Martín Lutero (IV)

Martín Lutero

Una vida tormentosa

(IV)

Ingresa en un monasterio

El día 17 de julio de 1505, día de San alejo, ingresa en el monasterio, y en septiembre de ese mismo año toma el hábito de novicio. Tuvo un buen maestro de novicios, del que Lutero guardó un respetuoso recuerdo. De esta época son sus primeros escrúpulos, de esa angustiosa escrupulosidad, que tanto le afligió en sus años de crisis. No era nada raro que se viera turbado por escrúpulos, pues solía ocurrir entre los principiantes de la vida ascética. Quizá ya en el noviciado aparecieron los primeros síntomas del temor servil a Dios Nuestro Señor y del pelagianismo práctico, que todo lo esperaba de sus obras y no de Cristo. El temor o espanto -no el loable temor filial- de Dios parece que le acompañó desde su juventud, agarrotando su corazón con angustias indecibles.

A finales de 1506, cumplido el tiempo del noviciado, Martín Lutero hizo la profesión religiosa. Y comenzó a prepararse para la ordenación sacerdotal, a la vez que hacía un curso intensivo de teología valiéndose de un compendio, que se movía en torno al sacrificio de la Misa, del famoso teólogo de Tubinga Gabriel Biel, nominalista moderado (+ 1495). El día 3 de abril de 1507 fue ordenado presbítero, y un mes después (2 de mayo) celebró su primera misa. Al acercarse al altar por vez primera quedó atónito y sobrecogido de horror, con deseos de huir del altar, hasta tal punto que su prior le tuvo que animar a que siguiera adelante para celebrar la Santa Misa.

Después de su ordenación, inició sus estudios de teología en la Universidad de Erfurt, simultaneando con la principal tarea de Fr. Martín, que fue la enseñanza de la filosofía, al menos durante el curso 1507-08. En el otoño de 1508 se trasladó a la recién fundada Universidad de Wittenberg para seguir los estudios teológicos, a la vez que regentaba una cátedra de ética aristotélica en el convento agustino de Wittenberg. Aquí conoció a Fr. Juan de Staupitz, vicario general de los agustinos observantes, a quien Martí Lutero le descubrió los más secretos repliegues de su conciencia, sus melancolías: la incertidumbre de su predestinación. Fr. Martín siempre guardará un gratísimo recuerdo de su superior.

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