EXIGENCIA DE LA SANTIDAD. Homilía del Domingo VII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En una de las numerosas veces que Dios habló con Moisés para que transmitiera al pueblo hebreo sus palabras, le dijo: Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: “Sed santos, porque Yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19, 2). Dios también nos exhorta a que seamos santos. Ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación (1 Ts 4, 3). Y la razón suprema de esa exhortación a la santidad es porque el Señor es Santo. La santidad que Dios pide a los israelitas -y a todos los cristianos- va más allá de lo meramente ritual, del simple cumplimiento de unas cuantas prácticas de piedad. Exige una conducta llena de amor para con el prójimo. No guardarás en tu corazón rencor contra tu hermano, sino que corregirás a tu prójimo para no hacerte culpable por su causa. No te vengarás ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo, el Señor (Lv 9, 17-18).

En estas palabras de Dios, en las cuales manifiesta su voluntad: Sed santos y Amarás a tu prójimo está condensada toda la Ley de Dios, como explicó el mismo Jesucristo a un doctor de la Ley. Son santas todas las personas que viven de acuerdo con las enseñanzas de Cristo. Exigencia de la santidad es vivir las virtudes, empezando por la caridad. Y ésta está reñida con el odio, la envidia, la venganza, el rencor y con cualquier forma de maltrato o discriminación.

Desde la fe cristiana, se entiende con especial profundidad la perversión que supone maltratar a cualquier persona humana, varón o mujer. Los malos tratos toman a veces forma violenta y, en ocasiones, modos muy sutiles: se comercia brutalmente con el cuerpo de la mujer, considerándola como cosa, no como persona; o bien se le hace saber, amable pero insidiosamente, que un embarazo es incompatible con un contrato de trabajo. Siguen existiendo muchos motivos para recordar la necesidad de oponerse a esas discriminaciones (Mons. Javier Echevarría).

En la época del éxodo del pueblo elegido existía la ley de talión. Esta ley –ojo por ojo, diente por diente– es superada por la Ley mosaica. Pero Cristo va más allá. La Ley evangélica es la del amor. Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen (Mt 5, 43-44). Esta doctrina fue llevada a la práctica por el mismo Jesucristo. Cuando lo estaban crucificando, oró a Dios Padre por sus propios verdugos: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 14). Y a la largo de la historia del Cristianismo, los mártires han seguido el ejemplo del Maestro, como el protomártir, san Esteban, que oraba por los que le estaban dando muerte. Sin la oración de Esteban, la Iglesia no tendría a Pablo (San Agustín). El perdono, pero no olvido no es una forma de vivir la caridad cristiana.

Sed perfectos, como vuestro Padre es perfecto (Mt 5, 48). En sentido estricto, nunca el hombre llegará a la perfección de Dios. El Señor quiere decir con estas palabras que la perfección divina debe ser el modelo que ha de tender el fiel cristiano. Éste siempre podrá avanzar por la senda indicada por Cristo para alcanzar la santidad. El divino Maestro es Modelo de toda perfección. Identificarse con Cristo significa vivir el mandato del amor al prójimo, sentirse solidario con todos, sin ninguna discriminación. El cristiano cree que en la historia humana la última palabra pertenece al amor, porque Dios es amor.

Cristo lleva la Ley a su plenitud proponiendo la imitación de la perfección de nuestro Padre celestial. Y la manera de hacerlo es imitar a Jesucristo. Si queréis imitar a Dios, puesto que habéis creados a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, que con vuestro mismo nombre estáis proclamando la bondad, imitad la caridad de Cristo (San Asterio de Amasea).

Santa Teresa de Calcuta, hablando del trabajo de sus religiosas –Misioneras de la Caridad-, dijo: Servimos a Jesús en los pobres. Es a Él a quien cuidamos, visitamos, vestimos, alimentamos y confortamos cuando atendemos a los pobres, a los desheredados, a los enfermos, a los huérfanos, a los moribundos… Todo, todo lo que hacemos -nuestra oración, nuestro trabajo, nuestro sufrimiento- es por Jesús. Nuestra vida no tiene otra razón de ser, otra motivación.

En el sermón de la montaña, Jesucristo expuso su doctrina, la ley evangélica. Con su autoridad divina va diciendo una serie de cosas que deben hacer sus discípulos, los cristianos. A veces puede costar las exigencias del Evangelio, pero el cristiano debe diferenciarse del pagano, de la persona no creyente. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tenéis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen eso también los paganos? (Mt 5, 46-47).

Si alguien nos ofende, no hay que pagar con la misma moneda. El Señor nos dice: No repliquéis al malvado; por el contrario, si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra. Al que quiera entrar en pleito contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto (Mt 5, 39-40). Si hacemos esto, nos estamos santificando y seremos buenos hijos de nuestro Padre Dios, de ese Padre que está en los cielos (Mt 5, 45) y allí nos espera, y adonde llegaremos si hacemos vida de nuestra vida las enseñanzas del Señor.

El sermón de la montaña lo comenzó Jesucristo con las Bienaventuranzas. Y en una de ellas se habla de la limpieza de corazón como condición para ver a Dios. La santa pureza es la virtud por la cual respetamos nuestro cuerpo, viviendo la sexualidad según el designio de Dios. La dignidad del cuerpo humano para el cristiano está explicada por san Pablo: ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto a Dios en vuestro cuerpo (1 Co 6, 15.19-20). El cristiano, cuerpo y alma, es miembro de Cristo. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? (1 Co 3, 16).

La imagen del templo de Dios, utilizada con frecuencia por san Pablo, manifiesta la inhabitación de la Santísima Trinidad en el alma en gracia. En efecto, por medio de la gracia de Dios inhabita en el alma justa como en un templo, de un modo íntimo y singular (León XIII). Esta presencia de las Tres Personas Divinas en el alma en gracia invita a procurar un trato más personal y directo con Dios, al que en todo momento podemos buscar en el fondo de nuestras almas. Y este trato con Dios es sencillamente la santidad. Ser santos significa vivir en comunión profunda con Dios y tener un corazón libre del pecado. ¡Ser cristiano supone renuncia y heroísmo! La santidad implica vivir todo lo que pide la vocación de cristiano hasta sus últimas consecuencias.

Al Espíritu Santo se le atribuye la obra de la santificación. No pongamos obstáculos a la acción del Espíritu Santo en nuestra alma. Hemos dicho que a veces puede costar vivir el Evangelio. Esto es porque tenemos el fomes peccati, la tendencia al mal, como consecuencia del pecado original. San Pablo hablaba de esa inclinación al mal: Echo de ver otra ley en mis miembros, la cual resiste a la ley de mi espíritu y me sujeta a la ley del pecado, que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro (Rm 7, 23-24). No olvidemos nunca que el Espíritu Santo actúa en nosotros, y entre otros dones, nos da el de fortaleza para vencer esa tendencia. Aconsejaba san Josemaría Escrivá: Frecuenta el trato del Espíritu Santo -el Gran Desconocido- que es quien te ha de santificar. No olvides que eres templo de Dios. -El Paráclito está en el centro de tu alma: óyele y atiende dócilmente sus inspiraciones (Camino, n. 57).

De modo especial, el Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra flaqueza (Rm 8, 26), cuando rezar es difícil. Porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el mismo Espíritu aboga por nosotros con gemidos inenarrables (Rm 8, 26). La Tercera Persona de la Santísima Trinidad nos enseña que, aunque avancen los años, podemos conservar la juventud espiritual. Nuestro testimonio cristiano debe ser siempre joven. Un verdadero testigo de Cristo no envejece nunca. En efecto, Cristo no envejece nunca, es el mismo ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8). Él nos da al Espíritu Santo, que nos rejuvenece espiritualmente.

Santidad es unión con Dios. El pecado es lo que nos separa de Dios, es un testimonio contra la vida divina de la gracia, es contrario a la santidad. El pecado es capaz por sí solo de deteriorar lo que Dios hizo bueno. Éste es el verdadero mal porque nos apartan de Dios. Si alguno destruye el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, que sois vosotros, es santo (1 Co 3, 17).

Teniendo a Dios en nuestra alma en gracia lo tenemos todo. El cristiano que sólo pertenece a Cristo es dueño de todo. Y esto lo dice el Espíritu Santo por medio de san Pablo: Todas las cosas son vuestras: ya sea Pablo o Apolo o Cefas; ya sea el mundo, la vida o la muerte; ya sea lo presente o lo futuro; todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo, y Cristo de Dios (1 Co 3, 21-23). Por eso podemos decir con san Juan de la Cruz: Míos son los cielos y mía es la tierra. Mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores. Los ángeles son míos, y la Madre de dios, y todas las cosas son mías. Y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. ¿Pues qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto , y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en migajas que se caen de la mesa de tu Padre (Oración del alma enamorada).

Cada ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas. Pero comprendemos también, por propia experiencia, cómo se facilita esa lucha interior cuando nos acogemos a la protección maternal de la Santísima Virgen.

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