EL CUMPLIMIENTO DE LA LEY. Homilía del Domingo VI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Dios creó al hombre y lo hizo libre. Dios ha querido que el hombre le busque y le ame sin coacciones, con plena libertad, y uniéndose a Él, llegue a la plena y feliz perfección. Pero, con la libertad, le dio al hombre los mandamientos. La Ley de Dios no coarta la libertad humana, pues no limita su capacidad de elección, sino que enseña a utilizar con provecho el libre albedrío. Si quieres cumplir los mandatos, ellos te protegerán (Si 15, 16). Los mandamientos del Señor, como dice el Sirácida, protegen la verdadera libertad. La verdadera autonomía moral del hombre no significa en absoluto el rechazo , sino la aceptación de la ley moral, del mandato de Dios. (…) La libertad del hombre y la ley de Dios se encuentran y están llamadas a compenetrarse entre sí, en el sentido de la libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al hombre (San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, n. 41).

Él (Dios) ha puesto ante ti fuego y agua; adonde quieras extenderás tu mano. Ante los hombres están la vida y la muerte, el bien y el mal; a cada uno se le dará lo que le plazca (Si 15, 17-18). Si uno quiere, puede guardar los mandamientos. El hombre puede seguir dos caminos: el de la muerte y el de la vida, el del infierno y el del cielo. La recompensa eterna que se le dará será la que él escoja. El camino del infierno es el del pecado, el del vicio. El camino que conduce a la vida eterna es el de la virtud, el del seguimiento de Cristo, el del cumplimiento de la voluntad de Dios. Es necesario cumplir con la Ley de Dios para salvarse. Del diálogo de Cristo con el joven rico se deduce la estrecha relación entre la vida eterna y el cumplimiento de los mandamientos de Dios. Los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen.

Aunque en ocasiones la seducción del pecado pueda dificultar la toma de decisiones, siempre queda en manos del hombre la decisión de optar por el bien o por el mal. Las tentaciones se pueden vencer y los pecados se pueden evitar porque junto con los mandamientos el Señor nos da la posibilidad de observarlos. Él (Dios) no ha mandado a nadie que sea impío, y a nadie ha dado licencia para pecar (Si 15, 21). Dada la condición pecadora del hombre, de su inclinación al mal, algunos se preguntan: ¿Es posible observar siempre, durante toda la vida, la Ley de Dios? La respuesta es afirmativa. Sí, con la ayuda de la gracia. Cristo, sin el cual nada podemos hacer, nos hace capaces de ello con el don del Espíritu Santo y de la gracia. Dios no nos va a mandar algo imposible de cumplir. Si pidiera cosas imposibles no sería justo. Y sabemos que Dios es infinitamente justo.

La observancia de la ley de Dios, en determinadas situaciones, puede ser difícil, muy difícil: sin embargo jamás es imposible. Ésta es una enseñanza constante de la tradición de la Iglesia expresada así por el Concilio de Trento: Nadie puede considerarse desligado de la observancia de los mandamientos, por muy justificado que esté; nadie puede apoyarse en aquel dicho temerario y condenado por los Padres: que los mandamientos de Dios son imposibles de cumplir por el hombre justificado. Porque Dios no manda cosas imposibles, sino que, al mandar lo que manda, te invita a hacer lo que puedas y pedir lo que no puedas y te ayuda para que puedas. “Sus mandamientos no son pesados” (1 Jn 5, 3), “su yugo es suave y su carga ligera” (Mt 11, 30).

Las obras de Dios son perfectas, porque grande es la sabiduría del Señor (Si 15, 19). San Pablo hace referencia a esa sabiduría que no procede de este mundo (1 Co 2, 6). Es la sabiduría divina de la que los hombres estamos llamados a participar. Enseñamos el misterio de la sabiduría divina, el plan secreto que estableció Dios desde el principio para llevarnos a la gloria (1 Co 2, 7). La sabiduría divina coincide con el designio divino de salvación revelado por el mismo Dios, transmitido por el Espíritu Santo. Recuerden la Escritura: Ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman (1 Co 2, 9).

La fe cristiana nos ofrece la esperanza de la vida eterna. Una esperanza fiable, gracias a la cual podemos afrontar nuestro presente: el presente, aunque sea un presente fatigoso, se puede vivir y aceptar si lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esta meta y si esta meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino (Benedicto XVI). Navegamos por los mares de la vida, en medio de tormentas y tempestades, con vientos huracanados y con los escollos de las dificultades cotidianas, pero siempre con la esperanza del Cielo, con la aspiración de llegar hasta Dios, de gozar de la gloria eterna.

Esta esperanza llenará de alegría nuestro camino, aun en medio de las dificultades. Jesús nos dice que, a pesar de los obstáculos de la vida, vale la pena comprometerse con voluntad tenaz y benéfica en la construcción y mejora de la ciudad terrena, con el ánimo siempre en tensión hacia la eterna.

¿Quiénes aman a Dios? El Señor responde a esta pregunta: Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (Jn 15, 9-10). Estos mandamientos de la Ley de Dios, que explicitan la ley moral natural, fueron entregados por Dios a Moisés en el monte Sinaí, y obligan a todos los hombres. Jesucristo los confirma: No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento (Mt 5, 17). El Señor enseña el verdadero valor de la Ley que Dios había dado al pueblo hebreo a través de Moisés y la perfecciona aportando, con autoridad divina, su interpretación definitiva. No anula los preceptos morales de la Antigua Ley, sino que los interioriza, los lleva a perfección de su contenido, proponiendo lo que ya estaba implícito en ellos.

En el sermón de la montaña Jesucristo explica algunos mandamientos del Decálogo. Habéis oído que se dijo a los antiguos: No matarás; y el que mate será reo de juicio. Pero yo os digo: todo el que se llene de ira contra su hermano será reo de juicio; y el que insulte a su hermano será reo ante el Sanedrín; y el que maldiga será reo del fuego del infierno (Mt 5, 21-22). Con estas palabras, Jesús indica tres faltas contra la caridad -la ira o irritación interna, el insulto y la maldición- en las que hay una gradación, es decir, distinta gravedad. Insulte a su hermano o llame raca al hermano. Raca se puede traducir por necio, estúpido o imbécil; entre los judíos significaba desprecio. Y maldecir a alguien era lo mismo que llamarle renegado, y suponía la mayor ofensa, pues era como decirle que ha perdido todo el sentido moral y religioso.

San Agustín, al comentar estas palabras del Señor, recuerda que de la misma manera que hay una gradación en el pecado la hay también en el castigo. También enseña la importancia de los pecados internos contra la caridad -el rencor, el odio, etc.- que fácilmente desembocan en otros externos: la murmuración, la injuria, la calumnia, etc.

Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón (Mt 5, 27-28). Nuestro Señor lleva a su plenitud el precepto de la Antigua Ley sobre el adulterio y el deseo de la mujer del prójimo, y condena la mirada pecaminosa. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncatelo y tíralo, porque más te vale que se pierda uno de tus miembros que no todo tu cuerpo sea arrojado al infierno (Mt 5, 29). Con estas palabras del Señor, tan gráficas, previenen principalmente acerca de una de las más frecuentes ocasiones : el cuidado que debemos tener con las miradas. Aconsejaba san Josemaría Escrivá la guarda de la vista con estas palabras: ¡Los ojos! Por ellos entran en el alma muchas iniquidades. -¡Cuántas experiencias a lo David!… -Si guardáis la vista habréis asegurado la guarda de vuestro corazón (Camino, n. 183).

Mención especial merece la cuestión del divorcio. La Ley de Moisés lo había tolerado por la dureza de corazón de los hebreos. Jesús restablece la originaria indisolubilidad del matrimonio tal como Dios la había instituido. Se dijo también: Cualquiera que repudie a su mujer, que le dé el libelo de repudio. Pero yo os digo que todo el que repudia su mujer -excepto en el caso de fornicación- la expone a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio (Mt 5, 31-32).

También habéis oído que se dijo a los antiguos: No jurarás en vano, sino que cumplirás los juramentos que le hayas hecho al Señor. Pero yo digo que no juréis de ningún modo: ni por el Cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del Gran Rey (Mt 5, 33-35). Y a continuación el Señor nos dice que nuestro modo de hablar sea: Sí, sí; no, no (Mt 5, 37).

Hemos elegido el camino que ha dejado marcado Jesucristo con sus huellas a su paso por la tierra. El Señor es mi pastor, nada me falta… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… (Sal 22, 1.4). Comentaba Benedicto XVI estas palabras de la Escritura: El verdadero pastor es Aquél que conoce también el camino que pasa por el camino de la muerte; Aquél que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquél que me acompaña incluso en la muerte y que con su “vara y su cayado me sosiega”, de modo que “nada temo”, era la nueva “esperanza” que brotaba en la vida de los creyentes.

Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él (Jn 14, 23). Jesús está con nosotros, nos acompaña, nos muestra el sentido de nuestro caminar. Nos reconduce cuando erramos el camino y, si caemos, nos levanta. Nos espera al final del camino, cuando llegue el momento del reposo y del gozo. También la Virgen María nos lleva de la mano hacia el Cielo.

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