Jesús es colocado en el sepulcro

Jesús es colocado en el sepulcro

Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Éste compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de José, observaban dónde lo ponían (Mc 15, 42-47).

José de Arimatea, hombre importante, varón bueno y justo, pide a Poncio Pilato el cuerpo sin vida de Jesús para darle sepultura. También Nicodemo acude para esta piadosa acción. Éste lleva consigo con una gran cantidad de mirra y áloe para embalsamar el cuerpo de Jesús. Los dos desclavan con sumo cariño el cuerpo del Señor, lo envuelven en una sábana limpia y lo colocan en un sepulcro nuevo que está en un huerto cercano. El sepulcro era propiedad de José Arimatea, y en el cual todavía no había colocado nadie. San Juan dice que el cuerpo del Señor fue sepultado como es costumbre dar sepultura entre los judíos (Jn 19, 40).

Nicodemo -hombre de la secta de los fariseos, maestro en Israel e importante entre los judíos- había defendido a Jesús en una de las reuniones del Sanedrín. Lo narra san Juan: Entonces Nicodemo, el mismo que de noche fue a Jesús, y que era uno de ellos, les dijo: “¿Acaso nuestra Ley condena a nadie sin haberle oído primero y sin haber examinado su proceder?” Respondieron (los fariseos): “¿Eres quizá galileo como él? Examina la escritura y verás cómo no hay ningún profeta originario de Galilea”. En seguida se retiraron cada uno a su casa (Jn 7, 50-51). Y José de Arimatea, miembro ilustre del Consejo, es decir, del Sanedrín, no estaba de acuerdo con su decisión y sus acciones (Lc 23, 51), disintiendo claramente de sus colegas cuando condenaron a muerte a Cristo. Por tanto, no había participado en la condena de Jesús. Y él sí esperaba el Reino de Dios anunciado por Cristo. San Mateo dice que José de Arimatea era rico, propietario del sepulcro que él había hecho excavar en la roca. Además este evangelista, con unas indicaciones -el sepulcro nuevo (lo puso en su sepulcro, que era nuevo –Mt 27, 60-) y la gran piedra (hizo rodar una gran piedra -Mt 27, 60-), el sello y la guardia (ellos se fueron a asegurar el sepulcro sellando la piedra y poniendo la guardia -Mt 27, 66-) señala la verdadera muerte de Cristo.

Nicodemo y José de Arimatea, discípulos ocultos de Cristo, desafiando todos los riesgos, son ahora, en los momentos difíciles, cuando todos huyen con la excepción de san Juan, los que dan la cara. Se preocupan del cuerpo del Maestro, ofreciéndole lo único que pueden: un lugar para su reposo. Realizan con exquisita veneración cuanto se requería para sepultar piadosamente el cuerpo de Jesús. Lo hacen cuando ya no esperaban humanamente nada, movidos sólo por un fuerte sentido de lealtad. Nos dan un ejemplo claro para todo discípulo de Cristo, que por amor a Él debe arriesgar honra, posición y dinero. José de Arimatea y Nicodemus visitan a Jesús ocultamente y a la hora del triunfo. Pero son valientes declarando ante la autoridad su amor a Cristo –audacter– con audacia a la hora de la cobardía. -Aprende (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 841).

En su designio de salvación, Dios dispuso que su Hijo no solamente “muriese por nuestros pecados” (1 Co 15, 3), sino también que “gustase de la muerte”, es decir, que conociera el estado de muerte, el estado de separación entre su alma y su cuerpo durante el tiempo comprendido entre el momento en que Él expiró en la Cruz y el momento en que resucitó. Este estado de Cristo muerto es el misterio del sepulcro y del descenso a los infiernos (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 624). El que nació sin nada, yace ahora en un sepulcro que no es suyo. Se ha despojado de todo, de su propia vida, para que nosotros vivamos la Vida de los hijos de Dios.

Poncio Pilato, cerciorado por el centurión, entregó el cuerpo a José. San Marcos señala la verdadera muerte de Jesucristo, verificada incluso por la autoridad romana. En el Credo (Símbolo de los Apóstoles) profesamos esta verdad de fe: Padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado. Frente a cualquier tipo de docetismo -herejía que negaba la verdadera Humanidad de Cristo-, los primeros cristianos afirmaban la verdadera muerte y la verdadera resurrección del Señor.

En el lugar donde fue crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo en el que todavía no había colocado nadie (Jn 19, 41). Los Santos Padres han comentado con frecuencia el detalle del huerto en sentido místico. Suelen enseñar que Cristo, apresado en un huerto -el de los Olivos- y sepultado en un huerto -el del sepulcro-, nos ha redimido sobreabundantemente de aquel primer pecado cometido también en un huerto -el paraíso-. Del sepulcro nuevo comentan que, siendo el cuerpo de Jesús el único que fue depositado allí, no habría duda de que era Él quien había resucitado y no otro. Observa también san Agustín: Así como en el seno de María Virgen ninguno fue concebido antes ni después de Él, así en este sepulcro nadie fue sepultado ni antes ni después de Él (Comentario al Evangelio según san Juan).

En los tres evangelios sinópticos se mencionan la presencia de algunas mujeres en el momento en que Cristo es sepultado. Estaban allí María Magdalena y la otra María sentadas frente al sepulcro (Mt 27, 61). María Magdalena y María la de José observaban dónde lo colocaban (Mc 15, 47). Las mujeres que habían venido con él desde Galilea le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo (Lc 23, 55). Estas mujeres que san Lucas no menciona con sus nombres son María Magdalena y María -la madre de Santiago el Menor y de José- y Salomé -la madre de los hijos de Zebedeo-, y otras que permanecen en el anonimato. Es tan grande el amor de estas mujeres a Cristo, que no se alejan del sepulcro hasta el último momento, cuando -por necesidad de observar el reposo sabático- no tienen más remedio que marcharse. Aunque no lo dicen los evangelistas, también estaba presente la Virgen María acompañada por san Juan. Después de la muerte de Jesús, la multitud abandona la cima del Calvario. Solamente se quedan María, la Madre de Jesús, con algunas de las santas mujeres y san Juan. Todos están en un silencio roto por los sollozos, mientras José de Arimatea y Nicodemos bajan de la Cruz el cuerpo sin vida del Señor. Entre los dos toman el cuerpo de Jesús y lo dejan en brazos de su Santísima Madre. Se renueva el dolor de María (San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, XIII Estación).

San Lucas dice que las santas mujeres, después de ver cómo sepultaron a Jesús, regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron según el precepto (Lc 23, 56). Ellas pensaban terminar -con esos detalles propios de la mujer- lo que había quedado por hacer, pues tuvieron que limitarse a hacer lo imprescindible. Esperarían a la mañana del domingo para terminar de embalsamar el cuerpo del Señor. Hay que resaltar que cuando nació Jesús no tuvo siquiera la cuna de un niño pobre: un pesebre fue su cuna. Durante su ministerio público no tenía donde reclinar la cabeza. En su muerte estuvo desprendido hasta de sus vestidos. Pero cuando su cuerpo es entregado a los que le quieren y le siguen de cerca, le veneración, el respeto y el amor de éstos hizo que fuera enterrado como un judío pudiente. El cuerpo muerto del Señor quedó en manos de los que le quieren de verdad y todos porfían por ver quién tiene más atenciones con Él. Buen ejemplo nos dieron aquellos primeros seguidores del Señor al no escatimar nada en las cosas que se refieren al Señor. Un ejemplo de valentía, de seguirle abiertamente, cuando esto no sea, como se dice en nuestros días, políticamente correcto, ni popular en el ambiente que nos rodea.

Cristo está presente en la Eucaristía, en los sagrarios de nuestras iglesias, y está vivo, pero tan indefenso como en el sepulcro de José de Arimatea. Se nos entrega para que nuestro amor lo cuide y lo atienda con lo mejor que podamos; y esto, a costa de nuestro dinero, de nuestro tiempo, de nuestro esfuerzo. Todo nos debe parecer poco para el Señor. Cada uno, en la medida que esté de su parte, debe colaborar para que el culto a Jesús en la Eucaristía tenga la dignidad y riqueza que el Señor merece y espera de nosotros. El esmero en todo esto es expresión de nuestro cariño y un testimonio público de fe y amor.

El cuerpo de Jesús queda en el sepulcro, pero ¿y el alma del Señor? El Símbolo de los Apóstoles confiesa en un mismo artículo de fe el descenso de Cristo a los infiernos y su Resurrección de los muertos al tercer día. Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se reunió con ellos en la morada de los muertos. Pero descendió como Salvador proclamando la buena nueva a los almas que allí estaban detenidas.

La Escritura llama infiernos, sheol o hades a la morada de los muertos donde bajó Cristo después de muerto, porque los que se encontraban allí estaban privados de la visión de Dios. Tal era, en efecto, a la espera del Redentor, el estado de todos los muertos, malos o justos, lo que no quiere decir que su suerte sea idéntica como lo enseña Jesús en la parábola del pobre Lázaro recibido en el “seno de Abraham”. Son precisamente estas almas santas, que esperaban a su Libertador en el seno de Abraham, a las que Jesucristo liberó cuando descendió a los infiernos. Jesús no bajó a los infiernos para liberar allí a los condenados sino para liberar a los justos que le habían precedido (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 633).

Hay una homilía antigua para el Sábado Santo, que recoge el momento del encuentro de Jesús con Adán. Un gran silencio reina hoy en la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos… Va a buscar a Adán, nuestro primer Padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va a liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva, cautiva con él, El que es al mismo tiempo su Dios y su Hijo…”Yo soy tu Dios y por tu causa he sido hecho Hijo tuyo. Levántate, tú que dormías porque no te he creado para que permanezcas aquí encadenado en el infierno. Levántate entre los muertos, yo soy la vida de los muertos”.

La Virgen María, Madre Dolorosa, estuvo en todo momento junto a su Hijo muerto. Una vez que Jesús fue sepultado, Santa María vivió aquellas horas de soledad con esperanza y con fe en la resurrección de Jesucristo. Ella no fue a buscar en la mañana del primer día de la semana Al que vive. ¡Cristo ha resucitado! Muerte y Vida lucharon y la muerte fue vencida. Resucitar con Cristo para la vida eterna es nuestra esperanza y la meta a la que queremos llegar. Que la Virgen nos ayude a conseguirla.

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