La misión dada por Dios a Moisés

La misión dada por Dios a Moisés

Moisés, aunque educado en la corte del faraón, no se olvidó de que era hebreo ni de sus hermanos de raza. Un día, siendo ya mayor, salió adonde sus hermanos y comprobó sus duros trabajos. Vio entonces que un egipcio golpeaba a un hebreo, a uno de sus hermanos. Se volvió a un lado y a otro y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena. Salió al día siguiente, vio a dos hebreos riñendo y dijo al agresor: “¿Por qué golpeas a tu compañero?” Él respondió: “¿Quién te ha constituido príncipe y juez entre nosotros? ¿Piensas acaso matarme como mataste al egipcio?” Moisés tuvo miedo y se dijo: “Seguramente aquello ha trascendido”. Se enteró el faraón del hecho y trató de matar a Moisés; pero Moisés huyó y se estableció en el país de Madián (Ex 2, 11-15).

Moisés conoció a Jetró, sacerdote de Madián, y se estableció con él, que le entregó por esposa a su hija Séfora. Durante cuarenta años estuvo Moisés en Madián, cuidando ganado. Allí le nacieron a Moisés sus hijos. Al mayor le puso el nombre Guersón, porque dijo: “Extranjero soy en tierra ajena”.

Mientras tanto, sucedió al cabo de mucho tiempo que murió el rey de Egipto. Los hijos de Israel gemían bajo la esclavitud. Clamaron y su grito desde la esclavitud llegó hasta Dios. Escuchó Dios su lamento y se acordó de su alianza con Abrahán, con Isaac y con Jacob (Ex 2, 23-24).

Un día estaba Moisés apacentando el rebaño de su suegro en el monte Horeb, cuando se le apareció el Señor en una zarza que ardía pero no se consumía. Dios le dijo: “He observado la opresión de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor por la dureza de sus opresores, y he comprendido sus sufrimientos. He bajado para librarlos del poder de Egipto y para hacerlos subir de ese país a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel, al país de los cananeos, los hititas, los amorreos, los pereceos, jeveos y jebuseos. Así es, el clamor de los hijos de Israel ha llegado hasta mí y he visto además la opresión a que los egipcios los someten. Ahora, pues, ve: yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel, de Egipto” (Ex 3, 7-10).

Moisés se asustó por las dificultades de aquella misión, y suplicó a Dios que no se la impusiera. “¿Quién soy yo para ir al faraón y para sacar a los hijos de Israel de Egipto?” (Ex 3, 11), le dijo Moisés a Dios. También hizo alusión a su dificultad para hablar: “Señor, desde siempre he sido un hombre premioso de palabra, y aún ahora que has hablado a tu siervo, sigo siendo torpe de boca y de lengua” (Ex 4, 10). Además, ¿cómo iba a presentarse ante el faraón cuando precisamente tuvo que huir de Egipto porque el faraón había decidido matarle? Ante tantos obstáculos que veía para cumplir la misión que Dios quería que realizara, dijo: “Señor, envía a otro, a quien quieras” (Ex 4, 13). Sin embargo, Dios, con el fin de animarle, le concedió el poder de hacer milagros con la vara que llevaba en la mano, y le dio por compañero a su hermano Aarón para que fuera su portavoz. Al final, Moisés aceptó.

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