UNA TAREA: ILUMINAR A EUROPA CON LA LUZ DE CRISTO. Homilía del Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras de muerte, les ha brillado una luz (Is 9, 1). Antes de Cristo, la humanidad estaba como a oscuras. Las densas tinieblas del pecado habían hecho que las naciones de la tierra, a excepción del Pueblo elegido -Israel-, fueran idólatras. El paganismo invadía todo el orbe. San Pablo, en la Carta a los Romanos, describe la conducta de los que cambiaron la verdad de Dios por la mentira y dieron culto y adoraron a la criatura en lugar del Creador (Rm 1, 25). Los que no conocen a Dios, tienen su insensato corazón oscurecido, y esto les lleva a realizar acciones indignas, colmados de toda iniquidad, malicia, avaricia, maldad, llenos de envidia, homicidio, riñas, engaño, malignidad, chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios, fanfarrones, inventores de maldades, rebeldes con sus padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados (Rm 1, 28-31).

Pero al mundo les brilló una luz. Una luz que multiplica el gozo y aumenta la alegría. En Él (el Verbo) estaba la vida, la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron (Jn 1, 2-3). El mismo Cristo se identifica con la luz: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Jn 8 12). La Constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, comienza haciendo referencia a esta luz. Cristo es la luz de los pueblos. Por eso este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el el Evangelio a todas las criaturas (Lumen gentium, n. 1).

También los cristianos -miembros de la Iglesia- debemos ser, como Cristo mismo, luz para los que yacen en tinieblas. Bien claro lo dijo el Señor en el Sermón de la montaña: Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte, ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5, 14-16).

La luz es necesaria para caminar, para vivir. Sin luz, la persona está a oscuras, no ve los obstáculos y tropieza. Sin luz lo que hay es desorientación, se pierde el camino. En el Antiguo Testamento, para los israelitas la luz para andar en la verdad era Dios, la palabra de Dios. Con la llegada de la plenitud de los tiempos, la luz que nos ilumina en esta vida para andar por el camino que nos conduce al cielo es Cristo. Hemos recibido en el bautismo la luz de la fe. El Señor no nos ha dado esta luz para que la tengamos apagada. Con la luz encendida, iluminamos con el testimonio de nuestra vida cristiana coherente con la fe y con las buenas obras hechas con sentido sobrenatural. Entonces atraeremos a los hombres hacia la fe y hacia Dios; haremos que salgan de las sombras de la muerte, que no es otra cosa que las tinieblas del pecado.

Cristo comienza su ministerio en Galilea. Hace de Cafarnaún el centro de su actividad. Esta ciudad costera del mar de Tiberíades era importante, el prototipo de la región. Gracias a su situación geográfica, era un centro comercial muy floreciente. Tenía como fuentes de riqueza los productos del campo y del lago de Genesaret. Además, por ella pasaban muchas rutas que unían el Oriente con el mar Mediterráneo. A la región donde estaba situada –en los confines de Zabulón y Neftalí (Mt 4, 13)- en la Biblia se suele llamar Galilea de los gentiles (Is 8, 23) porque parte de su población hebrea fue deportada, mientras que otros grupos fueron traídos del extranjero para colonizarla. En tiempos del Señor constaba de una población mixta, en la que tal vez solamente la tercera parte era judía. Y esa tierra fue la primera en recibir la luz de la salvación y la predicación del Mesías.

En esto vemos la universalidad de la redención. Una luz les ha amanecido (Mt 4, 16) que ilumina a gentiles y a judíos. La Buena Nueva de la salvación es para todos los hombres. Para Dios no hay distinción entre judíos y gentiles, bárbaros y escitas, esclavos y libres, porque Cristo es todo en todos (Col 3, 11). Todos están llamados a participar del banquete del Reino de los Cielos.

El mensaje de Cristo brilla con luz propia. Pero no todos lo acogen. Por eso escribió san Juan: La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Duro es el reproche que hace el Señor a Cafarnaún: Y tú, Cafarnaún, ¿acaso serás exaltada hasta el cielo? ¡Hasta los infiernos vas a descender! (Mt 11, 23). En Cafarnaún Jesús predicó con frecuencia y obró muchos milagros, y muchos de sus habitantes no se convirtieron. De ahí el lamento del Señor. Es una pena que haya personas que han visto de cerca la obra de Dios en Jesús; que se les ha hablado del Evangelio, y no han cambiado de vida, sino que han seguido andando por caminos de perdición.

También hay que resaltar que Jesús eligió como centro de su actividad una ciudad situada en una situación estratégica, lo que facilitaba la difusión de su mensaje. Y lo mismo hicieron los apóstoles: anunciar el Evangelio en poblaciones importantes. San Pedro estuvo en Antioquía y en Roma, la capital del Imperio; Santiago el Menor se quedó en Jerusalén; san Pablo, en sus viajes apostólicos por la cuenca del Mediterráneo, predicó, entre otras ciudades, en Tesaalónica, Corinto, Éfeso y Atenas. En esta última ciudad habló a los atenienses de Jesucristo en el Areópago. Santiago, el hijo de Zabedeo, estuvo en Caesaraugusta (Zaragoza), encrucijada de caminos de la Hispania romana. El evangelista san Marcos difundió la Buena Nueva en Alejandría.

En el pasado siglo XX, el papa san Juan Pablo II lanzó el reto de la nueva evangelización de Europa, consciente de la influencia que tiene el Viejo Continente en el resto del mundo. En tiempos pretéritos las naciones europeas sirvieron a la causa de la fe durante siglos llevando el Evangelio a otros continentes. Sin embargo, en nuestros días en los países de la Europa occidental hay síntomas de vejez espiritual, donde se observa un paganismo contemporáneo que se caracteriza por la búsqueda del bienestar material a cualquier coste, con olvido de las leyes divinas.

Lo que procede de Europa tiene una indudable repercusión en las naciones de todo el mundo. Si en los siglos anteriores salió de Europa, rumbo a todo el orbe, la luz de la fe y de una civilización digna de la persona, ahora se exportan ideologías carentes de todo sentido sobrenatural y destructoras de la dignidad humana (Beato Álvaro del Portillo, Carta pastoral, 25.XII.1985).

Europa tiene una particular importancia para la historia de la Iglesia y para la progresiva expansión del mensaje evangélico en el mundo, comenzando desde la época apostólica. Las dificultades en que se debate hoy el viejo Continente deben inducir a los cristianos a unir sus fuerzas, descubriendo sus orígenes y avivando aquellos valores auténticos que cimentaron su unidad espiritual y alimentaron la llama resplandeciente de una civilización en la que han bebido muchas otras naciones de la tierra (San Juan Pablo II, Carta, 2.I.1986). Estas palabras es un eco de las pronunciadas en la catedral de Santiago de Compostela cuatro años antes: Yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca, sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual en un clima de pleno respeto a las otras religiones y a las genuinas libertades (Discurso, 9.XI.1982).

Hoy Europa parece ser esa tierra de sombras de muerte. Hay que iluminrla de nuevo con la luz de Cristo. Es toda una tarea evangelizadora, una labor apostólica la que tenemos encomendada. También a nosotros el Señor nos dice: Seguidme y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19). Es una invitación divina. Todos los bautizados estamos invitados a evangelizar, pues la vocación cristiana es, por su naturaleza misma, vocación al apostolado (Concilio Vaticano II). Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es “enviada” al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. Cada cristiano ha de saberse llamado por Cristo para difundir el sistema de vida que nace de Jesús, hijo de Dios y de María, y cuyo mensaje es de salvación. Es necesario que lleguen a todas las partes las enseñanzas evangélicas.

En este mundo hay quienes están vivos y quienes están muertos, aunque parezca que todos viven (San Agustín). A esos que están muertos a la vida de la gracia, a los desconocen que tienen un destino eterno, a los que persiguen la felicidad en los horizontes engañosos del pecado… hemos de ayudarles a buscar, a encontrar y a amar a Dios.

Recorría Jesús toda la Galilea enseñando en las sinagogas, predicando el Evangelio del Reino (Mt 4, 23). Imitemos el afán de almas de Cristo. Cuenta san Marcos que Jesús vio una gran muchedumbre, y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles largamente (Mc 6, 34). No se quedó el Señor en lamentos inútiles. Sintamos la urgencia de la evangelización. Cada uno, en el ambiente en que está, tiene que pensar: ¿Qué puedo hacer para acercar a la gente a Dios? ¿Cómo puedo dar a conocer la doctrina cristiana? ¿Dónde puedo dar catequesis? ¿Cómo puedo influir en la sociedad para que ésta sea más humana, más justa, más cristiana, donde brille la luz de Cristo?

No pocas veces en las páginas del Evangelio aparece el Señor enseñando en la sinagoga. Según leemos en los Hechos de los apóstoles, san Pedro predicó alguna que otra vez en el Templo de Jerusalén, y san Pablo acudía a las sinagogas de las ciudades por las que pasaba en sus viajes para exponer a los judíos la doctrina de Cristo. Y a los atenienses, en el areópago. Nosotros debemos ir a los areópagos modernos para hablar de Cristo y de su mensaje salvífico. Y siempre habrá frutos apostólicos, como ocurrió en Atenas después del discurso de san Pablo en areópago, cuando todo hacía presumir que había sido un fracaso estrepitoso, con burlas y risas incluidas. Por tanto optimismo. Somos instrumentos en las manos de Dios. Él es quien da la eficacia a nuestra tarea. Confianza en Dios. Pero no olvidemos estas palabras de san Josemaría Escrivá: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes. El Señor cuenta con nuestra acción apostólica, apoyada en la oración y en el sacrificio.

San Pablo no sólo predicó oralmente, sino también por escrito. La transmisión del Evangelio, según el mandato del Señor, se hizo de dos maneras: Oralmente: “los apóstoles, con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones, transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras de Cristo y lo que el Espíritu les enseñó”. Por escrito: “los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 76). En nuestros días contamos con más medios: la prensa y otras publicaciones, el cine, la radio, la televisión, internet… Si queremos que la verdad de Dios llegue a todos los sitios, utilicemos para el bien estos medios de comunicación que la técnica ha puesto a nuestra disposición.

Pasando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y Juan, su hermano, que estaban en la barca con su padre Zebedeo, remendando sus redes, y los llamó. Ellos, al momento, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron (Mt 4, 21-22). Son de resaltar las palabras con que san Mateo describe la decisión de los Apóstoles: al instante dejaron las redes y le siguieron. Esta prontitud en responder a Cristo también se nos pide a nosotros. Sin ninguna tardanza pongámonos a trabajar en la tarea que Cristo nos encomienda: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15).

Hay que enseñar la doctrina de Cristo sin desvirtuarla, con las santas exigencias del Evangelio. Predicamos a Cristo, un mismo Evangelio. Tener un mismo lenguaje (…) un mismo pensar (…) un mismo sentir (1 Co 1, 10). A san Pablo le han llegado noticias de que hay división entre los fieles de Corinto. Me refiero a que cada uno de vosotros va diciendo: “Yo soy de Pablo”, “Yo, de Apolo”, “Yo, de Cefas”, “Yo, de Cristo” (1 Co 1, 12). Pidamos siempre por la unidad de la Iglesia. Es lo que Jesucristo pide al Padre, en su oración sacerdotal: Que todos sean uno (…) para que sean uno como nosotros somos uno (Jn 17, 21-22). También hay que pedir por la unión de los cristianos, por el ecumenismo. Hoy hay cristianos que son anglicanos; otros protestantes, con sus diversas confesiones; están los ortodoxos, con sus iglesias nacionales. Y los católicos. San Pablo pregunta: ¿Está dividido Cristo? (1 Co 1, 13). El deseo del Señor es que haya un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10, 16).

Intensifiquemos la oración por la unión de los cristianos, pidiendo al Espíritu Santo la unión de todos los que confiesan a Cristo, en un único y bajo un solo supremo Pastor. Que el Señor del tiempo y de la historia, por la intercesión de su Madre Santísima, quiera adelantar el momento de la plena comunión de todos los cristianos en la única Iglesia por Él fundada (Javier Echevarría, Carta pastoral, 1.I.1997). Y la luz de Cristo brille en todos los lugares de la tierra.

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