Jesús colgado de la cruz, su Madre y el discípulo

Jesús colgado en la cruz, su Madre y el discípulo

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto al ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego, dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio (Jn 19, 25-27).

Cuando María y José llevaron al niño Jesús al templo de Jerusalén para ser presentado, el anciano Simeón -hombre justo y temeroso- al verlos entrar, se acercó a ellos y tomó al niño y bendijo a Dios. Después dijo a María, la madre de Jesús: Mira, éste ha sido puesto para ruina y resurrección de muchos en Israel, y para signo de contradicción -y a tu misma alma la traspasará una espada-, a fin de que se descubran los pensamientos de muchos corazones (Lc 2, 34-35). La profecía de Simeón se cumple en el Calvario. La Madre de Jesús está al pie de la cruz de su Hijo, contemplando la agonía y muerte de Cristo. Junto a Ella están otras santas mujeres y Juan, el discípulo amado.

Jesús crucificado se despojó de su rango… haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2, 7-8) . Al pie de la cruz María participa por medio de la fe en el desconcertante misterio de este despojamiento… participa en la muerte del Hijo, en su muerte redentora. La Virgen María quiso asociarse a la obra de nuestra salvación. Unida especialmente a Cristo, su corazón de madre se ve traspasado por un dolor hecho de entrega. Ella, en el momento de la Anunciación del ángel, dijo: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). En el Calvario volvió a renovar esa entrega total, absoluta, a los planes de Dios.

En el monte Calvario hay tres grupos de personas. Están los soldados romanos, obedeciendo órdenes. Su trabajo aquel viernes era crucificar a tres reos y mantener el orden. Mientras Cristo, clavado en la cruz, está consumando la obra de la Redención, ellos pasan de este acontecimiento decisivo en la historia de la humanidad, mostrando una indiferencia total. Pero hay otro grupo peor: el formado por los fariseos, los príncipes de los sacerdotes, los escribas, los ancianos -los miembros del Sanedrín- y otros muchos que han acudido al Calvario por odio. Y lo demuestran insultando a Jesús con burlas, ironías y blasfemias. El tercer grupo es más bien reducido. Lo forman la Madre de Jesús, unas pocas mujeres y un chico joven. Están al pie de la cruz por amor.

¡Con cuánto amor y dolor miraría la Virgen María a su Hijo agonizando en una cruz! No hay corazón que ame a Dios como el suyo. En la oscura soledad de la Pasión, Nuestra Señora ofrece a su Hijo un bálsamo de ternura, de unión, de fidelidad; un sí a la voluntad divina (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, IV Estación). Jesús, viendo a su madre… y sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, le entrega un nuevo hijo para que cuide de Ella. Juan es el elegido para custodiar a María. Y él, desde aquella hora, la introduce en su casa, en su vida; la coloca en el centro de sus afectos más puros.

La declaración de María como Madre del discípulo amado entra a formar parte de la obra salvífica, que, en ese momento, queda culminada. Por tanto, además de un acto de piedad filial, se trata de algo más trascendente: la maternidad espiritual de María. Éste es el momento el que la corredención de la Virgen María adquiere toda su fuerza y sentido. Escribe un comentarista de este pasaje evangélico: Ahora sí que advertimos cómo María estuvo unida con Jesús, ahora la maternidad divina de Nuestra Señora alcanza toda su magnitud, ahora la Virgen Santísima es constituida Madre espiritual de todos los creyentes. El discípulo amado representa a quienes seguirán al Maestro y en el apóstol Juan reciben a Santa María como Madre.

Juan, el discípulo amado de Jesús, recibe a María, la introduce en su casa, en su vida. Los autores espirituales han visto en esas palabras, que relata el Santo Evangelio, una invitación dirigida a todos los cristianos para que pongamos también a María en nuestras vidas (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 140). Desde entonces Santa María es Madre de todos los hombres y, particularmente de los cristianos. Ella ha tomado bajo su protección materna a toda la familia humana. La Virgen es nuestra Madre y nosotros invocaremos su nombre especialmente en el Avemaría; y también en las demás oraciones y jaculatorias -oraciones breves- que la piedad cristiana ha sabido crear a lo largo de los siglos. Y al invocar el nombre de María nos sentiremos con más paz, más seguros, con más deseos de pureza.

María es muy cercana a Dios y también muy próxima a nosotros, dispuesta siempre a comprendernos. María es -según palabras del beato Pablo VI- la obra maestra de Dios, roza las fronteras de la divinidad. Más que Ella sólo Dios. Y próxima a nosotros, por ser Madre de todos los hombres y refugio de los pecadores.

Acudamos siempre con confianza filial a Santa María. Podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones: ora por nosotros como ella oró por sí misma: Hágase en mí según tu palabra (Lc 1, 38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: Hágase tu voluntad. Que nuestro amor a la Virgen sea tierno. No lo dejemos nunca enfriar; que no sea un amor abstracto, sino encarnado.

Sí, acudimos a Santa María como hijos ante cualquier necesidad del cuerpo o del alma. A Ella nos dirigimos en petición de ayuda, en cualquier momento y lugar, con cualquier motivo: ante la duda, para encontrar certezas; ante las equivocaciones, para saber rectificar; ante las tentaciones, para ser sostenidos; en las debilidades, para ser fortalecidos; en las caídas, para levantarnos; en los desánimos, para recibir estímulo; en las contrariedades, buscando consuelo. En todas las situaciones acudimos a Ella sin temor de importunar a Madre tan buena, seguros de que su ayuda no nos ha de faltar.

Cuando el papa san Juan Pablo II pisó por primera vez tierra española dijo: Motivo particular de esperanza es para mí la sólida devoción que este pueblo, con sus pastores al frente, profesa, privada y públicamente, a la Madre de Dios y Madre nuestra. Pertenecéis a una tierra que supo defender siempre con la fe, con la ciencia y la piedad las glorias de María: desde su concepción inmaculada hasta su gloriosa asunción en cuerpo y alma a los cielos, pasando por su perpetua virginidad. No olvidéis este rasgo vuestro. Mientras sea este vuestro distintivo, estáis en buenas manos. No habéis de temer (Discurso 31.X.1982).

La verdadera devoción a María nos debe llevar a imitarla y a tratar de parecernos más a Ella: los hijos deben parecerse a su Madre. Ella es la Purísima, y en la medida en que tengamos el alma y el corazón más limpios nos pareceremos más a la Virgen. En cierta ocasión a un pintor famoso se le encargó un cuadro de la Inmaculada. El artista, buscando el rostro de una joven que pudiera servirle de modelo, encontró a una chica cuya cara correspondía al ideal que se había formado en su imaginación. Se acercó a la joven y le pidió si estaría dispuesta a pasar por su estudio para servir de modelo de una Virgen que deseaba pintar. La muchacha se quedó sorprendida, pero después de serenarse, dijo al pintor: Hoy no puede ser, iré mañana. Al día siguiente, la chica se presentó en el estudio, y después de los saludos, dijo al artista: Ayer no me atreví a servir de modelo para un cuadro de la Inmaculada porque estaba en pecado. Esta mañana me he confesado y ahora podré servir de modelo menos indignamente.

Cristo confió su Madre a Juan, el apóstol adolescente que amaba a su Maestro con toda la pureza de un corazón que nunca estuvo corrompido. Una de las advocaciones marianas es Madre del Amor Hermoso. Con esta advocación pedimos a la Virgen por la virtud de la castidad. Con humildad y confianza le rogamos que fortalezca nuestro corazón y nos obtenga de su Hijo el don de la santa pureza.

La limpieza de corazón es condición indispensable para gozar de la visión de Dios. En nuestros días se habla mucho de ecología, de la purificación del ambiente físico, de los peligros de la contaminación, de las temidas mareas negras… Pero muy poco de una ecología moral, donde el hombre pueda vivir como hombre y como hijo de Dios. Es un ambiente permisivo y claramente agresivo el que se respira en la sociedad actual, en el que no rara vez se ridiculiza la virtud de la castidad a través de medios audiovisuales y de comunicación, con programas corruptores que dañan claramente las imágenes de la familia, de la bondad de la sexualidad humana y de la fidelidad matrimonial. Un ambiente que pone en peligro la inocencia de las almas de los niños y la pureza de los jóvenes.

No tengamos miedo ni respetos humanos en ir en contra de las opiniones de moda y las propuestas que se oponen a la ley de Dios. Con la ayuda de Santa María, anunciemos al mundo la buena nueva sobre la pureza de corazón y, con el ejemplo de nuestra vida limpia, transmitir el mensaje de la civilización del amor. Las circunstancias son adversas -generalización del clima de sensualidad, falta de formación, pérdida del sentido del pecado…- y las tentaciones y los peligros de pecar son abundantes, pero contamos con la protección de nuestra Madre. Por nuestra parte, procuraremos poner los medios para evitar las ocasiones de pecado, para mantenernos vigilantes en esta materia tan pegajosa, para adquirir una conciencia recta y delicada que sepa corregir en su raíz las posibles desviaciones.

Sin respetos humanos ni miedo al que dirán, pero con claridad y caridad, queremos decirles a nuestros coetáneos que la castidad protege al amor humano y señala el camino recto para que el individuo coopere libremente en el plan de la creación, usando de la facultad de engendrar que ha recibido de Dios; proclama también la nobleza del sexo, y lo encamina al matrimonio, que Jesucristo elevó de simple contrato natural a sacramento de la Nueva Ley. Al mismo tiempo, la virtud de la pureza traza un cauce al instinto, de modo que la generación no sea fruto de una fuerza irracional -como en los animales-, sino de un amor limpio y puro, de una donación libre y responsable -plenamente humana-, concorde al decoro y santidad de los hijos de Dios.

San Juan participó en el primer Concilio de la Iglesia, en Jerusalén (año 50). De Palestina marchó a Éfeso. No se sabe si Juan llevó a esta ciudad de Asia Menor a la Santísima Virgen, o ésta ya había sido asunta al Cielo; pero lo que sí se puede decir con seguridad es que cuidó de Ella con filial solicitud hasta el último momento. Cumplió a la perfección el encargo que le fue dado por Cristo en el Calvario.

En el Calvario, cuando Cristo dijo a su Madre: ahí tienes a tu hijo, señalando a Juan, es como si le hubiese dicho: ése es el que me sustituye en mi lugar para que cuide de Ti como un hijo. Y al discípulo al decirle he ahí a tu madre, como le rogara: hónrala y cuida de Ella como madre tuya. Con estas palabras dio el Salvador a la Santísima Virgen un corazón de madre para con san Juan, y al discípulo amado un corazón de hijo para con Santa María.

No es necesario decirle a la Virgen monstra te esse Matrem! porque siempre se muestra como Madre solícita en las necesidades de sus hijos. Jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a su protección, implorando su auxilio, haya sido desamparado. Y si Ella nos pide -que si nos lo pide- monstra te esse filium!… que como san Juan siempre nos mostremos como buenos hijos de tan buena Madre.

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