DAR A CONOCER A CRISTO. Homilía del Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En el libro del profeta Isaías están los cantos del Siervo de Yavé. Los cristianos desde el principio aplicaron a Jesús los cantos del Siervo y los vieron cumplidos en su vida. Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra (Is 49, 6), se lee en el segundo canto del Siervo de Yavé. Esta expresión “luz de las naciones” o “de las gentes” es puesta en boca del anciano Simeón aplicada a Jesús. También el Prólogo del Evangelio según san Juan hace referencia a la luz. El Señor, el Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo (Jn 1, 9). Esta luz brilla en las tinieblas (Jn 1, 5), disipa las tinieblas del pecado. Cristo ilumina interiormente a los hombres.

Pero también se puede aplicar la expresión “luz de las naciones” a quienes en continuidad con la predicación de Jesucristo y para colaborar en su obra salvífica, van a predicar a los gentiles, como lo atestiguan las palabras dirigidas a los judíos por los apóstoles Pablo y Bernabé en la sinagoga de Antioquía de Pisidia: Era necesario anunciaros en primer lugar a vosotros la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo mandó el Señor: “Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra” (Hch 13, 46-47). Por eso la Iglesia entiende su misión como un dar a conocer la verdad sobre Jesucristo, luz que ilumina a todo hombre.

Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor (Camino, n. 1), aconsejaba san Josemaría Escrivá, Y san Juan Pablo II escribió: La luz del rostro de Dios resplandece con toda su belleza en el rostro de Jesucristo, “imagen de Dios invisible”, “resplandor de su gloria”, “lleno de gracia y de verdad”: Él es “el Camino, la Verdad y la Vida”. (…) Jesucristo, “luz de los pueblos”, ilumina el rostro de su Iglesia, la cual es enviada por Él para anunciar el Evangelio a toda criatura. Así la Iglesia, pueblo de Dios en medio de las naciones, mientras mira atentamente a los nuevos desafíos de la historia y a los esfuerzos que los hombres realizan en la búsqueda del sentido de la vida, ofrece a todos la respuesta que brota de la verdad de Jesucristo y de su Evangelio (Encíclica Veritatis splendor, n. 2).

La Iglesia recibe la luz de Cristo para iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a los no creyentes para llevarlos a la fe, y a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa. Y vemos como san Pablo predica a los gentiles, pero también cuidar de los que ya son miembros de la Iglesia: Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo (1 Co 1, 1-3).

Los santificados en Cristo Jesús somo todos los que hemos recibido el Bautismo. Los bautizados estamos enraizados en el Señor como los sarmientos a la vid. Este vínculo nos hace partícipes de la santidad divina y nos llama a ser santos. San Pablo modifica la fórmula epistolar de saludo habitual en el mundo grecorromano –saludos– por una más personal y de más fuerza cristiana –Gracia y paz-. No hay verdadera paz , como no hay verdadera gracia, sino las que vienen de Dios. Poseed esta paz divina y no tendréis nada que temer, aunque fuerais amenazados por los mayores peligros, ya sea por los hombres, ya sea incluso por los mismos demonios. Al contrario, para el hombre que está en guerra con Dios por el pecado, mirad cómo todo le da miedo (San Juan Crisóstomo).

El profeta Isaías, el anciano Simeón y san Juan Evangelista dicen de Jesús que es “la luz de las naciones”, “luz para iluminar a los gentiles”, “luz verdadera que ilumina a todo hombre”. El Precursor del Señor, san Juan Bautista, presenta a Jesús como el “Cordero de Dios”. Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).

Al llamar a Jesús Cordero de Dios, san Juan Bautista alude al sacrificio redentor de Cristo. Isaías había comparado los sufrimientos del Siervo doliente, el Mesías, con el sacrificio de un cordero. Por otra parte, también la sangre del cordero pascual, rociada sobre las puertas de las casas, había servido para librar de la muerte a los primogénitos de los israelitas en Egipto. Tras la muerte y resurrección de Jesús, sus discípulos testimoniamos que Él es el verdadero Cordero Pascual. Lo hacemos antes de recibir a Cristo en la Sagrada Comunión, es decir, a la hora de participar en la cena de las bodas del Cordero (Ap 19, 9).

San Juan Bautista da testimonio de Cristo. Pero no solamente dice que es el Mesías, sino que el Señor, con su muerte sangrienta redime al mundo del pecado. El Precursor había predicado la necesidad de hacer penitencia para recibir al Mesías; había preparado el camino del Señor. Ahora su misión es mostrar a Cristo que ya está en medio de su pueblo. También a nosotros se nos pide esta tarea: Preparar el camino, anunciar a Cristo. Lo nuestro es conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios (San Josemaría Escrivá). No es tarea fácil, pero es lo que Dios nos pide y contamos con su ayuda.

Éste es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: “Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo”. Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios (Jn 1, 31-34).

Este testimonio del Bautista es presentado como modelo del que hemos de dar los cristianos de lo que hemos visto y experimentado al creer en Jesucristo. Todos los cristianos, dondequiera que vivan, están obligados a manifestar con el ejemplo de su vida y el testimonio de su palabra al hombre nuevo del que se revistieron por el bautismo y la fuerza del Espíritu Santo que les ha fortalecido con la confirmación, de tal manera que todos los demás, al contemplar las buenas obras, glorifiquen al Padre y perciban con mayor plenitud el sentido auténtico de la vida humana y el vínculo universal de comunión entre los hombres (Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes divinitas, n. 11).

Hace años un buen católico, en Bangkok, tomó un taxi, inició una conversación con el taxista, y le preguntó: ¿Conoce usted a Jesucristo? El conductor respondió: No conozco a ese señor. Nunca he oído hablar de él. No era nada extraño que en un país como Tailandia se desconozca a Cristo. Pero también ocurre -y esto sí que causa extrañeza y pena- que muchas personas que viven en países de mayoría católica y están bautizadas tienen una imagen borrosa de Jesucristo.

¿Quién es Cristo?, es una pregunta que muchas veces se nos hacen. La gran tragedia de la historia es que Jesús no es conocido y por ello no es seguido (San Juan Pablo II). En el mundo de hoy hay un gran desconocimiento de Cristo por parte de los hombres. Y desconocer a Jesucristo es desconocer el misterio de Dios, la posibilidad de salvación, el manantial de esperanza y de felicidad que hay en el seguimiento de Cristo. Él es el Hijo de Dios hecho hombre. Dios mismo. El Salvador del mundo. Su vida y sus enseñanzas están en el Evangelio. No es un hombre del pasado porque Cristo vive, es actual. Predicó el amor fraterno entre todos los hombres. Fundó la Iglesia. No una nueva religión sin más, sino la única verdadera, la auténtica, la querida por Dios: la Religión Católica. Es el Mesías que Dios prometió a nuestros primeros padres, después de la caída de éstos para salvar al género humano.

¿Qué ha dicho Jesucristo de sí mismo? Jesús dijo: -Yo soy el Mesías (Jn 4, 26). -Yo soy Rey (Jn 18, 37). -Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). -Yo soy la luz del mundo… (Jn 8, 2). -Yo soy la Resurrección y la Vida (Jn 11, 25). -Yo soy el pan de vida (Jn 6, 35). -Yo soy el alfa y el omega, el primero y el último (Ap 22, 13). -Yo y el Padre somos una sola cosa (Jn 10, 30). -El Padre está en mí y Yo en el Padre (Jn 10, 38). -El que me ha visto a mí ha visto al Padre (Jn 14, 9). Jesucristo mismo se proclamó Hijo de Dios y Dios verdadero.

Yo soy el camino. Jesús es el único camino que conduce a Dios. El que quiera conseguir la salvación, deberá tomar ese camino. Cristo -con su vida, su ejemplo y sus mandamientos- es siempre y sólo el camino más seguro que desemboca en una felicidad plena y duradera.

Jesucristo vino a la tierra para quitar el pecado del mundo. En el Evangelio aparecen constantes referencias al pecado y al perdón del Señor (parábola del hijo pródigo, curación milagrosa del paralítico de Cafarnaún, episodio de la mujer adúltera, pasaje de la mujer pecadora que le ungió los pies con perfume…).

Jesús otorgó a los Apóstoles -y en ellos, a la Iglesia- el poder de perdonar los pecados. Por el sacramento de la Penitencia se perdonan los pecados. Últimamente la Confesión parece frecuentarse menos, lo cual no deja de sorprender porque es el sacramento por el cual Dios perdona los pecados. El pecador no podrá entrar en el Cielo si antes no se arrepiente de sus pecados y pide perdón a Dios. Para entrar en el Cielo (y también para comulgar) hay que estar en gracia de Dios. Y para recuperar este estado de gracia es preciso confesarse.

La contemplación de los misterios del Rosario es como si la Virgen María nos mostrara la vida de su Hijo, Él que es la Luz que disipa las tinieblas del pecado.

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