Guadalupe Ortiz de Landázuri (III)


Abandonada en Dios

Guadalupe vivía con gran alegría y confianza en Dios. En octubre de 1956, después de seis años en México, se trasladó a Roma para trabajar junto a san Josemaría en el gobierno del Opus Dei. Él mismo le comunicó la noticia. La anotación que Guadalupe hizo en su agenda, muestra con gran sencillez su alegría por hacer lo que veía que era el querer divino: Vi al Padre (el Fundador del Opus Dei) después de cinco años. Me dijo que me quedaba en Roma, que no volvía a México. Estupendo. Que Dios me ayude y sea útil (1). Sabía que era lo que la Obra -su familia de vínculos sobrenaturales-, le pedía en ese momento y lo afrontaba como el modo concreto de seguir la voluntad de Dios.

A los seis meses de llegar a Roma, se advirtieron síntomas de una enfermedad cardíaca. Después de realizar diferentes pruebas clínicas, se vio que su dolencia podía ser tratada quirúrgicamente con cierta esperanza. San Josemaría sugirió acudir a los mejores médicos, y avisó a Eduardo, hermano de Guadalupe y Catedrático de Patología Médica, para que diera su opinión. Finalmente, ella decidió operarse en la madrileña Clínica de la Concepción.

Mientras Guadalupe esperaba el momento de la operación, no perdió su alegría y optimismo; quitaba importancia a la enfermedad y a la difícil intervención que se avecinaba. Agradecía los detalles de interés y afecto, a la vez que cumplía las indicaciones de los médicos sobre la medicación, el descanso o el régimen de vida.

En esos días se mostró más claro su abandono en las manos de Dios y buen humor como cuenta una persona que la visitó pocas horas antes de la operación: La última noche llevé a la persona que iba a acompañarla hasta la mañana siguiente, cuando sería la operación. Subí a verla y estaba llena de sondas y tubos, con los brazos abiertos, como en cruz. Me sonrió pero se dio cuenta de que yo me quedé algo impresionada al verla. Le pregunté, por decir algo: “¿qué quieres que te traiga mañana?” y, riéndose, como para quitarme la primera impresión, me contestó: “tráeme chocolate con churros”. En aquel momento, sin saber si iba a sobrevivir a la operación, supo hacer la vida agradable a las demás. Recuerdo que cuando la operación estaba aún reciente, se reía. Yo le decía: “Guadalupe, no te rías tanto, que van a saltar los puntos” y, en medio de más carcajadas, decía: “No te preocupes, me han cosido muy bien” (2).

***

(1) Agenda de Guadalupe Ortiz de Landázuri, AGP, GOL, E-207

(2) Testimonio de María de los Ángeles Canal, AGP, GOL, T-62

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