Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección vigésima quinta. Reino de Israel

Lección vigésima quinta

Reino de Israel

¿En qué años reinó Jeroboán? El primer rey de Israel después del cisma de Samaría fue Jeroboán que reinó del año 932 al 911 antes de Cristo.

¿Fue ejemplar la conducta de Jeroboán? En absoluto, pues favoreció la idolatría. Temeroso de que las tribus se volvieran a la casa de David, reconociendo a Roboán, se dijo para sus adentros: Si este pueblo sube a ofrecer sacrificios al Templo del Señor en Jerusalén y su corazón se vuelve hacia su señor Roboán, rey de Judá, me matarán y se volverán con Roboán (1 R 12, 27). Entonces decidió fabricar dos becerros de oro, y dijo al pueblo: Ya habéis subido bastante a Jerusalén. Israel, aquí están tus dioses que te sacaron del país de Egipto (1 R 12, 28). Un becerro de oro lo colocó en Betel; y el otro, en Dan. Y esto fue causa de pecado, pues el pueblo iba ante el uno y ante el otro hasta Dan. Además, al mismo tiempo desterró de su reino a todos los levitas y sacerdotes del Dios verdadero. En su conjunto el reinado de Jeroboán se caracteriza por el pecado de idolatría, tanto el que cometió él mismo como el que hizo cometer a Israel. Jeroboán se convertirá en tipo de rey idólatra de modo semejante a como David lo es del rey fiel a Dios.

¿Cuál fue el castigo que recibió Jeroboán? Un hijo de Jeroboán, llamado Abías, cuando aún era un niño cayó enfermo. Dios, por medio del profeta Ajías, hizo saber a Jeroboán que su hijo moriría. Le hará duelo todo Israel, y lo enterrarán pues éste será el único de los de Jeroboán que vaya a un sepulcro, ya que en él se ha encontrado algo bueno para el Señor, Dios de Israel, en la casa de Jeroboán. El Señor establecerá un rey sobre Israel que destruirá la casa de Jeroboán (1 R 14, 13-14). El no recibir sepultura resalta la dureza del castigo divino, pues se consideraba como la mayor de las desgracias para un hombre.

¿Quién sucedió a Jeroboán? Su hijo Nadab. Pero su reinado duró muy poco tiempo, solamente dos años. Hizo el mal a los ojos del Señor; siguió los caminos de su padre y los pecados con los que éste hizo pecar a Israel (1 R 15, 26). Contra Nadab se conjuró Basá, que asesinó al rey y se puso en su lugar. Cuando comenzó a reinar Basá dio muerte a toda la casa de Jeroboán hasta eliminarla, según había profetizado Ajías.

¿Fue mejor Basá que sus antecesores? No, de ningún modo. También hizo el mal a los ojos del Señor y siguió los caminos de Jeroboán y los pecados con los que éste hizo pecar a Israel, por lo que Dios le castigó. Por medio del profeta Jehú, el Señor le hizo saber a Basá que a su casa le ocurriría lo mismo que a la casa de Jeroboán. A aquél de Basá que muera en la ciudad se lo comerán los perros, y al que muera en el campo se lo comerán las aves del cielo (1 R 16, 4).

¿Quiénes fueron los inmediatos sucesores de Basá? Cuando murió Basá subió al trono de Israel su hijo Elá. Pero he aquí que la historia de la conjura contra Nadab se repite con Elá, pues un siervo de éste, Zimri, asesinó al rey y se sentó en el trono. Además, Zimri exterminó a toda la casa de Basá sin dejar ningún varón, ni pariente, ni amigo, según la palabra que pronunció el Señor contra Basá por medio del profeta Jehú. Poco tiempo -menos de un año- reinó Zimri, pues el pueblo se sublevó contra él y proclamó rey a Omrí, jefe del ejército de Israel. Al ver Zimri que la ciudad iba a ser tomada, entró en la fortaleza del palacio real, prendió fuego al palacio estando él dentro, y murió a causa de los pecados que había cometido por hacer el mal a los ojos del Señor (1 R 16, 18-19). Tampoco la conducta de Omrí fue conforme a la voluntad, pues se portó peor que todos sus predecesores. A su muerte, le sucedió su hijo Ajab. Éste excedió en iniquidades a los anteriores reyes de Israel. Por instigación de su mujer Jezabel, hija del rey de los sidonios, introdujo en Samaría el culto a Baal, y persiguió cruelmente a los profetas de Dios.

¿Qué profeta sobresale en esta época? En tiempos de estos reyes impíos, Dios suscitó en Israel unos profetas cuya actividad fue crucial para mantener el culto del Dios verdadero, pues se veía seriamente amenazado por la idolatría. Entre estos profetas sobresale Elías, cuyo nombre significa “mi Dios es el Señor”. Elías es un profeta errante que va de una parte a otra obedeciendo la palabra del Señor.

¿Qué le dijo Elías al rey Ajab? Dios mandó a Elías que fuese a decir a Ajab: Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que durante estos años no habrá rocío ni lluvia, si no es por mi palabra (1 R 17, 1). Y efectivamente, en Israel hubo una gran sequía que duró varios años. Esta sequía da la impresión de ser un castigo divino por impiedad del rey, pero en realidad se trata de un motivo para mostrar la superioridad del Dios de Israel sobre el dios cananeo Baal. La religión cananea consideraba al dios Baal dueño de las fuerzas naturales: de la lluvia, de las tormentas, de la fecundidad, etc. Mediante el profeta Elías, el verdadero Dios se revela distinto, superior y trascendente a esas fuerzas por grandes que sean y a la vez Señor de todas ellas.

La profecía que hace Elías de una gran sequía supone la descalificación radical del culto a Baal, dios de la lluvia, pues sólo el Dios de Israel es dueño de la naturaleza.

¿Qué acontecimientos sobresalen en la vida de Elías? Hechos milagrosos como la multiplicación de la harina y el aceite; la resurrección de un joven; la disputa con los profetas de Baal en el monte Carmelo; y el traslado del profeta al cielo en medio de un torbellino de nubes y viento.

¿Cómo fue el pasaje de la multiplicación de la harina y el aceite? En los años de la gran sequía, por orden de Dios, Elías se trasladó a una ciudad llamada Sarepta, situada al sur de Sidón. Al entrar en Sarepta vio a una mujer viuda que recogía leña, y le pidió que le diera un vaso de agua. Cuando la mujer fue a por el agua, el profeta le dijo que también le trajera un trozo de pan. Entonces la mujer le dijo: Vive el Señor, tu Dios, que no tengo ni una hogaza: sólo un puñado de harina en el cuenco y un poco de aceite en la alcuza. Ahora estoy recogiendo un par de leños para ir a prepararlo para mi hijo y para mí. Lo comeremos y luego moriremos (1 R 17, 12). Pero Elías le dijo que le hiciera una torta para él, y después otra para ella y su hijo, asegurándole en nombre del Dios de Israel: El cuenco de harina no quedará sin nada y la alcuza de aceite no se vaciará hasta el día que el Señor conceda la lluvia a la superficie del suelo (1 R 17, 14). La mujer hizo según la palabra de Elías, y comieron el profeta, la mujer y su hijo durante días. La harina del cuenco no se acabó ni el aceite de la alcuza se vació, como había profetizado Elías.

¿Y la resurrección…? Después de todo esto, el hijo de la viuda enfermó, y su enfermedad se agravó hasta el punto de que al niño ya no le quedó aliento. Entonces ella le dijo a Elías: “¿Qué tengo que ver yo contigo, hombre de Dios? ¿Has venido para recordarme mi pecado y traer la muerte a mi hijo?” Él le contestó: “Déjame a tu hijo”. Lo tomó de su regazo, lo llevó a la habitación de arriba donde él residía y lo acostó sobre su cama. Después clamó al Señor y dijo: “¡Señor, Dios mío! ¿También vas a hacer daño a la viuda que me ha dado hospedaje dejando morir a su hijo?” Se tendió tres veces sobre el niño y clamó al Señor diciendo: “¡Señor, Dios mío, que la vida de este niño vuelva a él!” El Señor escuchó la voz de Elías y la vida del niño volvió de nuevo a él y revivió. Elías tomó al niño y lo bajó de la habitación alta de la casa. Lo entregó a su madre y le dijo: “Mira a tu hijo vivo”. Respondió la mujer a Elías: “Ahora sé que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdadera” (1 R 17, 17- 24).

¿En qué consistió la disputa de Elías con los profetas de Baal? En una ocasión el rey Ajab al ver a Elías le increpó: ¿Tú aquí, mal agüero de Israel? (1 R 18, 17), dándole a entender que el profeta era la causa de la ruina de Israel. Y Elías contestó al rey: No traigo yo el mal agüero a Israel, sino tú y la casa de tu padre con vuestro abandono de los preceptos del Señor, pues te has ido tras los baales (1 R 18, 18). Y dijo Elías a Ajab que convocase a todo el pueblo en el monte Carmelo, y que acudiesen también los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal. El rey hizo lo que había pedido Elías, y al monte Carmelo acudieron los israelitas y los profetas de Baal. Entonces Elías dijo: ¿Hasta cuándo estaréis claudicando en vuestra religión? Si el Señor es el verdadero Dios, adoradle; si es Baal, seguidle (1 R 18, 21). Como el pueblo permaneció sin decir nada, Elías continuó hablando: Solamente he quedado yo como profeta del Señor, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta hombres. Traednos dos novillos: que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña sin prenderle fuego; yo prepararé el otro, lo pondré sobre la leña y tampoco le prenderé fuego. Vosotros invocaréis el nombre de vuestro dios y yo invocaré el nombre del Señor. El dios que responda con el fuego, ése es el verdadero Dios (1 R 18, 22-24). Al pueblo allí congregado le pareció bien la propuesta de Elías.

En primer lugar fueron los profetas de Baal quienes prepararon un novillo y lo pusieron sobre un altar de piedra con la leña. Enseguida comenzaron a invocar el nombre de Baal, diciendo: ¡Baal, respóndenos! (1 R 18, 26). Y estuvieron rogando a su ídolo desde la mañana hasta el mediodía, pero no hubo ni una voz ni quien respondiera mientras los profetas de Baal danzaban en torno al altar que habían levantado. Al mediodía Elías se reía de ellos y les decía: “Gritad con voz más fuerte, porque él es dios, pero quizá esté meditando, o tenga alguna necesidad, o esté de viaje, o a lo mejor está dormido y tiene que despertarse” (1 R 18, 27). Y ellos daban más voces y, según sus ritos, se hacían incisiones con espadas y lanzas hasta que la sangre corría por su cuerpo. Pero no hubo respuesta alguna de su dios, sin que éste les hiciera caso.

Cuando le tocó el turno a Elías, éste levantó un altar con doce piedras, conforme al número de las tribus de los hijos de Jacob. Luego amontonó la leña, despedazó el novillo y lo puso sobre la leña. Además roció con agua abundante el novillo y la leña. Y elevando las manos al cielo, dijo: Señor, Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, muestra hoy que Tú eres el Dios de Israel y que yo soy tu siervo, y he hecho todo esto por orden tuya. Respóndeme, Señor, respóndeme para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor, su Dios, y que Tú has hecho volver de nuevo su corazón (1 R 18, 36-37). Al momento bajó sobre el altar fuego del cielo, que consumió no solamente la leña, sino también el novillo y hasta las piedras.

En vista de este prodigio, el pueblo cayó rostro en tierra y exclamó: “¡El Señor es el verdadero Dios! ¡El Señor es el verdadero Dios!” Elías les ordenó: “¡Agarrad a los profetas de Baal sin que escape ninguno de ellos!” Lo agarraron y Elías los mandó bajar al torrente Quisón donde les dio muerte (1 R 18, 39-40). Después el profeta Elías se puso en oración, prometió que cesaría el hambre, y, aunque el cielo estaba despejado de nubes, aseguró al rey Ajab que no llegaría la noche sin que sobreviniera una fuerte lluvia sobre la tierra. Y así fue. Después de tres años y medio de sequía vino la lluvia benéfica para el cese del hambre.

¿Cómo es esa historia? El rey Ajab quiso hacerse con una viña que estaba situada junto a su palacio. Habló con Nabot, que era el propietario de la viña, proponiéndole: “Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata”. Nabot respondió a Ajab: “Que el Señor me libre de darte la heredad de mis padres” (1 R 21, 2-3). Esta respuesta negativa de Nabot irritó al rey, y le causó un pesar tan grande que le hizo perder las ganas de comer. Cuando su Jezabel supo la causa de aquel abatimiento, le dijo: Levántate, come pan y alegra tu corazón. Yo te entregaré la viña de Nabot (1 R 21, 7). Y pagó a dos hombres corruptos para que testimoniaran falsamente contra Nabot delante del pueblo diciendo: Nabot ha maldecido a Dios y al rey (1 R 21, 13). Entonces, ante esta calumnia, sacaron a Nabot fuera de la ciudad para lapidarlo hasta que muriera. Al tener noticia cierta de la muerte de Nabot, Jezabel le dijo a Ajab que ya se podía quedar con la viña de Nabot, pues éste había muerto. Entonces el rey se apoderó de modo tan inicuo de la viña que Nabot no había querido venderle.

¿Quedó sin castigo esta iniquidad de Ajab? No. Enterado Elías de esta iniquidad le dijo al rey Ajab: Te he descubierto porque te has vendido haciendo el mal a los ojos del Señor. Yo traeré el mal sobre ti, borraré tu posteridad y le eliminaré a Ajab cualquier varón en Israel, esclavo o libre (1 R 21 20-21). Ciertamente no hubo nadie como Ajab que se vendiera para hacer tantas iniquidades pues fue inducido por su esposa Jezabel. También a ésta la castigó Dios, pues Elías dijo: También para Jezabel ha hablado el Señor diciendo: “Los perros devorarán a Jezabel” (1 R 21, 23). Cuando Ajab escuchó las palabras de Elías rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó. ¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días; en los días de su hijo traeré el mal sobre su casa (1 R 21, 29). A pesar de su conducta reprobable, Ajab tuvo ese gesto de conversión que es reconocido y valorado por Dios. El Señor siempre aprecia la penitencia y recompensa por ella: a Ajab le concede todavía un sucesor antes de exterminar su casa.

¿Se cumplió la profecía de que Jezabel sería devorada por los perros? Sí. Por haber hecho hacer matar a Nabot para que Ajab se quedara con la viña de su víctima, una vez muerta Jezabel de forma violenta, su cadáver fue comido por los perros. La muerte de Jezabel ocurrió cuando Jehú destronó a Jorán

¿Cómo murió Ajab? Habiéndose aliados los reyes de Israel y de Judá contra Siria para recuperar Ramot-Galaad, entraron en guerra. Cuando el combate arreció una flecha hirió mortalmente a Ajab, estando éste en su carro de batalla. La sangre de la herida corrió hasta el fondo del carro. Al lavar el carro se observó que los perros habían lamido la sangre derramada por Ajab, y así se vio cumplido lo que había profetizado Elías.

¿Cómo fue arrebatado Elías al cielo? Aproximándose el tiempo en que Elías debía abandonar la tierra, se trasladó con su discípulo Eliseo a orillas del río Jordán, y tocando con su capa las aguas del río, se dividieron para dejarles paso. Cuando estaban ya en la otra orilla, Elías le dijo a Eliseo: “Pide qué he de hacer antes de que sea arrebatado de tu lado”. Contestó Eliseo: “Por favor, que yo reciba dos partes de tu espíritu”. Él contestó: “Has pedido algo muy difícil. Si me ves cuando sea arrebatado de tu lado, se te concederá; y si no, no sucederá” (2 R 2, 9-10). Cuando iban caminando juntos, pasó un carro de fuego, tirado por unos caballos asimismo de fuego, el cual arrebató a Elías como un torbellino. Eliseo vio cómo a Elías se le caía el manto y desparecía de su vista. Luego recogió el manto que se le había caído a Elías al ser arrebatado al cielo.

¿Pasó a Eliseo el don de profecía y la potestad de hacer milagros de Elías? Sí. Así lo atestiguan los milagros que hizo. Después de ser arrebatado Elías al cielo, Eliseo se volvió hacia el Jordán, y lo pasó con auxilio del aquel manto, repitiéndose el milagro que anteriormente había hecho el profeta Elías. Muchos prodigios hizo el nuevo profeta, entre otros: Volvió dulces las aguas de las fuentes de Jericó, que eran muy amargas; resucitó al hijo de una buena mujer de Sunam, que le había dado hospitalidad; y el general sirio Naamán quedó curado de la lepra tan pronto como, por orden de Eliseo, se fue a lavar siete veces en las aguas del Jordán. Otro hecho de la vida de Eliseo: Subió desde allí a Betel, y cuando iba por el camino unos niños vinieron de la ciudad y se reían de él diciendo: “Sube, calvo; sube, calvo”. Él se volvió, los vio y los maldijo en el nombre del Señor. Entonces salieron del bosque dos osos y despedazaron a cuarenta y dos chicos (2 R 2, 23-24).

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