El profeta Jonás y Nínive

El profeta Jonás y Nínive

El Señor le dijo al profeta Jonás: Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pregona en contra de ella, porque su perversidad ha subido hasta mí (Jon 1, 2). Pero el profeta, considerando la ingrata que era su misión -la de anunciar la ruina de Nínive a los propios ninivitas- desobedeció al Señor, y tratando de huir de Dios, se embarcó hacia Tarsis. Pero fue una fuga frustrada. Dios, por medio de una tempestad y valiéndose de un gran pez, hizo que Jonás no consiguiera su propósito.

Apenas la nave en la que se embarcó Jonás estuvo en altamar, se desencadenó una terrible tormenta que puso en peligro de naufragio al barco. La tripulación atemorizada pensó que toda aquella tempestad era un castigo del cielo, pues alguien que iba a bordo habría irritado a su dios. Mientras tanto Jonás había bajado a la bodega del barco, se había acostado y estaba durmiendo profundamente. Los marineros le despertaron y le dijeron: ¿Qué haces tú dormido? ¡Levántate, e invoca a tu dios! A ver si Dios se ocupa de nosotros y no perecemos (Jon 1, 6). Y decidieron echar suertes para saber quién era el causante de este mal. La suerte cayó sobre Jonás. Entonces los marineros le dijeron: “Haz el favor de decirnos por causa de quién nos ha venido este mal. ¿Cuál es tu oficio y de dónde vienes¿ ¿Cuál es tu país y de qué pueblo eres?” Él les respondió: “Yo soy hebreo, y adoro al Señor, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra firme”. Los hombres se llenaron de un gran temor y le preguntaron: “¿Qué es lo que has hecho” -pues comprendieron que estaba huyendo de la presencia del Señor, por lo que les había contado (Jon 1, 8-10). Y Jonás confesó su falta, y añadió: Agarradme y arrojadme al mar, y el mar se os calmará, pues sé que esta tormenta os ha venido por mi culpa (Jon 1, 12). Entonces los marineros lo arrojaron al mar. El Señor dispuso que un pez enorme se tragara a Jonás. Estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches (Jon 2, 1). Al cabo de esos tres días, el pez vomitó a Jonás sobre tierra firme.

De nuevo fue dirigida la palabra del Señor a Jonás: Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y pregona en ella el mensaje que voy a decirte (Jon 3, 2). El profeta esta vez obedeció. Su predicación anunciaba la destrucción de la ciudad: Dentro de cuarenta días Nínive será destruida (Jon 3, 4). Los ninivitas creyeron a Dios y ordenaron un ayuno. El rey hizo publicar esta orden: Cúbranse de saco los hombres y las bestias, y con toda fuerza clamen a Dios. Que cada uno se convierta de su mala conducta y de las iniquidades de sus manos. Quién sabe si Dios no tornará y se arrepentirá y aplacará el ardor de su cólera, de suerte que no nos deje perecer (Jon 3, 8-9). Al ver Dios lo que hacían y cómo se habían convertido de su mala conducta, tuvo compasión de ellos y no llevó a cabo el mal con el que había amenazado. Esta compasión que Dios había tenido con Nínive no fue del agrado de Jonás, que se llevó un gran disgusto y se enojó. Pero el Señor le hizo ver la razón de su misericordia.

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