La promesa de Jefté


La promesa de Jefté

Una vez más, los israelitas volvieron a hacer el mal a los ojos del Señor y cayeron en la idolatría, pues dieron culto a dioses falsos, abandonando el culto al Dios verdadero. Entonces se encendió la ira del Señor contra Israel, y los entregó en manos de los filisteos y de los amonitas (Jc 10, 7). Esta situación de opresión duraba ya dieciocho años, cuando los israelitas clamaron al Señor diciendo: Hemos pecado contra ti porque hemos abandonado a nuestro Dios para dar culto a los baales (Jc 10, 10). Y arrepentidos, retiraron los dioses extraños que había entre ellos y dieron culto al Señor, que se aplacó ante la desdicha de Israel.

Mientras tanto, los amonitas se prepararon para hacer la guerra a Israel. Es entonces cuando los ancianos de Galaad fueron a llamar a Jefté para decirle: Ven y serás nuestro jefe. Lucharemos contra los amonitas (Jc 11, 6). Aceptó Jefté, y se puso al frente del ejército de Israel.

Al salir hacia el campo de batalla, Jefté hizo un voto al Señor diciendo: Si pones en mis manos a los amonitas, quien salga al encuentro por las puertas de mi casa cuando regrese en paz después de luchar con los amonitas será para el Señor, lo ofreceré en holocausto (Jc 11, 30-31).

Jefté consiguió vencer a los amonitas, y la noticia de la victoria se difundió rápidamente por las distintas poblaciones. Cuando Jefté volvía a su casa en Mispá, su hija salió con tamboriles y danzas. Era hija única, ya que no tenía otros hijos ni hijas. Al verla, rasgó sus vestiduras y dijo: “¡Ay, hija mía! Me has dejado completamente abatido. Tú has venido a ser la causa de mi aflicción. Yo he hecho una promesa al Señor, y no puedo echarme atrás” (Jc 11, 34-35). Al saber la joven el voto que había hecho su padre, le exhortó a que lo cumpliese con estas palabras: Padre mío, ya que abriste tu boca ante el Señor, haz conmigo lo que prometiste puesto que el Señor te ha concedido desquitarte de tus enemigos, los amonitas (Jc 11, 36). Y añadió: Hazme este favor: déjame dos meses para que vaya a vagar por los montes y llore mi virginidad junto con mis compañeras (Jc 11, 37). Jefté se lo concedió. Al cabo de dos meses la joven volvió junto a su padre que cumplió con ella el voto que había hecho.

Jeftté imprudentemente hizo un voto temerario, y de forma precipitada. Es verdad que el voto obliga a cumplirlo, pero siempre que se trate de una promesa deliberada y libre hecha a Dios acerca de un bien posible y mejor. En el caso de Jefté la promesa consistía en algo malo, como era sacrificar a un ser humano inocente. De ahí que su acción es reprobable.

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