Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección décima. José, primer ministro de Egipto

Lección décima

José, primer ministro de Egipto

¿Cambió la suerte de José? Sí. Estando en la cárcel José, el faraón tuvo dos sueños que le causaron gran espanto. Aunque recurrió a todos los adivinos y sabios de Egipto, ninguno fue capaz de interpretar los sueños del faraón; y fue entonces cuando el copero del rey se acordó de José y le habló al faraón de él. Es hora de que reconozca mi falta. Cuando el faraón se irritó contra sus servidores y me puso bajo custodia en casa del jefe de la guardia a mí y al jefe de los panaderos, él y yo tuvimos un sueño la misma noche; cada sueño con su propio sentido. Había allí con nosotros un joven hebreo, criado del jefe de la guardia; le contamos nuestros sueños y él nos los interpretó, dando a cada sueño su sentido propio. Y conforme nos los interpretó, así sucedió: a mí se me restableció en mi cargo, y a él lo colgaron (Gn 41, 9-13). Después de oír el relato del copero, el faraón mandó llamar a José, y se apresuraron a sacarlo del calabozo. Se cortó el pelo, se cambió de ropa y se presentó al faraón (Gn 41, 14).

¿Cuáles fueron los sueños del faraón? El faraón soñó que estaba junto al Nilo, y salían del Nilo siete vacas hermosas y gordas que se pusieron a pacer en el juncal, detrás de ellas salían del Nilo otras siete vacas macilentas y flacas que se pararon junto a las primeras a la orilla del Nilo. Y las vacas macilentas y flacas devoraron a las siete vacas hermosas y gordas. Entonces se despertó el faraón. Volvió a dormirse y tuvo un segundo sueño: siete espigas repletas y lozanas brotaban de una misma caña; y, a continuación, surgían otras siete espigas delgadas y abrasadas por el solano. Y las espigas delgadas devoraron a las siete espigas repletas y granadas. Luego se despertó el faraón, y vio que era un sueño (Gn 41, 1-7).

¿Qué interpretación dio José a esos sueños? José dijo al faraón: Dios comunica al faraón lo que va a hacer. Las siete vacas hermosas son siete años y las siete espigas lozanas son siete años; el sueño es solamente uno. Las siete vacas flacas y macilentas que salen detrás de aquellas son siete años, y las siete espigas delgadas y abrasadas por el solano serán siete años de hambre. Van a venir siete años prósperos en todo el país de Egipto; después sobrevendrán siete años de hambre que harán olvidar la abundancia en el país de Egipto, pues el hambre consumirá la tierra; no se reconocerá la abundancia en la tierra a causa del hambre que la seguirá, porque será terrible. Y en cuanto a que el sueño se haya repetido al faraón dos veces, significa que la decisión es firme por parte de Dios, y Dios se apresura a realizarla (Gn 41, 25-27.29-32).

¿Qué consejo dio entonces José al faraón? José aconsejó al faraón que buscase a un hombre perspicaz y sabio, y lo pusiese al frente de la tierra de Egipto, para que almacene granos durante los años de abundancia, y así el país tenga alimento de reserva durante los años de hambre, y de esta forma Egipto no perecerá de hambre.

¿Hizo caso el faraón a la propuesta de José? Sí. El faraón dijo a José: Después de haberte dado Dios a conocer todo esto, no hay nadie tan inteligente y sabio como tú. Tú estarás al frente de mi casa, y todo mi pueblo obedecerá tus órdenes; tan sólo yo en el trono estaré por encima de ti (Gn 41, 39-40). Entonces el faraón puso su anillo en el dedo de José y le confirió el gobierno de todo Egipto. Así fue como José llegó a ser primer ministro de Egipto.

¿Cuántos años tenía José cuando fue nombrado primer ministro de Egipto? Treinta años. También el faraón puso a José por nombre Zafnat Panej (que significa: salvador del mundo), y le dio por esposa a Asenat. Ésta le dio a José dos hijos. Al primogénito le puso José el nombre de Manasés, que significa: “Dios me ha hecho olvidar toda mi fatiga y toda la casa de mi padre”. Al segundo le puso el nombre de Efraim, cuyo significado es: “Dios me ha hecho crecer en la tierra de mi aflicción”.

¿Se cumplieron las predicciones de José? Sí. La tierra produjo copiosamente en los siete años de abundancia. José almacenó mucho grano, hasta el punto que dejó de medirlo. Cuando se acabaron los siete años de abundancia en el país de Egipto, comenzaron a llegar los siete años de hambre, como había anunciado José. Hubo hambre en todos los países; pero en toda la tierra de Egipto había pan. Llegó también el hambre a todo el país de Egipto, y el pueblo clamó al faraón pidiendo pan. El faraón dijo a todos los egipcios: “Id a José, y haced lo que él os diga”. Reinaba el hambre sobre toda la faz de la tierra, y entonces José abrió todos los graneros y vendió grano a los egipcios (Gn 41, 53-56). Eran tan abundantes las reservas de grano que se habían hecho que, además de atender a las necesidades de los egipcios, se pudo aún vender trigo a los habitantes de otros países, los cuales acudieron a Egipto a comprar grano.

¿Qué hizo Jacob cuando el hambre llegó a la tierra de Canaán? Enterándose Jacob de que había grano en Egipto, dijo a sus hijos: ¿Por qué estáis mirándoos unos a otros? He oído que hay grano en Egipto; bajad allí y comprad para nosotros, para que podamos vivir y no muramos (Gn 42, 1-2). Fueron los hijos de Jacob a Egipto como su padre les había dicho a comprar trigo. Pero Benjamín, el pequeño, no fue con sus hermanos, porque pensó Jacob: No vaya a sucederle una desgracia (Gn 42, 4). Cuando los hijos de Jacob llegaron a Egipto, estuvieron en presencia de José. Ellos no le reconocieron.

¿Qué hizo José al ver a sus hermanos? Al ver José a sus hermanos los reconoció; pero fingiéndose extraño, les habló duramente. Les pregunto: “¿De dónde venís?” Ellos respondieron: “Del país de Canaán a comprar alimentos”. Se acordó José de los sueños que había tenido acerca de ellos, y les dijo: “¡Vosotros sois espías! Habéis venido a observar los puntos desguarnecidos del país”. Le respondieron: “No, señor, tus siervos han venido a comprar alimentos; todos nosotros somos hijos del mismo padre, y gente honrada; tus siervos no son espías” (Gn 42, 7.9-11). Como José insistía en decir que eran espías, ellos dijeron: “Nosotros, tus siervos, éramos doce hermanos, hijos del mismo padre en el país de Canaán; el pequeño está ahora con nuestro padre, y el otro ya no existe (Gn 42, 13).

José decidió poner a prueba a sus hermanos. “Enviad a uno de vosotros que busque a vuestro hermano; mientras tanto quedaréis presos, y se pondrán a prueba vuestras palabras, a ver si la verdad está de vuestra parte. Si no, ¡por vida del faraón!, es que sois espías”. Y los puso bajo custodia tres días. Al tercer día les dijo José: Haced esto y viviréis, pues yo temo a Dios. Si sois gente honrada, ¡uno de vuestros hermanos quede preso en la cárcel! Los demás id a llevar el grano comprado para remediar el hambre de vuestras casas. Después me traeréis a vuestro hermano pequeño para poder comprobar la verdad de vuestras palabras” (Gn 42, 16-20).

Simeón se quedó preso en Egipto, y los otros, después de cargar el trigo que compraron a José, se volvieron tristes a su casa y contaron a Jacob lo que había sucedido; pero grande fue su sorpresa cuando, al desatar los sacos, encontraron en ellos el dinero que habían entregado en pago del trigo; y se llenaron de temor. Jacob les dijo: “Me estáis dejando sin hijos; José ya no existe, Simeón tampoco, y queréis llevaros a Benjamín. Todo recae sobre mí”. Respondió Rubén a su padre: “Puedes matar a mis dos hijos si no te lo devuelvo; confíamelo que yo te lo devolveré” (Gn 42, 36-37).

¿Volvieron a Egipto los hijos de Jacob? Como el hambre continuaba asolando la tierra y la provisión de grano que habían traído de Egipto se estaba acabando, Jacob envió de nuevo a sus hijos a Egipto para comprar alimento. Pero Rubén le dijo: “Si accedes a mandar a nuestro hermano, bajaremos, porque aquel hombre nos advirtió: ‘No os presentéis ante mí sin vuestro hermano’” (Gn 43, 4-5). Jacob se resistía a dejar a Benjamín a que acompañara a sus hermanos a Egipto. Insistió Judá en la necesidad absoluta de esta separación momentánea, prometiendo tener especial cuidado de su hermano menor. Jacob, al fin, accedió. Y les dijo a sus hijos: “Llevaos el doble de dinero y devolved personalmente el dinero encontrado en los sacos, pues quizá fue un error, y traed a vuestro hermano. Poneos en camino y volved a aquel hombre. Que Dios todopoderoso os conceda el favor de ese hombre para que deje volver a vuestro hermano y a Benjamín. En cuanto a mí, si he de perder a mis hijos, los perderé” (Gn 43, 12-14).

¿Cómo fueron acogidos los hijos de Jacob por José en este segundo viaje? Se pusieron en marcha los hijos de Jacob, y, así que llegaron a Egipto, se presentaron de nuevo a José. Éste los recibió con cariño. Al ver que también estaba Benjamín, dijo al mayordomo: “Haz entrar a estos hombres en casa, mata algún animal y prepáralo, pues ellos van a comer conmigo a mediodía” (Gn 43, 16). El mayordomo hizo lo que José le había mandado. Los hermanos de José tenían miedo, por lo del dinero que había aparecido en sus sacos. Y les dijeron al mayordomo: “Escúchanos, por favor, señor; ya bajamos antes otra vez a comprar alimento, y sucedió que al llegar al lugar donde pernoctamos y abrir nuestros sacos, el dinero de cada uno estaba en la boca de su saco, todo nuestro dinero en su justo peso, y queremos devolverlo personalmente. Hemos traído, además, otro dinero para comprar alimento. No sabemos quién metió nuestro dinero en los sacos”. Él respondió: “Quedaos en paz, no temáis; vuestro Dios, el Dios de vuestros padres, os puso un tesoro en los sacos; pues vuestro dinero me llegó a mí” (Gn 43, 19-22). Entonces el mayordomo mandó que trajeran a Simeón, e introdujo a todos en la casa de José.

José les saludó y les preguntó: “¿Qué tal está vuestro anciano padre del que me hablasteis? ¿Vive todavía?” Respondieron: “Tu siervo, nuestro padre vive, está bien; vive todavía” (Gn 43, 27-28). Vio José a su hermano Benjamín, hijo de su madre, y preguntó: “¿Es éste vuestro hermano pequeño del que me hablasteis?” Y exclamó: “¡Qué Dios te guarde, hijo mío!” Entonces José salió a toda prisa, porque se le conmovieron las entrañas a la vista de su hermano, sintiendo ganas de llorar, y entrando en su habitación, lloró allí. Luego se lavó la cara, salió y, conteniéndose, ordenó: “Servid la comida” (Gn 43, 29-31).

¿Qué prueba puso José a sus hermanos antes de darse a conocer? José dio la siguiente orden al mayordomo: “Llena de víveres los sacos de estos hombres tanto como quepan, y pon el dinero de cada uno en la boca del saco. Además colocarás mi copa, la de plata, en la boca del saco del pequeño, junto con el dinero de su compra”. Él cumplió tal cual la orden de José. Al amanecer se despidieron los hombres con sus asnos. Estos salieron de la ciudad (Gn 44, 1-4).

Cuando aún no estaban lejos de la ciudad, los hijos de Jacob vieron llegar, corriendo tras ellos, al mayordomo. Éste los detuvo y les afeó el haber robado la copa de su señor. Ellos respondieron: “Lejos de tus siervos hacer tal cosa. El dinero que encontramos en la boca de nuestros sacos te lo trajimos desde el país de Canaán. ¿Cómo íbamos a robar plata ni oro de casa de tu señor? Aquél de tus siervos a quien se le encuentre, que muera, e incluso nosotros quedaremos como esclavos de mi señor” (Gn 44, 7-9). Estaban seguros de su inocencia, pero en el registro de los sacos apareció la copa en el saco de Benjamín.

Consternados de pena y de temor, comparecieron los hijos de Jacob ante José. Éste les dijo: “¿Qué acción habéis cometido? ¿No sabíais que un hombre como yo puedo adivinar?” Respondió Judá: “¿Qué podemos exponer a mi señor? ¿Qué alegaremos y cómo nos vamos a justificar? Dios ha descubierto la falta de tus siervos, aquí estamos como esclavos de mi señor, tanto nosotros como aquél en cuyo poder se ha encontrado la copa”. Repuso José: “Lejos de mí tal acción; aquél en cuyo poder se ha encontrado la copa, ése será mi esclavo; los demás id en paz a donde está vuestro padre” (Gn 44, 15-17).

Tomó de nuevo la palabra Judá, expresó en términos tan vivos y conmovedores la pena que causaría a su anciano padre si volvían sin Benjamín, que José no pudiendo contener su emoción ordenó a todos sus asistentes que salieran de su presencia. Y cuando ya no quedó nadie, José se dio a conocer a sus hermanos, diciendo mientras lloraba: “Yo soy José; ¿vive aún mi padre?” Sus hermanos no podían responderle, porque quedaron aterrados ante él. Entonces José dijo a sus hermanos: “Acercaos a mí”. Se acercaron y les dijo: “Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios; pero ahora no os preocupéis, ni os parezca odioso el haberme vendido aquí, pues Dios me envió delante para vuestra salvación” (Gn 45, 3- 5). Dicho esto abrazó a Benjamín, estrechándole largo rato contra su pecho, con abundante efusión de lágrimas; abrazó también con cariño a los demás hermanos, llorando sobre cada uno de ellos, y después les dijo: “Daos prisa, subid donde está mi padre y decidle: ‘Así dice tu hijo José: Dios me ha hecho señor de todo Egipto, baja adonde estoy yo, sin detenerte; te instalaras en la región de Gosén, vivirás cerca de mí, tú, tus hijos y los hijos de tus hijos; tu ganado mayor y menor, y todo lo que poseas. Yo te mantendré allí, pues todavía quedan cinco años de hambre, para que no perezcas ni tú, ni tu casa, ni nada de los que posees’” (Gn 45, 9-11).

¿Qué enseñanza se puede sacar de esta actitud de José hacia sus hermanos? El comportamiento de José con sus hermanos enseña que todo cristiano debe olvidar las injurias recibidas, y pagar el mal con bien.

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