Martín Lutero (V)

Martín Lutero

Una vida tormentosa

(V)

Vuelve a Erfurt

Después de superar el 9 de marzo de 1509 el examen bíblico final como baccalaureus biblicus volvió a Erfurt, donde aprovechó la posibilidad que allí se le ofrecía de estudiar hebreo y griego , ya que su paso por Wittenberg la filosofía aristotélica se le hacía más desabrida, atrayéndole mucho más la teología y particularmente la Sagrada Escritura.

En Erfurt dio lecciones sobre las Sentencias de Pedro Lombardo. En el semestre de invierno comentó el libro primero de las Sentencias. En el de verano, el libro segundo. En el libro utilizado como texto, Fr. Martín escribió brevísimas notas o glosas marginales, que permiten apreciar como sin dejar de ser nominalista en el campo filosófico , en teología hay un viraje del nominalismo al agustinismo. También se aprecia ya el biblicismo teológico de Lutero y un aborrecimiento de la filosofía aristotélica. De las glosas marginales o notas de docente aludidas resalta con claridad que su pensamiento es todavía tradicionalmente católico.

Como remedio de sus angustias espirituales, buscó la paz de su espíritu en la lectura de la Biblia, en cuyo estudio se había sumergido con insuficiente preparación y con bastante autosuficiencia, despreciando la interpretación ordinaria de los doctores escolásticos cuando esa no respondía a su íntimo sentir. Confiaba mucho en sus propias luces, haciendo una exégesis del texto sagrado subjetivista, sin caer aún en el subjetivismo absoluto que más tarde le dominará.

Su fama dentro de la Orden subió entre tanto rápidamente, hasta el punto de que fue elegido como hombre de confianza de los agustinos observantes para una misión en Roma (1510-11). Así llegó a la Roma del Renacimiento, a la Roma de Julio II. No tenía ojos ni sentido para el arte del Renacimiento ni para el Humanismo. Sus ojos estban más abiertos para lo que a él, piadoso fraile, acostumbrado al estilo alemán, le escandalizaban de la frivolidad y superficialidad meridional. Por lo demás, fue un piadoso peregrino de Roma, visitando con devoción las basílicas romanas. Es posible que volviera escandalizado de la avaricia, corrupción y simonía que había visto en la ciudad de los papas; pero su fe en la Iglesia y en el Pontificado romano permaneció intacta e inconmovible. Entonces no se le ocurrió, ni de lejos, protestar contra “abominación” de la Iglesia de Roma. Ni soñó en una reforma de la misma. Además, no se puede olvidar en ningún momento que Martín Lutero no se alzó -cuando lo hizo- para corregir las costumbres y la disciplina, sino los dogmas.

No consiguió la finalidad que le llevó a Roma: la independencia de siete conventos de observancia estricta, entre los que estaba el de Erfurt. A poco de su regreso de la Ciudad Eterna, Fr. Martín dejó el convento de observante de Erfurt, pasándose al de Wittenberg, convirtiéndose en enemigos de los observantes, que le parecieron orgullosos santones y a los que despectivamente empezó a llamar “justiciarios”.

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