Guadalupe Ortiz de Landázuri (VI)

Alegría hasta el final

Durante la última estancia de Guadalupe en la Clínica Universitaria de Navarra, los médicos la sometieron a muchas pruebas, y como siempre reaccionó sin quejarse y alegremente, pensando en los demás. Un día tuvo que tomar una medicina de sabor muy desagradable, le advirtieron que algunos enfermos solían esconderla y luego tirarla. Ella la ingirió sin hacer un gesto, diciendo: voy a ser honrada. Luego le salió la vena de investigadora y añadió: tendré que estudiar alguna forma de encapsulación o de disimular el mal sabor porque, verdaderamente, no es agradable (1).

Durante esos días fueron a visitarla muchas amigas, y quedó agotada. Dos conocidas suyas, al saber que estaba en la Clínica -habían acompañado a sus maridos a un Congreso de Cardiología en la Facultad de Medicina- se acercaron a verla. Le contaron sus vidas, tragedias, dolores y, en fin, de todo. Al irse, como de casualidad, preguntaron: Oye, y tú ¿qué haces aquí? Ella respondió, sin darle importancia, que se iba a operar de corazón.

Encima de su mesilla de noche tenía una caja de cerámica con bombones y caramelos, que le habían regalado, y cuando las limpiadoras llegaban para arreglarle la habitación, no permitía que empezaran su trabajo sin haber tomado uno, por lo menos. Luego conversaba con ellas sobre sus cosas, y al finalizar agradecía el servicio prestado.

En esos días fue atendida, entre otras, por una enfermera muy joven, que estaba haciendo el primer año de especialidad en cardiología- se encontraba, por tanto, en sus primeras experiencias profesionales- y comentó: En mi corta experiencia en la profesión de enfermería, apenas había atendido a nadie que estuviera a punto de morir; pero no me parece que fuera ésta la razón por la que aquella paciente me llamó tanto la atención. Había algo más. Guadalupe era distinta a los demás enfermos (…). Por la dificultad que tenía para respirar, apenas dormía ni podía realizar esfuerzos; no obstante, en ningún momento le oí quejarse ni hacer el más mínimo comentario sobre lo que, lógicamente, le tenía que costar aquella situación. Yo no salía de mi asombro, ni sabía qué pensar. Distinguía perfectamente entre una persona fuerte, que aguanta la enfermedad, y ella, que lo que hacía era aceptarla de aquel modo tan extraordinariamente sereno (2).

Otra de las que la acompañó en la Clínica hasta el final escribió de ella: me impresionaba cómo enfocaba la muerte. Estaba convencida de que no iba a salir de la operación y le ilusionaba tremendamente pensar que Dios se la podía llevar. Me decía: estoy en las manos de Dios; si quiere que me ponga buena, también me dará mucha alegría seguir viviendo para servir a la Obra (…). Pero a mí me alegraría mucho ver a Dios, estar con Él (…) ¡Cuánto le atraía la posibilidad de ir al Cielo!

***

(1) Noticias, 1975, p. 1519 (AGP, biblioteca, P02).

(2) Testimonio de María Jesús Paredes, AGP, GOL T-104.

(3) Testimonio de Ángela Mouriz García, AGP, GOL T-117.

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