Venerable Isidoro Zorzano Ledesma (IV)

Administrador fiel

En 1939, al terminar la guerra civil, Isidoro fue readmitido en los Ferrocarriles del Oeste, en Madrid, como Ingeniero de la División de Material y Tracción. Su jornada laboral transcurría de siete de la mañana a dos de la tarde.

Su empleo le obligaba a realizar frecuentes viajes para “tomar el pulso” -como solía decir- a las locomotoras encargada o reparadas en distintas ciudades españolas. Los proveedores advirtieron pronto que el Siervo de Dios trabajaba a conciencia: era meticuloso, ordenado, estaba en los detalles, y procuraba hacer aquel trabajo en presencia de Dios. El director de una empresa de Valencia le propuso que se fuera a trabajar con él, pero Isidoro declinó la propuesta, porque sabía que su puesto estaba en Madrid donde, después de su jornada laboral, se ocupaba del cometido que san Josemaría le había encargado: era el Administrador general del Opus Dei.

¿En qué consistía ese encargo? Fundamentalmente en participar en los mil apuros que pasaba el Fundador, para promover la instalación de nuevos Centros del Opus Dei en Madrid, Valencia, Barcelona, Valladolid,… donde aumentaba el número de personas que solicitaban la admisión en la Obra. La felicidad cada vez que se instalaba un nuevo sagrario era manifiesta, aunque cada residencia suponía otro quebradero de cabeza, porque exigía cumplir la obligación de justicia de no retrasar el pago a los proveedores, y así lo transmitió a los gestores de las entidades promotoras de cada residencia.

Aparte de ocuparse por la instalación de los Centros, debía orientar la gestión económica de las distintas residencias. En la de Jenner, por ejemplo, Isidoro llevaba la contabilidad. Procuraba ahorrar todo lo posible: por esta razón, anotaba diariamente los gastos de comestibles; preparaba periódicamente los oportunos balances y arqueos, que le cuadraban siempre. Además, orientaba a los que llevaban las cuentas de los otros Centros, y aprovechaba sus viajes para ayudarles. Había aprendido de san Josemaría que de ordinario no se presentan en la vida muchas ocasiones de realizar grandes hazañas: lo habitual será convertir en grandes, por el amor de Dios, las pequeñeces cotidianas, como ésas de las cuentas. De ahí que, sin enfadarse, mandara corregir los balances que contenían errores. Explicaba a quienes se dedicaban a esas tareas cuál era el procedimiento para que cuadrasen los resultados: “procura hacer la cuenta a diario y así será más llevadero”. Y, confidencialmente, advertía: “No creas que a mí me gusta, a pesar de mi condición de ingeniero nunca me fue grato esto de la contabilidad”.

Pero por amor a Dios gastó los últimos años de su vida entre cuentas, mientras apenas gastaba nada en sí mismo (1).

***

(1) Cfr. José Miguel Pero-Sanz, Isidoro Zorzano, folletos MC, pp. 51-54.

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