Batallas y victorias de Judas Macabeo

Batallas y victorias de Judas Macabeo

En los dos libros de los Macabeos se narran las batallas y victorias que obtuvo Judas Macabeo. Éste, que recibió y transmitió a su familia el glorioso nombre de Macabeo, sucedió a su padre, Matatías, y fue uno de los más grandes héroes de que pudo gloriarse el pueblo de Israel.

Judas Macabeo tuvo un sueño, en la cual se veía victorioso de muchas batallas. Ésta fue su visión: Onías, el que fuera sumo sacerdote, hombre bueno y honrado, modesto en su comportamiento, de carácter afable, que empleaba correctamente las palabras y desde niño se había ejercitado en todo lo pertinente a la virtud, extendiendo las manos oraba por todo el pueblo judío. Después apareció igualmente otro hombre que se distinguía por sus canas y su dignidad; y la majestad que le rodeaba era admirable y grandiosa. Onías tomó la palabra y dijo: “Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora tanto por el pueblo y la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios”. Entonces Jeremías extendió su mano derecha y entregó una espada a Judas diciendo al dársela: “Toma esta espada santa, don de Dios, con la que destruirás a los enemigos (2 M 15, 12-16).

Efectivamente, con muchos menos medios consiguió Judas Macabeo derrotar a cinco grandes ejércitos sirios, rescató la ciudad de Jerusalén y restableció el culto del verdadero Dios.

En una batalla contra Gorgias y los idumeos, viendo Judas Macabeo que los hombres de su ejército se encontraban exhaustos, pues estaban luchando desde hacía mucho tiempo, invocó al Señor para que se mostrara como aliado y guía en la batalla, y después lanzó el grito de guerra, consiguiendo la victoria. En esta batalla quedaron muertos en el campo bastantes judíos, y, cuando al día siguiente los compañeros de Judas fueron a trasladar los cuerpos de los que habían caído para darles sepultura, vieron debajo de las túnicas de cada uno de los muertos objetos consagrados a los ídolos que la Ley prohíbe a los judíos. Se hizo evidente a todos que aquellos había caído por esta causa. Entonces, todos, después de alabar los designios del Señor juez justo que hace manifiestas las cosas ocultas, recurrieron a la oración pidiendo que el pecado cometido fuese completamente perdonado. El valeroso Judas exhortó a la multitud a mantenerse sin pecado, tras haber contemplado con sus ojos lo sucedido por el pecado de los que habían caído. Y haciendo una colecta entre sus hombres de hasta dos mil dracmas de plata, la envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado, obrando recta y noblemente al pensar en la resurrección. Porque si no hubiese estado convencido de que los caídos resucitarán, habría sido superfluo e inútil rezar por los muertos. Pero si pensaban en la bellísima recompensa reservada a los que se duermen piadosamente, su pensamiento era santo y devoto. Por eso hizo el sacrificio expiatorio por los difuntos, para que fueran perdonados sus pecados (2 M 12, 41-46).

No dejaba de reconocer Judas Macabeo que su pueblo se cansaba de aquella cruelísima guerra sin tregua ni descanso; por esto buscó el apoyo de alguna nación fuerte, y concluyó un tratado de alianza con los romanos; pero antes de que recibiera ningún refuerzo, fue de nuevo invadida Palestina por los sirios. El general sirio Báquides, con un gran ejército, presentó batalla a los judíos. Éstos sólo eran tres mil hombres selectos bajo las órdenes de Judas Macabeo. Los soldados judíos, cuando vieron el ejército enemigo tan numeroso, se llenaron de tanto miedo que muchos huyeron del campamento. Sólo ochocientos permanecieron fieles, dispuestos a luchar. Judas, muy afligido, dijo a los ochocientos: “Levantémonos y vayamos contra nuestros enemigos. Quizá todavía podemos pelear contra ellos”. Pero le trataban de disuadir con estas palabras. “No podemos. Es mejor que nosotros mismos nos pongamos a salvo ahora. Más tarde volveremos con nuestros hermanos y les haremos frente. Nosotros somos muy pocos”. Judas dijo: “¡Jamás haremos semejante cosa como huir de ellos! Si ha llegado nuestra hora, moriremos valientemente por nuestros hermanos y no toleramos que se cuestionen nuestra gloria” (1 M 9, 8-10).

La batalla fue muy dura, cayendo heridos de muerte muchos hombres de los dos ejércitos. También Judas cayó mortalmente herido, y entonces los suyos huyeron. Era el año 161 antes de Cristo. Jonatán y Simón recogieron el cuerpo sin vida de su hermano y le dieron sepultura en la tumba de sus padres en Modín. Todo Israel lloró y se lamentó por él con gran dolor. Hicieron duelo por él durante muchos días y decían: “¡Cómo ha caído el héroe que salvaba a Israel!” (1 M 9, 21).

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