La realeza de Cristo

LA REALEZA DE CRISTO

Cristo es el centro de la historia de la humanidad y también el centro de la historia de todo hombre. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón (…) Mientras todos se dirigen a Jesús con desprecio -“Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a ti mismo bajando de la cruz”- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida pero se arrepiente, al final se agarra a Jesús crucificado implorando: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Y Jesús le promete: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”: su Reino (Papa Francisco).

En Hebrón, las tribus de Israel le dijeron a David: El Señor te ha prometido: “Tú apacentarás a mi pueblo Israel, tú serás el caudillo de Israel” (2 S 5, 2). Y los ancianos, después de hacer un pacto con David ante el Señor, ungieron a David como rey de Israel (2 S 5, 3). David tenía treinta años cuando comenzó a reinar. Años después, Dios por medio del profeta Natán, comunicó a David: Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia y tu trono será firme también para siempre (2 S 7, 16).

En Jesucristo, descendiente según la carne de David, se cumple esta profecía: Él es rey y su reino permanecerá para siempre. San Pablo, en la carta a los cristianos de Colosas, escribió: Dios nos sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados (Col 1, 13-14). Las tinieblas designan el mal y las potencias del Maligno. Muriendo en la cruz, Cristo, que es Luz verdadera, nos rescató del reino de las tinieblas, de la tiranía del Maligno, de la esclavitud del pecado, para trasladarnos al reino de la luz, en el que podemos gozar de libertad de la gloria de los hijos de Dios (Rm 8, 21).

La Iglesia celebra en su liturgia la realeza de Cristo. El último domingo del año litúrgico es la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Es un rey coronado de espinas, cuyo cetro es una caña. Aunque aparezca despojado de sus vestiduras y clavado en una cruz, desde ahí, su trono de gloria, triunfó sobre la muerte y el pecado, venció a Satanás. Su victoria nos abre las puertas del Cielo. Y su reino un Reino eterno y universal: Reino de la verdad y de la vida, Reino de la santidad y de la gracia, Reino de la justicia, del amor y de la paz (Prefacio de la Misa).

Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo (Jn 18, 37). Y, efectivamente, Jesús quiere reinar en el corazón de cada hombre. Quiere reinar en tu corazón. Al Señor hay que darle el corazón entero. Jesús no se conforma con medios corazones. Ved si en vuestro corazón hay algún rincón que no es de Dios, y echad de allí lo que estorbe (San Josemaría Escrivá). Reinará Cristo en nuestro corazón si lo tenemos libre, sin dejarle que se apegue a las cosas terrenas.

Ya en su nacimiento se habla de su realeza. Cuando los Magos de Oriente llegan a Jerusalén preguntan: ¿Dónde está el Rey de los Judíos que ha nacido? (Mt 2, 2). Y en Belén ofrecen al Niño Jesús oro, incienso y mirra. Al ofrecerle oro lo reconocen com rey.

En una ocasión, después de la multiplicación de los panes, quisieron hacer rey al Señor. Lo cuenta san Juan: Aquellos hombres, viendo el signo que Jesús había hecho, decían: “Éste es verdaderamente el Profeta que viene al mundo”. Jesús conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerlo rey, se retiró otra vez al monte Él solo (Jn 6, 14-15). La reacción ante el milagro muestra que los que se beneficiaron de aquel prodigio reconocieron a Jesús como el Profeta, el Mesías prometido en el Antiguo Testamento, pero pensaron en un mesianismo terreno y nacionalista: quisieron hacerle rey porque consideraron que el Mesías había de traerle abundancia de bienes terrenos y librarlos de la dominación romana. Pero como dijo Cristo a Pilato, su reino no es de este mundo (Jn 18, 36).

Ante la decisión de aquellos hombres, el Señor se limita a escapar de aquel lugar, para evitar una proclamación popular ajena a su verdadera misión mesiánica. En el diálogo con Poncio Pilato dirá que su reino no es de este mundo (Jn 18, 36). Los Evangelios muestran claramente cómo para Jesús era una tentación lo que le desviara de su misión de salvar a toda la humanidad. No acepta la posición de quienes mezclaban las cosas de Dios con actitudes políticas. Su misión es mucho más profunda. Consiste en la salvación integral por un amor transformante, pacificador, de perdón y reconciliación.

El título y poder de rey pertenecen en derecho propio a Jesucristo, como Dios y como Hombre. Él es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en Él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él. Él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia (Col 1, 15-17).

Es también Rey por derecho de conquista en cuanto es el libertador de toda la humanidad redimida con su Sangre. Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud, y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos (Col 1 18-20). .

El procurador romano Poncio Pilato proclamó, aunque sin pretenderlo, rey a Jesús cuando presentó al Señor a los judíos diciendo: Aquí está vuestro Rey (Jn 19, 14).La solemnidad del momento en que lo dijo viene destacada por la indicación del lugar -el Litóstrotos-, del día -la Parasceve- y de la hora -hacia las doce del mediodía-. Los representantes de los judíos rechazaron abiertamente a quien es el verdadero Rey anunciado por los profetas.

Es un Rey triunfador. Su victoria está en la Cruz. Sus mismos enemigos, muy a pesar de ellos, lo reconocieron como rey. En el monte Calvario estaba el pueblo mirando al Crucificado mientras los jefes religiosos de Israel se burlaban del Señor diciendo: A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido (Lc 23, 35). También los soldados romanos se burlaban de Él, hacen escarnio con grosería de la realeza de Jesús, pero, sin saberlo, le confiesan lo que es: Rey, diciéndole: Si tú eres Rey de los judíos, sálvate a ti mismo (Lc 23, 37). Como dijo san Jerónimo sus oprobios han borrado los nuestros, sus ligaduras nos han hecho libres, su corona de espinas nos ha conseguido la diadema del Reino, y sus heridas nos han curado (Comentario al Evangelio según san Mateo). La realeza del Señor quedó bien patente a todos, pues había encima de Él una inscripción: “Éste es el Rey de los judíos” (Lc 23, 38).

Escribió un Padre de la Iglesia: Cuando lo vistieron de púrpura para burlarse de Él cumplieron lo profetizado: era Rey. Y aunque lo hicieron para burlarse de Él, consiguieron que se adaptase a Él el símbolo de la dignidad regia. Y aunque le perforaron con una corona de espinas, sin embargo fue una corona, y fue coronado por unos soldados como los reyes son proclamados por los soldados (San Cirilo de Jerusalén). Aunque es aclamado Rey de los Judíos sólo de modo grotesco, en este episodio evangélico se pone de relieve la realeza de nuestro Señor. En Cristo revestido con las insignias reales se vislumbra, bajo aquella trágica parodia, la grandeza del Rey de Reyes, y se resalta que su Reino no es conforme a lo que los hombres piensan.

Muerte victoriosa la tuya. Pero el triunfo derramado en tus venas se ocultaba celosamente, y para los que te vieron eras sólo un despojo humano, unos restos inútiles… Dios sin vida para hacernos vivir. Dejaste de alentar para infundirnos aliento. Te sometiste al abandono, a la traición, al desamparo, para que cifremos nuestra dicha en sentirnos abandonados, traicionados, desvalidos. Y nuestra desconfianza es tan grande que todavía nos obstinamos en temer, estremeciéndonos ante la posibilidad de morir. No olvidemos que, en tu muerte, nos abriste las puertas de Ti mismo y la mansión de tu amor (Ernestina de Champourcin).

Uno de los malhechores colgados le insultaba: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!” Pero el otro le respondió diciendo: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”. Y decía: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. Jesús le dijo: “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 39-43).

El buen ladrón confiesa la realeza de Cristo, sabe que el Señor va a reinar en un Reino sin ocaso. Por eso le pide: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Con las mismas palabras del buen ladrón le pedimos al Señor que se acuerde de nosotros; que nos lleve a su reino. Al responder a san Dimas, Jesucristo manifiesta que es Dios porque dispone de la suerte eterna de los hombres; y que es también infinitamente misericordioso, pues no rechaza a quien se arrepiente con sinceridad. Estas palabras muestran la misericordia divina y el valor del arrepentimiento final. Siempre hay esperanza en esta vida.

Comenta san Ambrosio: El Señor concede siempre más de lo que se le pide; el ladrón sólo pedía que se acordase de él; pero el Señor le dice: “Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La vida consiste en habitar con Jesucristo, y donde está Jesucristo allí está su Reino. Cristo reina sobre aquellos que aceptan y viven la Verdad revelado por Él: el amor del Padre.

Pidamos Santa María, Reina y Madre del Rey del Universo, su ayuda para que siempre Cristo reine en nuestras vidas.

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