El arrepentimiento de David

El arrepentimiento de David

David en una ocasión sucumbió ante la tentación y cometió dos pecados gravísimos: adulterio y asesinato. Sin embargo, ante el arrepentimiento del rey David prevalece la misericordia de Dios, que perdona a David.

David lloró de verdad su pecado. Su arrepentimiento es ejemplar, humillándose ante el Señor y pidiéndole perdón. A pesar de sus debilidades y pecados, confió en la misericordia de Dios. Se puede decir que David es modelo de penitencia porque reconoció su pecado y así obtuvo el perdón divino. Su arrepentimiento quedó plasmado en el salmo miserere, donde con una gran belleza y profunda piedad se recoge la súplica de David pecador ante el Señor. Tan sincero fue el arrepentimiento David que durante el resto de su vida se distinguió por su penitencia y piedad.

El rey David tras haber cometido crímenes contra su prójimo, los confiesa como pecados ante Dios con arrepentimiento sincero. Desde el fondo de su corazón desea cambiar radicalmente de vida, e implora a Dios que no le niegue su amistad. Promete mostrar su agradecimiento sirviendo al Señor continuamente y enseñando a otros los caminos divinos, para que ellos también cumplan en todo la voluntad de Dios.

Ten piedad de mí, oh Dios, // según tu misericordia: // Y según la muchedumbre de tus piedades, // borra mi iniquidad. // Lávame todavía más de mi iniquidad // y límpiame de mi pecado. // Porque yo reconozco mi maldad, // y delante de mí tengo siempre mi pecado. // Contra Ti solo he pecado; // y he cometido la maldad delante de tus ojos // a fin de que perdonándome, aparezca justo en cuanto hables, // y quedes victorioso en los juicios que de Ti se forme. // Mira, pues, que fui concebido en iniquidad, // y que mi madre me concibió en pecado. // Y mira que Tú amas la verdad: // Tú me revelaste los secretos y recónditos misterios de tu sabiduría. // Me rociarás, Señor, con el hisopo, y seré purificado: // me lavarás, y quedaré más blanco que la nieve. // Infundirás en mi oído palabras de gozo, y de alegría; // con lo que se recrearán mis huesos quebrantados. // Aparta tu rostro de mis pecados, // y borra todas mis iniquidades. // Crea en mí, oh Dios, un corazón puro, // y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud. // No me arrojes de tu presencia, // y no retires de mí tu santo Espíritu. // Restitúyeme la alegría de tu Salvador; // y fortaléceme con un espíritu generoso. // Yo enseñaré tus caminos a los malos, // y se convertirán a Ti los impíos. // Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios salvador mío, // y ensalzará mi lengua tu justicia. // Oh Señor, Tú abrirás mis labios; // y publicará mi boca tus alabanzas. // Que si Tú quisieras sacrificios, ciertamente te los ofreciera; // mas Tú no te complaces sólo con holocaustos. // El espíritu compungido es el sacrificio más grato para Dios: // no despreciarás, oh Dios mío, el corazón contrito y humillado (Sal 50, 3-19).

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