HUMILDAD PARA APRENDER A SER BIENAVENTURADO. Homilía del Domingo IV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Buscad al Señor todos los humildes de la tierra, que cumplisteis sus mandatos. Buscad la justicia, buscad la humildad; quizás así seáis preservados el día de la ira del Señor (So 2, 3). El profeta Sofonías habla de humildad, de la práctica de esta virtud, que sin ser la primera es muy importante. Decía el Santo Cura de Ars: La humildad es en las virtudes lo que la cadena en los rosarios: quitad la cadena, y todos los granos caen; quitad la humildad, y todas las virtudes desaparecen. Y más adelante Sofonías afirma que el Señor salvará a un pueblo humilde y pobre (So 3, 12) que pondrá su esperanza en el Nombre del Señor. La Virgen María también habla de humildad en el cántico del Magnificat: Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones (Lc 1, 48). Con la humildad, que es necesaria para el reconocimiento de las propias falta, se abre la puerta de la esperanza como se recuerda en diversos pasajes de la Biblia. ¿Quién sabe si Dios se dolerá y se retraerá, y retornará del ardor de su ira, y no pereceremos nosotros (Jon 3, 9). Sí, la humildad enciende la esperanza: Se llaman humildes de la tierra a los que con humildad de corazón buscan al Señor con la sumisión de una reverencia filial, los mismos que cumplen sus mandatos confesando sus pecados y buscando no cometerlos más, que buscan la justicia y la humildad rechazando a los soberbios y acogiendo a los que hacen penitencia (San Buenaventura, Sermones dominicales 5, 6).

Los restos de Israel no cometerán iniquidad, ni hablarán mentira, ni se encontrará en su boca lengua dolosa. Ellos podrán apacentarse y reposar sin que nadie los espante (So 3, 13). Dios, mediante el profeta Sofonías, se refiere al Resto de Israel como un pueblo humilde y pobre, pero la enumeración de sus cualidades indica que pobreza y humildad no señalan aquí la condición social sino la actitud interna ante Dios. De hecho, estos términos -humilde y pobre- se traducen por manso y humilde, y pasan al vocabulario de la predicación de Jesucristo: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29).

El apóstol san Pablo también habla de humildad a los cristianos de Corinto. Considerad, hermanos, vuestra vocación; porque no hay entre vosotros muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que Dios escogió la necedad del mundo para confundir a los sabios, y Dios eligió la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; escogió Dios a lo plebeyo y despreciable del mundo, a lo que no es nada, para destruir lo que es (1 Co 1, 26-28). Dios es quien ha escogido a esos fieles de Corinto sin fijarse en criterios de sabiduría humana, de poder o de nobleza. Nosotros, por la gracia de Dios, estamos bautizados, somos cristianos. Hemos sido llamados por Dios, por pura bondad suya. No por merecimientos propios. Por esto, que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios (1 Co 1, 29).

Como el caso de los apóstoles –No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros (Jn 15, 16)- también es el Señor quien elige, quien da la vocación a cada cristiano. Dios no hace acepción de personas, como nos repite insistentemente la Escritura. No se fija, para invitar a un alma a una vida de plena coherencia con la fe, en méritos de fortuna, en nobleza de familia, en altos grados de ciencia. La vocación precede a todos los méritos (…). La vocación es lo primero, Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a Él, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 35).

Ser consciente de los dones de Dios -de los talentos recibidos- lleva a no vanagloriarse de ellos. La humildad lleva a dar a Dios toda gloria. De Dios nos viene todo el bien, y especialmente el que estemos con Cristo Jesús, a quien dios lo hizo para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención, para que, como está escrito: “El que se gloría, que se gloríe en el Señor” (1 Co 1, 30-31). Dios se acerca al hombre que ama, y es justo amar la humildad y permanecer en la condición de humildad. Al hombre manso y humilde de corazón nada puede apartarlo del amor de Dios, ni tiene necesidad de tranquilizar su ánimo, porque está persuadido de que todo es para bien; no se irrita, ni hay nada que le mueva a la ira, porque siempre ama a Dios, y a esto sólo atiende (San Clemente de Alejandría).

También es imprescindible la humildad para aprender, para dejarse formar. Viendo a la muchedumbre, subió a un monte, y cuando se hubo sentado, se le acercaron los discípulos, y abriendo Él su boca, les enseñaba (Mt 5, 1-2). Vemos a Cristo rodeado de una multitud de gente. Y no es un hecho aislado en la vida del Señor. Hay otros pasajes evangélicos en los que aparece Jesús en medio de multitudes. Aquella gente sencilla aprendía del Maestro. En el sermón de la montaña, el Señor habla de la misión de los discípulos en la tierra. Explica algunos mandamientos: el segundo, el quinto, el sexto… Habla del amor a los enemigos. No vale para el cristiano la ley del Talión. Enseña lo que es la rectitud de intención, el modo de practicar la limosna, de hacer oración, de ayunar. Invita a abandonarse en manos de la Providencia, etc. Y habla de las Bienaventuranzas, con las cuales empieza su predicación en el monte. Para superar con el bien el mal Cristo propone el programa de las Bienaventuranzas, que es el camino que debe recorrer el cristiano. A veces puede costar, pero hay que seguir adelante. Los caminos del Señor no son cómodos, pero no estamos hechos para la comodidad (Benedicto XVI).

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos (Mt 5, 3). ¿Quiénes son los pobres de espíritu? Aquí el concepto de pobre expresa la actitud religiosa de indigencia y de humildad ante Dios: es pobre quien acude a Dios sin consideración de méritos propios y confía sólo en la misericordia divina para ser salvado. Además, esta pobreza en el espíritu, es decir, la pobreza cristiana, exige el desprendimiento de los bienes materiales y una austeridad en el uso de ellos.

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados (Mt 5, 4). Éstos son todos los que están afligidos por alguna causa y, de modo particular, a quienes están verdaderamente arrepentidos de sus pecados, o apenados por las ofensas que otros hacen a Dios, y que llevan su sufrimiento con amor y deseos de reparación. El Espíritu de Dios consolará con paz y alegría, aun en este mundo, a los que lloran los pecados, y después participarán de la plenitud de la felicidad y de la gloria del cielo.

Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra (Mt 5, 5). ¿A quiénes se refieren el Señor cuando dicen los mansos? A los que sufren con paciencia las persecuciones injustas; los que en las adversidades mantienen el ánimo sereno, humilde y firme, y no se dejan llevar de la ira o del abatimiento. Normalmente las frecuentes manifestaciones de irritabilidad proceden de la falta de humildad y de paz interior.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados (Mt 5, 6). El concepto de justicia en la Sagrada Escritura es esencialmente religioso. Se llama justo a quien se esfuerza sinceramente por cumplir la voluntad de Dios, que se manifiesta en los mandamientos, en los deberes de estado y en la unión del alma con Dios. Por ello la justicia, en el lenguaje de la Biblia, coincide con lo que hoy día suele llamarse santidad. El Señor exige no un simple deseo vago de justicia, sino tener hambre y sed de ella, esto es, amar y buscar con todas las fuerzas aquello que hace justo al hombre delante de Dios.

Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). La misericordia no consiste sólo en dar limosna a los pobres, sino también en comprender los defectos que puedan tener los demás, disculparlos, ayudarles a superarlos y quererlos aun con esos defectos que tengan. También forma parte de la misericordia alegrarse y sufrir con las alegrías y dolores ajenos.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios (Mt 5, 8). La limpieza de corazón, la santa pureza es un don de Dios que se manifiesta en la capacidad de amar, en la mirada recta y limpia para todo lo noble. El cristiano, ayudado por la gracia de Dios, debe luchar de continuo para purificar su corazón y adquirir esa limpieza, a la que se promete la visión de Dios. En el Catecismo de la Iglesia Católica se lee: La pureza de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede ver según Dios, recibir a otro como un “prójimo”; nos permite considerar el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo, como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina (n. 2.519).

Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9). Los pacíficos son los que promueven la paz, en sí mismos y en los demás, y sobre todo, como fundamento de lo anterior, procuran reconciliarse y reconciliar a los demás con Dios. La paz con Dios es la causa y la cima de toda paz. Será vana y falaz toda paz en el mundo que no se base en esa paz divina.

Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos (Mt 5, 10). El sentido de esta bienaventuranza es el siguiente: bienaventurados los que padecen persecución por ser santos o por su empeño de ser santos, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Por tanto, es bienaventurado el que padece persecución por ser fiel a Jesucristo, y la lleva no sólo con paciencia sino con alegría. En la vida del cristiano se presentan circunstancias heroicas, en las que no caben términos medios; o se es fiel a Jesucristo jugándose la honra, la vida y los bienes, o se reniega de Él. En la historia de la Iglesia están los mártires. El cristiano que es fiel a la doctrina de Jesucristo es de hecho también un “mártir” (testigo) que refleja o cumple esta bienaventuranza, aun sin llegar a la muerte corporal.

Bienaventurados cuando os injurien , os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo: de la misma manera persiguieron a los profetas de antes de vosotros (Mt 5, 11-12).

Las ocho bienaventuranzas son las condiciones que Cristo ha puesto para entrar en el Reino de los Cielos. La vida cristiana no es tarea fácil, pero vale la pena por la plenitud de vida que promete el Hijo de Dios. Bienaventurado significa feliz, dichoso. Y nos señala aquí el Señor los caminos para llegar a la felicidad verdadera, bien diferentes de los que el hombre suele escoger. Para muchas personas la felicidad está en el dinero, en el poder, en el placer… Pero se equivocan, la felicidad sólo se puede encontrar en Cristo.

Jesús llama bienaventurados a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los mansos, a los que tiene hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los pacíficos y a los que padecen persecución por la justicia. Sí, son bienaventurados porque no se satisfacen con los bienes y consuelos de este mundo, y tienen puesta su esperanza última más allá de las cosas y bienes terrenos.

San Lucas habla de cuatro bienaventuranzas y cuatro imprecaciones. Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora padecéis hambre, porque seréis hartos. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando, aborreciéndoos los hombres, os excomulguen, y maldigan, y proscriban vuestro nombre como malo por amor del Hijo del hombre. Alegraos en aquel día y regocijaos, pues vuestra recompensa será grande en el cielo. Así hicieron sus padres con los profetas (Lc 6, 20-23). ¡Ay de vosotros, ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque os gemiréis y lloraréis! ¡Ay de vosotros, cuando los hombres hablen bien de vosotros, pues de este modo se comportaban sus padres con los falsos profetas! (Lc 6, 24-26). El apego a las riquezas, a la falsa seguridad en uno mismo, cierra el alma a Dios, y, por tanto, a la verdadera felicidad. Ésta es la enseñanza que se saca de las imprecaciones. El Señor, al hablarnos de las Bienaventuranzas, nos invita a no contentarnos con la pobre felicidad que nos pueden dar unos bienes pasajeros y nos anima a desear aquellos que Él tiene preparados para nosotros.

Los pobres, los hambrientos, los que lloran y los que son rechazados manifiestan una misma actitud del alma: la necesidad. Necesitados esencialmente de Dios debemos sentirnos todos. La necesidad es una actitud humilde del hombre que le capacita para confiar en Dios de un modo absoluto e incondicional.

Santa María es modelo de humildad. A Ella acudimos para que cada uno de nosotros sepamos seguir bien el programa de las bienaventuranzas que Cristo nos propone.

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