CONOCIMIENTO DE DIOS Y FE EN EL SEGUIMIENTO DE CRISTO. Homilía del Domingo X del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

La misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó. (Benedicto XVI, Homilía 7.V.2007). La misión principal de la Iglesia como depositaria de la Revelación divina es dar a conocer a Dios, orientar a toda la humanidad hacia el misterio de Cristo y anunciar la redención realizada por el Hijo de Dios encarnado, Cristo Jesús.

Dice el profeta Oseas: Conozcamos, apresurémonos a conocer al Señor (Os 6, 3). Conocer a Dios que es amor. Este conocimiento del amor de Dios hacia nosotros nos lleva a corresponder. Amor con amor se paga. Un amor que por nuestra parte sea fiel y duradero. Que no pueda decir Dios de nuestro amor hacia Él que es como bruma matinal, como rocío pasajero del amanecer (Os 6, 4). El rocío y la bruma matinal, aparecen con la aurora, al comienzo del día, pero son incapaces de aguantar el peso del día y del calor.

El conocimiento de Dios lleva al amor fiel. No se puede amar lo que no se conoce. De ahí la necesidad del estudio del Catecismo de la Iglesia Católica para conocer bien a Dios y las verdades reveladas por Él. Y como Dios es infinitamente bueno, el conocerle lleva consigo amarle. Se produce un círculo virtuoso. Al conocerle le amamos y porque le amamos queremos conocerle mejor.

Porque quiero amor y no sacrificios, y conocimiento de Dios, más que holocaustos (Os 6, 6). Este versículo bíblico ha tenido mucho eco en la tradición cristiana, por es expresión certera del culto interior a Dios, y porque aparece más de una vez en la boca de Nuestro Señor Jesucristo. Dios quería de los israelitas , por su propio bien, no sacrificios y holocaustos, sino fe, obediencia y justicia. Y así, por boca del profeta Oseas, les manifiesta su voluntad: “Quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios, más que holocaustos”. Y el mismo Señor en persona les advertía: “Si comprendierais lo que significa : Quiero misericordia y no sacrificios, no condenaríais a los que no tienen culpa”, con lo cual daba testimonio a favor de los profetas, de que predicaban la verdad, y a ellos les echaba en cara su culpable ignorancia (San Ireneo, Adversus haereses).

En nuestros días hay mucha ignorancia de la doctrina católica. Ignorancia que en la mayoría de los casos es culpable. Si anhelamos conocer y amar a Dios, si deseamos que los demás le conozcan y le amen, resulta imprescindible que la clara doctrina católica informe nuestro entendimiento y nuestra voluntad. Ahora, además, ante una cultura dominante que se aparta más y más de Dios, ese deber se muestra especialmente urgente y preciso (Javier Echevarría, Carta 28.XI.2002, n. 7). El mayor enemigo de Cristo y de la Iglesia es la ignorancia, y que, por eso, tenemos la obligación de formarnos, de conocer bien la doctrina para luego transmitirla.

Cuanto más sepamos de Dios y de sus atributos, mejor. Sabemos que es la Suma Bondad Omnipotente. Jesucristo nos lo ha revelado como Padre. Creó al mundo y al hombre por amor. Por la fe conocemos a Dios. Él se ha revelado, ha hablado a los hombres como a amigos, movido por su gran amor, e invita a los hombres a la comunicación consigo. Dios se ha dado a conocer; nos ha comunicado misterios como el de la Santísima Trinidad y el de la Encarnación del Hijo. Ante Dios que revela, el hombre, sostenido por la gracia se fía plenamente de Dios y acoge su Verdad.

En la Sagrada Escritura son muchos los ejemplos de persona que destacan por su fe. Especialmente dos: Abrahán y la Virgen María. El apóstol san Pablo, en la carta que escribió a los romanos, se refiere a la fe de Abrahán. Dios le había dicho al Patriarca que sería padre de muchos pueblos, que su descendencia sería sería tan numerosa como las estrellas del cielo y las arenas del mar. Y Abrahán confió en la palabra de Dios, a pesar de que humanamente era algo imposible porque él ya era centenario y el vientre de Sara, su esposa, estéril. Ante la promesa de Dios no titubeó con incredulidad, sino que fue fortalecido por la fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que Él es poderoso para cumplir lo que había prometido (Rm 4, 20-21). Por su fe, estuvo esperando contra toda esperanza (Rm 4 18).

La fe de Abrahán es modelo de la fe cristiana. Lo que a él se le prometió se ha cumplido en nosotros al creer en Cristo, el cual fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación (Rm 4, 25). La fe en Cristo es plenamente suficiente para alcanzar la justificación. Jesucristo nos ha obtenido todo por medio de su muerte y su resurrección: por su muerte ha expiado nuestros pecados; su resurrección es la prueba de que Dios ha aceptado su expiación y, en consecuencia, restablecido el orden destruido por el pecado. Como dijo san Agustín: No es gran cosa creer que Cristo muriera; porque esto también lo creen los paganos y judíos y todos los inicuos; todos creen que murió. La fe de los cristianos es la Resurrección de Cristo; esto es lo que tenemos por cosa grande: el creer que resucitó.

Abrahán, apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza. No vaciló en la fe. La fe es don gratuito que Dios hace al hombre. La fe nos une con Dios. San Juan de la Cruz dice: La fe nos da y comunica al mismo Dios y Cuánto más fe el alma tiene, más unida está con Dios. Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios. Agradezcamos a Dios la fe recibida, a la vez que le pedimos con humildad, con la misma oración que emplearon los Apóstoles, acrecienta nuestra fe (Lc 17, 5).

El justo vive de la fe es una afirmación de san Pablo. Ésta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Jn 5, 4). La sociedad de nuestros días padece eclipse de Dios, pero los cristianos, con el optimismo que nos da la fe y afrontando generosamente las exigencias de la fe, la haremos más humana, más cristiana, más de Dios. Todo es posible para el que cree (Mc 9, 23). Si hay dificultades, mayor es el poder de Dios.

Por la fe, Abrahán, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas (Hb 11, 8-9). Se fió de Dios. También en el Nuevo Testamento ante la llamada de Jesús hay quienes se confían en el Señor y lo deja todo para seguirle. Es el caso de los apóstoles. En lossantos evangelios se narra la vocación de san Mateo. Al marchar Jesús de allí, vio a un hombre sentado al telonio, que se llamaba Mateo, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y le siguió (Mt 9, 9). Con estas pocas palabras, el mismo Mateo nos cuenta como fue su vocación, esa llamada divina, que es muestra de predilección por parte de Dios. San Mateo siguió a Cristo. Nunca jamás se arrepintió de esa decisión, de aceptar la invitación de Cristo. No pensó en lo que dejaba sino en lo que ganaba: la amistad con Dios. Ante la llamada de Dios, no se nos pide grandes cualidades, sino atención para escuchar y prontitud para corresponder. San Mateo nos da ejemplo de prontitud: Inmediatamente se levantó, dejándolo todo para seguir a Jesús que le había invitado a seguirle. Vale la pena dejar todo por Cristo. Es cuestión de fe. Al final de su vida, san Juan Pablo II dijo a una multitud de jóvenes: Os doy mi testimonio: yo fui ordenado sacerdote cuando tenía 26 años. Desde entonces han pasado 56. Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, os puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio del hombre. ¡Merece la pena dar la vida por el Evangelio y por los hermanos!

Jesús llama a los que quiere, sin atenerse a las distinciones que hacían los fariseos. Llama a Mateo que es un publicano, cuyo oficio era considerado pecaminoso, ya que consistía en recaudar los impuestos de los judíos para la hacienda de los romanos. Lleno de gozo, Mateo invitó a Jesús a comer en su casa. Jesús aceptó la invitación. Estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos (Mt 9, 10). San Beda el Venerable hace considerar cómo con la conversión de Mateo se produjo un efecto multiplicador, idéntico al de la piedra arrojada al estanque de agua. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y bello presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores.

La presencia de publicanos y pecadores provocó el escándalo de los fariseos, que criticaron duramente la actitud de Jesús. Los fariseos, al ver esto, empezaron a decir a sus discípulos: “?Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores?” (Mt 9, 11). Pero esta actitud es señal inequívoca de que Cristo no excluye a nadie de su amistad. El Señor respondió a los fariseos diciéndoles: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Id y aprended que sentido tiene: “Misericordia quiero y no sacrificio”; porque no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores (Mt 9, 12-13). La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador.

Nuestro Señor, por medio de las palabras del profeta Oseas, identifica su conducta misericordiosa hacia los pecadores con la actitud de Dios mismo hacia ellos. Nadie debe desanimarse al verse lleno de miserias: reconocerse pecador es la única actitud justa ante Dios. Jesús ha venido a buscar a todos, pero el que se considera justo -como el fariseo de la parábola-, por ese mismo hecho, está cerrando las puertas a Dios, porque en realidad todos somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios.

Santa María nos da ejemplo de fe aceptando la palabras de Dios. Por eso es bienaventurada por haber creído.

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