CONFIANZA EN DIOS. Homilía del Domingo VIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En el libro del profeta Isaías leemos: Pero dice Sión: “Yavé me ha abandonado, el Señor me ha olvidado”. -¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido (Is 49, 14-15). Dios promete no olvidarse de nadie, no abandonar nunca a su criatura. Sabemos que Dios tiene siempre los ojos abiertos hacia nosotros, también cuando parece que es de noche (Juan Pablo I). Por eso es fundamental poner toda nuestra confianza en Dios, pues dice lo que hace y hace lo que dice. Él cumple sus promesas.

Dios cuida de sus criaturas, especialmente del hombre, creado a imagen y semejanza de Él. Lo dice claramente el Señor: Mirad las aves del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿Es que no valéis vosotros mucho más que ellas? (Mt 6, 26). El hombre es la única criatura en la tierra que Dios ha amado por sí misma, pues todas las demás fueron creadas para que estuviesen al servicio del hombre. Sólo el hombre es capaz de conocer y amar a su Creador; sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad. Señor, ¿qué es el hombre para que le des importancia, para que te ocupes de él? Porque te ocupas ciertamente de él, demuestra tu solicitud y tu interés para con él. Llegas hasta enviarle tu Hijo único, le infundes tu Espíritu, incluso le prometes la visión de tu rostro.

Dios no es un Dios lejano, demasiado distante y demasiado grande como para ocuparse de nuestras bagatelas. Dado que es grande, puede interesarse también de las cosas pequeñas. Dado que es grande, el alma del hombre, el hombre mismo, creado por el amor eterno, no es algo pequeño, sino que es grande y digno de su amor. Dios nos conoce. Nos conoce mejor de lo que nos conocemos nosotros mismos. Nos ama, aun cuando ese amor está muchas veces oculto. Es un Dios que nos ofrece futuro. No es un Dios de muertos, sino el Dios vivo y vivificador. Podemos confiar en Él.

¡Es una locura confiar en Dios…!, dicen. -¿Y no es más locura confiar en sí mismo, o en los demás hombres? (San Josemaría Escrivá). Locura es dejarse ahogar por el materialismo ambiental; buscar la seguridad en el dinero; esclavizarse por los ídolos del poder, consumo y placer. En el evangelio, Jesús pone de relieve el valor de las realidades corrientes de la vida, a la vez nos pide que confiemos en la Providencia divina, y nos inculca el abandono sereno en las manos de Dios. Y podremos decir con el Salmista: Dios mío, en Ti confío, no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en Ti no quedarán confundidos (Sal 24, 2-3).Y podremos decir con el Salmista: Dios mío, en Ti confío, no quede yo defraudado; que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en Ti no quedarán confundidos (Sal 24, 2-3).

No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir (Mt 6, 31). Durante el desarrollo del Concilio Vaticano II, el cardenal Ottaviani dio testimonio de su familia, fundada en Cristo. Él era el undécimo de doce hijos de un pobre obrero manual. Sus padres, dijo, no dudaron nunca de la Providencia; creyeron en las palabras de Cristo sobre las aves del cielo que no siembran, ni siegan, ni llenan los graneros, pero que son alimentadas por el Padre celestial… Creían que la primera preocupación debe ser la de buscar el reino de Dios, convencidos de que la Providencia les daría más de lo necesario para vivir.

Nuestro Padre celestial sabe bien que tenemos necesidad de diversas cosas materiales. Pero sepamos buscarlas y usarlas en conformidad con su voluntad. Los valores que se pueden “tener”, jamás deben convertirse en nuestro último fin. Jamás hay que tender hacia los bienes materiales de esta manera, ni usarlos de ese modo, como si fueran un fin en sí mismo. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. A cada día le basta su contrariedad (Mt 6, 34).

La confianza en Dios hizo escribir al salmista: Es el Señor mi pastor; nada me falta. Me hace recostar en verdes pastos y me lleva a frescas aguas. Recrea mi alma y me lleva por las rectas sendas, por amor de su nombre. Aunque haya de pasar por un valle tenebroso, no temo mal alguno, porque tú estás conmigo. Tu báculo y tu cayado son mi consuelo.

Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os añadirán (Mt 6, 33). ¿Qué decir de una persona que hiciese gran provisión de cosas que se deterioran y se pierden, y dejara las piedras preciosas, el oro, los diamantes, que podría conservar haciendo con ellos una gran fortuna? Pues eso justamente hacemos nosotros; nos prendamos de la materia y pensamos poco en ganar el Cielo, único y verdadero tesoro (Santo Cura de Ars).

Estamos en manos de Dios, y las manos de Dios son buenas, las de un Padre que quiere lo mejor para sus hijos. Y en Dios está nuestro bien, nuestra libertad y nuestra grandeza. El hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con Él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta (Benedicto XVI).

Un ejemplo de abandono en Dios nos lo dio San Francisco de Sales. Este santo, de vez en cuando, tenía la siguiente tentación. El demonio le decía: ¡Todo es inútil, estás predestinado al infierno! ¡Vendrás allí conmigo! Y el santo Obispo de Ginebra, con total abandono en las manos de Dios, rezaba: ¡Dios mío! Si no he de poder amaros en la otra vida, que aproveche ésta, aquí abajo, para amaros y serviros. Venció. Ahora goza de Dios en el Cielo.

Es fundamental poner toda nuestra energía y confianza en Cristo. De este modo podremos hacernos hombres libres, sin dejarnos ahogar por el materialismo ambiental, ni atar por la esclavitud de sus ídolos: el poder, el consumo, el placer; sin ceder al conformismo; sin ser intimidados por las persecuciones o las más sutiles oposiciones que intentan marginar a los cristianos.

En el evangelio está el pasaje del joven que rechazó la invitación divina de seguir a Cristo porque tenía riquezas. La enseñanza que encierra este pasaje es la siguiente: Si un hombre pone su seguridad en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera alegría; por el contrario, si, fiándose de la palabra de Dios, renuncia a sí mismo y a sus bienes por el reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo (Benedicto XVI, Homilía 15.X.2006).

No podéis servir a Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). La Sagrada Escritura no condena las riquezas en sí mismas, ni el poseerlas legítimamente; sí condena, en cambio, el apego a las mismas y el poner en ellas la confianza. La Iglesia, en relación a los bienes temporales, enseña que el hombre, al usarlas, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás (Concilio Vaticano II).

Con frecuencia, los bienes materiales son como agua salada para el sediento, que en vez de satisfacer el ansia de felicidad, la intensifica. La pobreza, en el sentido que le da Jesús, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás.

Al atardecer de nuestra vida seremos juzgados en el amor (San Juan de la Cruz). Confianza en Dios y en su infinita misericordia cuando nos llegue el momento de presentarnos ante Él. San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: Cierto que mi conciencia nada me reprocha; mas no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor (1 Co 4, 4). Seremos juzgados por Jesucristo que es juez justo y misericordioso. De Él recibirá la alabanza que le corresponda (1 Co 4, 5).

Si en esta vida hemos procurado ser servidores de Dios y administradores de los misterios de Dios (1 Co 4, 1), y fieles en esa administración que Dios nos ha confiado, la recompensa será la bienaventuranza eterna. Dios no se deja ganar en generosidad. Qué bien lo expresaron santa Teresa de Jesús y el beato Álvaro del Portillo: No suele su Majestad pagar mal la posada si le hacen buen hospedaje (Camino de perfección, 34, 9). El negocio más grande que podemos hacer es invertir en el Banco de Dios. Él ha dicho que nos da el ciento por uno, y no hay ningún Banco que dé tanto. Y, después, la vida eterna. Vale la pena decir que sí y ser generosos, porque Dios es buen pagador, y por mucho que hagamos por Él será siempre poco, porque el Señor hace más por nosotros.

La Virgen María confió totalmente a Dios, prestándole el homenaje del entendimiento y asentimiento de la voluntad a la revelación hecha por Él. Así cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Y lo atado por la Eva por desconfiar de Dios, fue desatado por la Santa María por confiar en Dios.

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