José vendido por sus hermanos

José vendido por sus hermanos

José era el hijo predilecto de Jacob. Éste le amaba más que a todos los otros hijos, porque le habido nacido en la vejez. Muestra de esta predilección es la túnica con mangas que le hizo. Al ver sus hermanos que su padre lo prefería a los demás, empezaron a odiarlo y le negaron el saludo.

Un día José tuvo un sueño y se lo contó a sus hermanos, que lo odiaron aún más. Les dijo: “Escuchad el sueño que he tenido: Estábamos atando gavillas en el campo y mi gavilla se erguía y se mantenía en pie, mientras que vuestras gavillas la rodeaban y se postraban ante ella”. Sus hermanos le dijeron: “¿Acaso vas a ser tú nuestro rey o vas a someternos a tu dominio?” Y le tuvieron todavía más odio a causa de sus sueños y de sus palabras. Aún tuvo otro sueño y lo contó a sus hermanos diciendo: “He tenido otro sueño: el sol, la luna y once estrellas se postraban ante mí”. Cuando se lo contó a su padre y a sus hermanos, su padre le recriminó diciéndole: “¿Qué significa ese sueño que has tenido? ¿Es que yo, tu madre y tus hermanos vamos a postrarnos por tierra ante ti?” Sus hermanos sintieron celos de él, pero su padre meditaba todas estas cosas (Gn 37, 5-11).

Cierto día en que los hermanos de José se habían ido a pastorear las ovejas de su padre a Siquem, Jacob le dijo a José: “Tus hermanos deben estar con los rebaños en Siquem. Anda, pues, a ver cómo siguen tus hermanos y cómo está el ganado, y tráeme noticias (Gn 37, 13-14). José estuvo caminando hasta que encontró a sus hermanos en Dotán. Ellos lo vieron a lo lejos y antes de que se acercara a donde estaban, se confabularon contra él para darle muerte. Se decían unos a otros: “Mira, ahí viene ese soñador; vamos a matarlo y a echarlo en un aljibe; luego diremos que una fiera lo ha devorado; veremos en qué paran sus sueños” (Gn 37, 18-21). Entonces Rubén, queriendo salvar a José, dijo: “No le quitemos la vida. No derraméis sangre; echadlo a este pozo, en medio del desierto, pero no pongáis las manos sobre él” (Gn 37, 21-22). Con esta propuesta, el hijo mayor de Jacob salvó de la muerte a José, con la intención de devolverlo a su padre.

Se aceptó la propuesta de Rubén, y en cuanto llegó José donde estaban sus hermanos, estos lo prendieron, le quitaron la túnica y lo arrojaron al pozo. El pozo estaba vacío, sin agua. Después se sentaron a comer, y he aquí que llegó al lugar donde estaban una caravana de ismaelitas que se dirigían a Egipto. Entonces, no estando presente Rubén, dijo Judá a sus hermanos: “¿Qué sacamos con matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? Vamos a venderlo a los ismaelitas y no pongamos las manos sobre él, pues es nuestro hermano y carne nuestra” (Gn 37, 26-27). Los hermanos asintieron. Y vendieron a José cómo esclavo a los ismaelitas por veinte monedas de plata.

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