Jesús muere en la cruz

Jesús muere en la cruz

Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente:”Eloí, Eloí, lemá sabaqtaní” (que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Mira, llama a Elías”. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba a beber diciendo: “Dejad, a ver si viene elías a bajarlo”. Y Jesús dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo (Mc 15, 33-38).

En el siglo XX, en la década de los sesenta, apareció la llamada teología de la muerte de Dios. Ésta consistía en decir que el hombre había llegado a una madurez tal que ya no necesitaba de Dios; y veía al mundo contemporáneo como un mundo en el que el hombre parece llamado a vivir sin apoyarse en Dios. Y cuando Dios no es necesario es como si hubiera muerto. Esta teología verdaderamente disparatada ha tenido una cierta influencia en el comportamiento de muchos hombres, dando paso a la secularización, entendida ésta como una comprensión atea del mundo y de la sociedad. En nuestros días vemos como hay quienes viven como si Dios no existiera, han marginado de sus vidas a Dios.

Contemplemos la muerte de Dios encarnado, de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Jesús muere en la Cruz. La muerte del Señor sí que ha tenido una influencia decisiva en la historia de la humanidad. Con su muerte, Cristo venció a la misma muerte y nos dio vida, nos trajo la salvación. Las puertas del Cielo, que quedaron cerradas tras el pecado de nuestros primeros padres, han sido abiertas por Cristo al morir crucificado.

La muerte de Jesús es fruto del amor: de un amor incomensurable a la humanidad entera y a cada uno de los hombres y mujeres que han venido y vendrán a la tierra. Y amor con amor se paga. Colgado del madero, solo y abandonado de todos, Jesús quiere abrazar a todo hombre. A cada uno de nosotros. Se ha inmolado hasta el sacrificio supremo. Quiso apurar el cáliz hasta la última gota e hizo ofrenda de su vida al Padre.

La figura de Cristo muerto en la Cruz por nosotros, nos interpela a cada uno directamente y nos mueve a tratar de devolverle amor, a ser generosos en la entrega. Hay que revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre (San Juan Pablo II, Carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, n. 22).

El Señor ha salvado al mundo con la cruz; ha devuelto a la humanidad la esperanza y el derecho a la vida con su muerte. No se puede honrar a Cristo si no se le reconoce como Salvador, si no se reconoce el misterio de su santa cruz (San Juan Pablo II, Discurso, 30.VI.1985). En Cristo crucificado se hace patente la plenitud del amor de Dios al mundo, al hombre. A las tres de la tarde del primer viernes santo de la historia, el sufrimiento de Jesús llega hasta el límite. En actitud de oración y de obediencia, entrega su vida al Padre. Se ha consumado la redención.

Sí, todo queda consumado. Las tinieblas y la oscuridad llenan la tierra porque el hombre no ha querido reconocer la luz verdadera. Jesucristo ha traspasado la barrera de la muerte, se ha dejado arropar por ella. También en esto nos da ejemplo: no teme a la muerte, porque la muerte no es el final, porque la muerte es el paso que nos lleva a la vida verdadera, a la vida eterna que Dios ha preparado para sus hijos. Jesucristo con su muerte y resurrección nos ha concedido la herencia eterna; somos ya hijos de Dios.

En el Canto del Siervo de Yavé, también conocido como la Pasión según Isaías. El profeta narra el sufrimiento y la muerte del Siervo, ofrecido como sacrificio para la redención de todos, de tal manera que refleja de modo exacto e impresionante la Pasión y Muerte de Jesús. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes (Is 53, 4-5). Vemos la misericordia de Dios para con nosotros: Cristo murió por los pecadores e impíos.

La muerte por crucifixión se contaba entre las más terribles conocidas en la antigüedad. La pérdida de sangre, que causa una sed insoportable; la progresiva rigidez de los músculos, la intensa fiebre provocada por la sed y el dolor que acompaña al más leve movimiento para respirar o dar tregua a la fatiga, son el cuadro de una agonía espantosa, que se prolongaba durante horas, y que, en el caso de organismos particularmente robustos, podía durar varios días. Pocos suplicios como el de la cruz podían dar satisfacción a las ansias redentoras de Cristo.

Miremos a la Cruz para ver a Cristo muerto. Todo el cuerpo llagado de Jesús es verdaderamente un retablo de dolores (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, X Estación, punto de meditación 2). El rostro del Señor aparece desfigurado porque es el rostro del Varón de dolores, que ha cargado sobre sí todas nuestras angustias mortales. Su rostro se refleja en el de cada persona humillada y ofendida, enferma o que sufre, sola, abandonada y despreciada. Al derramar su sangre, Él nos ha rescatado de la esclavitud de la muerte, roto la soledad de nuestras lágrimas, y entrado en todas nuestras penas y en todas nuestras inquietudes.

Nuestro Señor Jesucristo, siendo inocente, fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores (Is 53, 12). Su Pasión fue un derroche de amor, a veces, tan mal correspondido por los hombres. Es fuerte la expresión de san Pablo: Cristo nos redimió de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición, pues está escrito: “Maldito todo el que es colgado del madero” (Ga 3, 13).

¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros?, se preguntaba santo Tomás de Aquino. Y él mismo respondía: Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar. Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado. La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes (Suma teológica).

Ejemplo de paciencia, de humildad, de obediencia, de desprendimiento… Pero nos fijamos en el ejemplo que nos da de amor. Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15, 13). Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por Él.

En su primera encíclica, el papa Benedicto XVI escribió: En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo (…) ayuda a comprender: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar (Encíclica Deus caritas est).

Los atroces dolores de Cristo en su Pasión, el terrible suplicio de la Cruz, nos enseñan, en una insustituible lección y de la manera más expresiva posible -sin palabras, con hechos- la gravedad infinita del pecado. Ese pecado que ha exigido la muerte del mismo Dios hecho hombre.

San Juan, testigo presencial, narra escuetamente el momento de la muerte del Señor: Inclinando la cabeza, entregó el espíritu (Jn 19, 30). Jesús, que es dueño de su propia vida, libremente devuelve su alma a su Padre y muere verdaderamente como hombre. Al asumir la condición humana en todo menos en el pecado, también quiso pasar por el umbral de la muerte. Para el cristiano, identificado con Cristo, la muerte es retornar a la casa del Padre. Por eso no debe temer la muerte temporal, paso necesario para la vida eterna.

Realmente este hombre era Hijo de Dios (Mc 15, 39). Esta profesión de fe fue proclamada por un centurión romano al ver como había expirado Cristo en la cruz. En medio de la oscuridad –la tierra se cubrió de tinieblas (Lc 23, 44); se oscureció el sol (Lc 23, 45)- el Crucificado era reconocido como el Hijo de Dios. La muerte de Cristo no fue un fracaso, sino un triunfo. El fin ignominioso del Señor parecía ser el triunfo definitivo del odio y de la muerte sobre el amor y la vida. Sin embargo, no fue así. En el Gólgota se erguía la Cruz, de la que colgaba un hombre ya muerto, pero aquel Hombre era el Hijo de Dios. Con su muerte salvó al género humano de la ruina en que había caído por el pecado de Adán.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? Esta frase del Señor en la cruz es la clave para entender lo ocurrido en el Calvario. Eloi, Eloi, ¿lamá sabacthaní? es el comienzo del salmo 22. Este salmo cuenta la historia de un justo perseguido que, sin embargo, triunfará: conseguirá que con sus sufrimientos el Señor sea alabado en toda la tierra y se anuncie la justicia en el pueblo que está por nacer. Entre los oprobios que sufren el justo perseguido y Jesús están: el escarnio de la gente, la burla por invocar a Dios, el reparto de las vestiduras, etc. El triunfo de la misión de Cristo lo ve el evangelista san Marcos en los dos acontecimientos que siguen a la muerte del Señor: la ruptura del velo del Templo, que simboliza la desaparición de las barreras entre el pueblo de Dios y los gentiles, y la confesión de la divinidad de Jesús por parte de un gentil, que señala cómo todas las gentes pueden confesar a Dios.

Una mujer, oyendo en una iglesia que el predicador hablaba del sacrificio de Abrahán, comentó: Dios no habría pedido ese sacrificio a una madre. Y, sin embargo, lo pidió a la Madre de su Hijo, y Ella, llena de la fe de Abrahán, ofreció generosamente a Dios a su Hijo crucificado, porque creía que la Cruz sería signo de la historia de la salvación y que aparecería en el cielo para concluir victoriosamente esa historia.

La muerte de Jesús es el triunfo de la vida sobre la muerte: después, resurrección.

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