El juicio de Salomón

El juicio de Salomón

Salomón pidió a Dios con humildad que le concediera sabiduría para gobernar su pueblo. Concede a tu siervo un corazón dócil para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal. Pues, ¿quién podrá juzgar a tu pueblo siendo éste tan grande?” Fue grato a los ojos del Señor que Salomón hubiera pedido tal cosa. Y Dios le respondió: “Porque has hecho esta petición y no has pedido para ti ni muchos años, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste para ti discernimiento para escuchar juicios, mira que yo he obrado según tus palabras: te he dado un corazón sabio e inteligente; hasta tal punto que no ha habido antes otro como tú, ni existirá después. Además te he concedido lo que no has pedido para ti: riquezas y gloria tales, que ningún rey te igualará en todos tus años. Y si sigues mis caminos guardando mis leyes y mis mandamientos como los siguió tu padre David, yo prolongaré tus años” (1 R 3, 9-14).

El don de discernimiento que tuvo Salomón quedó manifiesto en el llamado juicio de Salomón. Muy pronto se le presentó al joven rey la ocasión de dar a conocer la cordura y sabiduría que Dios le había concedido. Sucedió que, viviendo en una misma casa, dos prostitutas dieron a luz un niño cada una, con una diferencia de tres días. Una noche murió asfixiado el hijo de una de ellas porque ésta se recostó sobre el niño. Y mientras dormía la otra, cambió su hijo muerto por el niño vivo de su compañera. Sorprendida ésta, cuando descubrió aquel atroz engaño, exigió que se le devolviese su hijo; pero su petición no fue atendida por la madre del niño muerto. Y se enzarzaron en una tremenda disputa. Para resolver el caso, acudieron al tribunal del rey. Y de nuevo, ante Salomón, discutieron: cada una decía ser la madre del niño vivo. Entonces dijo el rey: “La una dice: ‘Mi hijo es éste, el que está vivo; el tuyo es el muerto’. La otra dice: ‘No, tu hijo es el muerto; el mío, el que está vivo’”. Y el rey añadió: “Traedme una espada”. Enseguida presentaron la espada al rey, y el rey ordenó: “Partid en dos al niño vivo. Dad una mitad a ésta, y otra mitad a la otra”. La mujer de la que era el hijo vivo, al conmovérsele las entrañas por su hijo, suplicó al rey: “Por favor, mi señor, dadle a ella el niño que está vivo. No lo matéis”. Pero la otra decía: “Que no sea ni para mí ni para ti. Que lo partan”. Entonces habló el rey y dijo: “Dadle a la primera mujer el niño que está vivo, y no lo matéis. Ella es su madre”. Todo Israel se enteró de la sentencia que había dictado el rey, y sintieron temor ante él porque veían que la sabiduría de Dios estaba con él para administrar justicia (1 R 3, 23-28).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s