FE Y OBRAS. Homilía del Domingo IX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Dios no es un ser lejano. Desde el principio ha intervenido en la historia del hombre. Antes de la caída de nuestros primeros padres se paseaba por el jardín a la hora de la brisa (Gn 3, 8) para estar con Adán y Eva. Después del pecado, no abandonó al hombre al poder de la muerte, sino que compadecido le prometió un Salvador. La Historia de la Salvación comenzó en el paraíso terrenal. En la Biblia vemos cómo Dios se ocupa del hombre, de indicarle el camino de su felicidad. Porque quiere nuestro bien, nos habla. La Sagrada Escritura juntamente con la Tradición es parte de la Revelación. Y ésta es locutio Dei ad homines (locución de Dios a los hombres).

Lo que Dios manifiesta al hombre es un mensaje de salvación. Por eso nos dice: Grabad bien estas palabras mías en vuestro corazón y en vuestras almas (Dt 11, 18). La Iglesia insistentemente recomienda a todos los fieles la lectura asidua de la Biblia, pues la vida cristiana precisa una asidua y constante meditación de la Palabra de Dios. La lectura, el estudio y la meditación de la Palabra tienen que desembocar después en una vida de coherente adhesión a Cristo y a su doctrina (Benedicto XVI). Meditando la Escritura el cristiano es llevado a contemplar el rostro lleno de bondad de Dios, a ese Padre que Jesucristo nos ha dado a conocer. Metamos de verdad las palabras del Señor en nuestro corazón y en nuestra alma.

Es preciso adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla en mano, para que sea la brújula que indica el camino a seguir. Leyéndola se aprende a conocer, tratar y amar a Cristo; a razonar y reflexionar delante de Él y con Él, en sus palabras y en su manera de actuar. Como baja la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra (…) así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión (Is 55, 10-11).

Nuestros primeros padres desobedecieron el mandato de Dios, y esto trajo la ruina para el género humano. Para que el hombre no tropiece otra vez en la misma piedra, Dios le dice: Mirad, pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. La bendición, si escucháis los mandamientos del Señor, vuestro Dios, que os ordeno hoy. Y la maldición, si no escucháis los mandatos del Señor, vuestro Dios, y os desviáis del camino que os prescribo hoy, yendo tras dioses extraños que no conocéis. (Dt 11, 26-28). Estas palabras del Señor -por ser divinas y eternas- son siempre actuales.

Los que reciban la bendición de Dios gozarán para siempre de la gloria del Cielo. Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo (Mt 25, 34). Y los que no cumplan la voluntad de Dios, manifestada en sus mandamientos, serán malditos y se condenarán. Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25, 41).

Hay que seguir el camino que conduce a la vida eterna. ¡Qué pena da ver personas que hacen oídos sordos y no escuchan los mandatos del Señor, desviándose del buen camino. Y en vez de amar a Dios caen en la idolatría de los tiempos modernos., que consiste en divinizar lo que no es Dios. Hay idolatría desde el momento en que el hombre honra y reverencia a una criatura en lugar de Dios. Trátese de dioses o de demonios (por ejemplo, el satanismo), de poder, de placer, de la raza, de los antepasados, del estado, del dinero, etc (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.113). En este etcétera podemos incluir el partido político. ¡Cuántos políticos católicos votan en el Parlamento a favor de leyes contrarias a la moral cristiana por seguir la disciplina del Partido!

La vida de todo hombre es siempre una opción: entre honradez e injusticia, entre fidelidad e infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre bien y el mal. El ser humano tiene bien experimentado en su propia alma esa tensión espiritual entre el pecado y la gracia, entre las pasiones malas y las virtudes, entre el deseo de amar a Dios y el atractivo de las cosas mundanas.

Cada hombre debe librar una dura batalla contra el poder de las tinieblas, contra los enemigos de su alma (mundo, demonio y carne). Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, alcanzará la victoria, recorrerá el camino del bien.

San Pablo escribe a los cristianos de Roma: Ahora, en cambio, la justicia de Dios, atestiguada por la Ley y los Profetas, se ha manifestado con independencia de la Ley; justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen. Porque no hay distinción, ya que todos han pecado y están privados de la gloria de Dios y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que está en Cristo Jesús. A él lo ha puesto Dios como propiciatorio en su sangre -mediante la fe-. Afirmamos, por tanto, que el hombre es justificado por la fe con independencia de las obras de la Ley (Rm 3, 21-25a.28). Con estas palabras el Apóstol de los gentiles enseña que la salvación ha sido ofrecida en Jesucristo y Dios justifica al hombre por la fe en Cristo.

La justicia de Dios que hace justo al hombre y que estaba anunciada en los libros del Antiguo Testamento se ha revelado ahora en Cristo y en el Evangelio. Dios Padre, fuente de todo bien, con su decreto redentor nos ha entregado a su Hijo para salvarnos; en Jesucristo, que derrama su sangre en la cruz somos hechos justos; la fe es un don divino mediante el cual Dios dispone y capacita al hombre para que acoja el don de su redención en Cristo. Además enseña san Pablo que la justicia de Dios está en conexión con la misericordia: todos los hombres son justificados por una acción gratuita de Dios. Es, pues, la fe la que justifica. Pero no la fe”sola”, sino la fe que obra por medio de la caridad.

El apóstol Santiago el Menor en su carta: Recibid con mansedumbre la palabra sembrada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas. Pero tenéis que ponerla en práctica y no sólo escucharla engañándoos a vosotros mismos (St 1, 21-22). Hay que leer la Sagrada Escritura con humildad y docilidad para que tenga consecuencias prácticas en la conducta, porque la fe que no se traduce en obras está muerta. Y más adelante escribe: ¿De qué sirve, hermanos míos, que uno diga tener fe si no tiene obras? ¿Acaso la fe podrá salvarle? (St 2, 14). Por tanto, fe con obras.

Las obras dan la medida de la autenticidad de la vida del cristiano, poniendo en evidencia si su fe y su caridad son verdaderas. Así como del movimiento del cuerpo conocemos su vida, así también conocemos la vida de la fe por las buenas obras. Porque la vida del cuerpo es el alma, por la cual se mueve y siente, y la vida de la fe, la caridad (…). Por lo que, resfriándose la caridad, muere la fe, así como muere el cuerpo apartándose de él el alma (San Bernardo).

La doctrina cristiana llama también “fe muerta” a la de quien está en pecado mortal. El don de la fe permanece en el que no ha pecado contra ella (…). Privada de la esperanza y de la caridad, la fe no une plenamente el fiel a Cristo ni hace de él un miembro vivo de su Cuerpo (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1.815).

No todo el que dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos (Mt 7, 21). La oración, para que sea auténtica, debe ir acompañada de ese esfuerzo continuado por cumplir la voluntad de Dios. Para ser santo no basta con hablar de santidad, sino que hay que poner todos los medios para alcanzarla, el reino de Dios no consiste en palabrería, sino en realidades (1 Co 4, 20).

Jesucristo insiste en que el hombre será juzgado por sus obras, que son las que pondrán de manifiesto si cumplió la voluntad de Dios en su vida terrena. Los falsos profetas eran, en el Antiguo Testamento, aquellos que, sin enviados por Dios, embaucaban al pueblo. El Señor nos previene frente a los falsos pastores de nuestra época, advirtiéndonos que no miremos las apariencias sino a las obras, y Cristo nos dio un criterio de discernimiento: si son de Dios, buenos pastores de la grey del Señor, tendrán buenos frutos.

Muchos me dirán aquel día: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y hemos expulsado los demonios en tu nombre, y hemos hecho prodigios en tu nombre?” Entonces yo declararé ante ellos: “Jamás os he conocido; apartaos de mí, los que obráis iniquidad” (Mt 7, 22-23). Para la entrada en el Reino de los Cielos no basta la pertenencia a la Iglesia -que sí es necesaria- sino que es preciso dar frutos buenos, cumplir la voluntad de Dios, y traducir en la práctica diaria las palabras de Jesús. Un buen cristiano lo demuestra con obras, no solamente con palabras. Muy gráficamente lo dijo fray Luis de Granada: Mira que no es ser buen cristiano solamente rezar y ayunar y oír Misa, sino que te halle Dios fiel, como a otro Job y otro Abrahán, en el tiempo de la tribulación (Guía de pecadores).

Para remarcar esta idea, Jesucristo recurre a una parábola. Las parábolas son narraciones comparativas o metafóricas, apoyadas en imágenes sencillas y populares, tomadas normalmente de la vida cotidiana, que contienen una enseñanza de tipo religioso, moral o sobrenatural.

Por tanto, todo el que oye estas palabras mías y las pone en práctica, es como un hombre prudente que edificó su casa sobre roca; y cayó la lluvia y llegaron las riadas y soplaron los vientos: irrumpieron contra aquella casa, pero no se cayó porque estaba cimentada sobre roca. Pero todo el que oye estas palabras mías y no las pone en práctica es como un hombre necio que edificó su casa sobre arena; y cayó la lluvia y legaron las riadas y soplaron los vientos: se precipitaron contra aquella casa, y se derrumbó y fue tremenda su ruina (Mt 7, 24-27). Esta parábola resume la conducta del que desea recibir la bendición divina y entrar en el Reino de Dios, ese Reino que se va haciendo presente en la Iglesia. Quien se esfuerza por llevar a la práctica las enseñanzas de Jesús, aunque vengan tribulaciones personales, o períodos de confusión en la vida de la Iglesia, como el que hubo en los años postconciliares después del Concilio Vaticano II, o se vea rodeado del error, o de un ambiente permisivo permanecerá fuerte en la fe, en el buen camino, como el hombre sabio que edifica su casa sobre roca.

Hay que construir, día a día, el edificio de una vida santa, cimentar bien nuestra vida. Por eso es necesario ver si se ponen los medios, si se construye sobre cimientos fuertes. Los medios son oración cotidiana más piadosa, mortificación perseverante, un trabajo continuo bien hecho y ofrecido a Dios, frecuencia de sacramentos, obras de misericordia…

Pidamos a Santa María que nuestra fe siempre vaya acompañada de obras.

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