce su culpa y se ve necesitado de misericordia. El hijo pródigo fue perdonado cuando dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo (Lc 15, 21). El publicano que casi ni se atrevía a entrar en el Templo al dirigirse a Dios diciendo: ¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador! (Lc 18, 13) volvió a su casa justificado. En el Antiguo Testamento, el rey David fue perdonado de sus pecados cuando los reconoció. Su arrepentimiento le llevó a componer el salmo Miserere.

Hay cierto paralelismo entre estos dos ladrones y los apóstoles san Pedro y Judas Iscariote. No solamente porque el apóstol traidor fuera ladrón -que lo era-, sino porque tanto Simón Pedro como Judas durante la Pasión de Cristo pecaron gravemente. Uno negó conocer a su Maestro; el otro lo entregó a sus enemigos por unas monedas. El paralelismo está en la distinta suerte que corrieron. San Pedro, con su arrepentimiento sincero -lloró amargamente su pecado-, fue perdonado al igual que san Dimas. Judas Iscariote siguió el mismo camino de Gestas: se desesperó sin confiar en la misericordia divina.

Mientras caminamos en esta vida, todos pecamos, pero también todos podemos arrepentirnos. Dios nos espera siempre con los brazos abiertos al perdón. Por eso nadie debe desesperar, sino fomentar una firme esperanza en el auxilio divino. Pero ninguno puede presumir de su propia salvación porque no tenemos certeza absoluta de nuestra perseverancia final. Esta relativa incertidumbre es un acicate que Dios nos pone para que estemos siempre vigilantes y podamos así progresar en la tarea de nuestra santificación cristiana.

El beato Manuel González fue un buen catequista. Un día, dando catequesis en su parroquia, pedía a los chiquillos una explicación a las palabras del leproso del Evangelio. Por qué este hombre habló tan poco y sólo con un si quieres logró todo un milagro: Señor, si quieres me puedes limpiar. ¿No habría sido mejor que hubiera dicho: Señor, como eres tan poderoso, como eres Hijo de Dios, como has hecho tantos milagros, como tienes tanto talento u otra razón parecida, ¿me puedes limpiar? Pero el enfermo no invocó su poder, ni su divinidad, ni su sabiduría, sino sólo su querer. Los niños callaban. ¿Por qué el éxito de una oración tan chiquita? ¿Cuál era el secreto? Silencio. ¿Por qué eso de buscar milagros en el querer del Señor? Después de esta serie de interrogantes, una manecilla se levantó, y un crío rompió el silencio: Que “ar Señó” hay que pillarlo por su Corazón…

Pues eso fue exactamente lo que hizo el buen ladrón: pilló al Señor por su Corazón, con aquellas palabras en las que reconoce la inocencia de Jesús y por la jaculatoria Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino. Nuestro Señor no se deja ganar en generosidad. Cristo… a cambio de unos pocos panes, da de comer a miles de hambrientos; por el trabajo de llenar de agua unas tinajas, pondrá a nuestra disposición seiscientos litros de vino; por un beso en sus pies y un poco de perfume en su cabeza, nos perdonará los pecados; por la tenacidad que supone romper un techo y bajar un paralítico con unas cuerdas, nos curará milagrosamente de la parálisis del alma y del cuerpo; por ponernos en camino cuando Él nos mande, borrará nuestra lepra; por una jaculatoria nos meterá al final en el Paraíso.

Señor, si quieres me puedes limpiar. Estas palabras son otra jaculatoria sacada del Evangelio. Si se lo decimos de todo corazón, Él limpiará nuestra alma, nos borrará los pecados. Sólo Dios puede perdonar los pecados. Es el amor misericordioso que resucita a los muertos, física y espiritualmente. Jesús ha perdonado siempre, a todos absuelve de cualquier pecado, por grave que sea. Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia (Rm 5, 20) escribió san Pablo.

En la Pasión, la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste se manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo, el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.851).

Jesucristo redimió a todo el género humano, la redención es universal. Pero para salvarse hay que poner por obra sus enseñanzas y acudir a los medios de santificación, entre otros, los sacramentos de la Iglesia, que son verdaderos manantiales de la gracia.

La Iglesia toma en serio la libertad humana y la Misericordia divina que ha concedido la libertad al hombre, como condición para obtener la salvación (aunque el reverso de este don sea la posibilidad del abuso de esa libertad, que conduciría a la condenación eterna). Se dice, con frecuencia, Dios es demasiado bueno para que haya un infierno; demasiado bueno para tolerar el infierno, ¡un infierno eterno! Pero es el hombre el responsable del infierno, y no Dios.

Suertes dispares la de Gestas y la de san Dimas. Los dos tuvieron la misma oportunidad de salvarse. Uno no la aprovechó; el otro, sí. Se sabe con certeza de personas que están en el cielo -los santos canonizados-, sin embargo la Iglesia no ha dicho de alguien que esté en el infierno. Pero el infierno existe. La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.035).

En el Evangelio vemos como Jesucristo habla en varias ocasiones de este lugar de castigo. En el Juicio final dirá a los que estén a su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno… (Mt 25, 41). El único verdadero mal sobre la tierra es el pecado, capaz de privar al alma, por toda la eternidad, de la visión de Dios. Pero mientras hay vida, hay esperanza. Pecado de desesperación fue el de Judas Iscariote cuando, después de darse cuenta de haber entregado a un inocente, se ahorcó. Ahora bien, hay que evitar también el pecado de presunción, que es la confianza excesiva y temeraria de alcanzar la salvación por las propias fuerzas, sin la gracia de Dios.

San Dimas murió en amistad con Dios. Hay muchas personas que viven alejadas de Dios. No podemos permanecer indiferentes ante esta realidad. A algunas les podremos hablar y animarles para que vuelvan a reconciliarse con Dios. Pero a la inmensa mayoría, no. Entonces, ¿qué hacer? Pedir a Dios por la conversión de los pecadores. Si rezamos mucho por esta intención, seguramente en el Cielo nos encontraremos con muchos que como el buen ladrón consiguió la salvación eterna al final de su vida.

La Virgen se pondría contentísima al ver el primer fruto de la muerte de su Hijo.

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