Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección vigésima novena. Ezequías, Manasés y Josías

Lección vigésima novena

Ezequías, Manasés y Josías

¿En qué años reinó Ezequías en Judá? Ezquías fue rey de Judá entre los años 726 al 697 antes de Cristo Cuando comenzó a reinar tenía veinticinco años, y reinó en Jerusalén veintinueve años. Hizo lo recto a los ojos del Señor, tal como lo había hecho su padre David (2 R 18, 3). Es el juicio positivo que hacen de Ezequías los autores de los libros 2 Reyes y 2 Crónicas.

¿Fue piadoso Ezequías? Sí. Fue un rey según el corazón de Dios. Llevó a cabo la reforma religiosa que abarcaba los aspectos más importantes del culto. Así, al comienzo de su reinado procedió a la reapertura del Templo que había cerrado su antecesor Ajaz. Además llevó a cabo la purificación del Templo, ofreciendo sacrificios al Señor en expiación por los pecados de Judá y de todo Israel. También restableció el culto y la celebración solemne de la Pascua en todo el país, que había caído en el olvido desde mucho tiempo. Acometió lo que ninguno de sus antecesores se había atrevido a hacer: la destrucción de todo lo idolátrico. Y reorganizó el servicio de los sacerdotes en el Templo. Todo lo hizo para buscar de todo corazón a Dios (2 Cro 31, 21). Y aunque tuvo algunas flaquezas, supo arrepentirse y humillarse ante Dios.

¿Narra la Sagrada Escritura alguna de estas flaquezas? Sí. Hay un momento en que Ezequías no fue agradecido con Dios, que le había curado de una grave enfermedad. Ezequías enfermó de muerte, y el profeta Isaías, hijo de Amós, fue a visitarle y le dijo: “Ordena tu casa, porque morirás tú y no vivirás”. Volvió Ezequías el rostro a la pared, y oró al Seño diciendo: “Te ruego, Señor, que recuerdes que he caminado en tu presencia con sinceridad, y con perfecto corazón, y que he hecho lo que era bueno a tus ojos”. Y rompió a llorar con grande llanto. Luego habló el Señor a Isaías y le dijo: “Vuelve a Ezequías y dile: esto dice el Señor, Dios de tu padre David: He oído tu oración y he visto tus lágrimas. Sabe que te añadiré otros quince años de vida; y libraré del poder del rey de los asirios a ti y a esta ciudad, y la protegeré, dice el Señor Todopoderoso” (Is 36, 1-6). Y así fue. Pero Ezequías no correspondió al beneficio recibido, sino que se enorgulleció su corazón y atrajo el furor divino sobre él, sobre Judá y sobre Jerusalén. Sin embargo, Ezequías se humilló de la soberbia de su corazón y con él todos los habitantes de Jerusalén, y no recayó sobre ellos el furor del Señor durante la vida de Ezequías (2 Cro 32, 25-26).

¿Tuvo prosperidad Ezequías? Sí. Tuvo abundante riqueza y buena fama. Se construyó depósitos para el oro, la plata y las piedras preciosas, para los aromas, los escudos y para todos los objetos de valor. Y también almacenes para la cosecha de trigo, de mosto y de aceite; establos para toda clase de animales, y apriscos para el ganado. Además, se construyó ciudades y adquirió ganado mayor y menor en abundancia, porque Dios le había concedido gran cantidad de bienes. Fue él quien cegó la salida superior de las aguas de Guijón y las desvió por un canal subterráneo hacia Jerusalén. Y tuvo éxito en todas sus empresas.

¿Y en el terreno político y bélico? Ezequías presenció la caída del reino del Norte y la cautividad de Israel. Entretanto el rey de Asiria, Sargón II, afianzado en el trono, emprendió una serie de conquistas, pero habiendo sido vencido a orillas del Tigris por los reyes de Babilonia y de Elam, se le sublevaron todos los pueblos de Occidente, entre ellos el reino de Judá, sostenidos por el rey de Egipto. Con las victorias de Carcar, sobre los sirios, y de Rafia, sobre egipcios y filisteos, el rey de Asiria logró someter de nuevo a los pueblos sublevados. Después, mientras guerreaba contra las tribus de Armenia, Merodac-Baladán, rey de Babilonia, fomentó una nueva rebelión de egipcios, judíos y filisteos, que cesaron de pagar el tributo a Asiria. Entonces, el rey de Asiria entró en el reino de Judá, se apoderó de las plazas fuertes principales, pero no atacó a Jerusalén porque Ezequías se sometió.

Cuatro años después de conquistar Babilonia, el rey Sargón fue asesinado en su palacio de Nínive. Era el año 705 antes de Cristo. Le sucedió su hijo Senaquerib, que se vio obligado a reconquistar casi todas las provincias del imperio asirio, sublevadas a la muerte de su padre. Resolvió Senaquerib destruir el reino de Judá, como su padre había destruido el de Israel. Al frente de un ejército formidable se apoderó de todas las ciudades de Judá, con excepción de Jerusalén. El rey asirio, dando por descontado su completo triunfo sobre Ezequías, se dirigió contra los filisteos, tomó Ascalón y cerca de Ecrón venció a los egipcios que habían acudido en ayuda de los judíos, filisteos y otros pueblos palestinos.

Mientras tanto, Ezequías hizo los preparativos que exigían las circunstancias para salvar Jerusalén; y estando preparando la defensa de la ciudad de David, recibió una carta de Senaquerib, en la que insultaba al Señor, Dios de Israel, en estos términos: Como los dioses de las naciones de la tierra que no libraron a sus pueblos de mi mano, así es el Dios de Ezequías que tampoco podrá librar a su pueblo (2 Cro 32, 17). Y cuando Senaquerib hubo sometido a todos los pueblos comarcanos, se dirigió contra Jerusalén, enviando por delante unos emisarios. Los emisarios gritaban en lengua judía al pueblo de Jerusalén, que estaba en lo alto de la muralla, con el fin de atemorizarlo y desmoralizarlo, y así poder ocupar la ciudad. Hablaban del Dios de Jerusalén como de los dioses de los pueblos de la tierra, que son obra de manos humanas (2 Cro 32, 18-19). Entonces, Ezequías, como hombre piadoso que era, y el profeta Isaías suplicaron a Dios, llenos de confianza en el poder de Dios. Sus esperanzas no quedaron defraudadas, pues el Señor envió un ángel que exterminó a todos los guerreros, a los príncipes y a los jefes del campamento del rey de Asiria; éste se tuvo que volver avergonzado a su país. Y cuando entraba en el templo de su dios, algunos de sus hijos, salidos de sus entrañas, lo mataron a espada. Así el Señor salvó a Ezequías y a los habitantes de Jerusalén de la mano de Senaquerib, rey de Asiria, y de todos los demás enemigos, y les concedió paz en sus alrededores. Entonces muchos trajeron a Jerusalén ofrendas al Señor y objetos valiosos para Ezequías, rey de Judá, que con todo esto alcanzó gran prestigio ante todos los pueblos (2 Cro 32, 21-23).

¿Fue Isaías uno de los grandes profetas? Sí. Es uno de los cuatro profetas mayores. Era de la familia de David, y comenzó a profetizar durante el reinado de Ajaz. Pero principalmente profetizó durante el reinado de Ezequías. El libro de Isaías es el libro del Antiguo Testamento más citado en el Nuevo, después del libro de los Salmos. El profeta Isaías anunció con más claridad que ningún otro escrito profético a Jesucristo y la economía de la salvación cristiana. San Agustín dijo de Isaías: Este profeta, entre las reprensiones que hace, las instrucciones que da y las amenazas futuras que anuncia al pueblo pecador, profetizó sobre Cristo y la Iglesia muchas más cosas que los otros profetas. Tan es así, que algunos dicen que es más evangelista que profeta (De civitate Dei 18, 29, 1). Además de las profecías mesiánicas, también profetizó sobre otras cosas, por ejemplo, vaticinó la destrucción de los reinos de Israel y de Judá, y la cautividad de Babilonia.

¿Cuáles son las más conocidas profecías mesiánicas de Isaías? Una de ellas es la concepción virginal de Jesús y la divinidad del Mesías. El evangelista san Mateo, al escribir sobre el nacimiento de Jesús, cita al profeta Isaías: Mirad, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros (Mt 1, 23). Y otra es la descripción profética de la Pasión del Señor, que está recogida en los Poemas del Siervo de Yavé.

¿Qué dijo en concreto Isaías sobre la Pasión de Cristo? Entregué mis espaldas a los que me azotaban, y mis mejillas a los que mesaban mi barba; no retiré mi rostro de los que me escarnecías y escupían (Is 50, 5-6). Su aspecto parecía sin apariencia humana, y en una forma despreciable entre los hijos de los hombres (Is 52, 14). No hay buen parecer en él, ni hermosura; le hemos visto, y nada hay que atraiga nuestros ojos. Despreciado, el desecho de los hombres, varón de dolores, experimentado en el sufrimiento; y su rostro como cubierto de vergüenza y afrentado; por lo que no hicimos ningún caso de él. Tomó sobre sí nuestras dolencias, y cargó con nuestras penalidades; y nosotros le reputamos como leproso, y como un hombre herido por Dios y humillado. Por causa de nuestras iniquidades fue él llagado, y despedazado por nuestros pecados; el castigo de nuestras culpas sobre él recayó y con sus llagas fuimos sanados. Como ovejas descarriadas éramos todos nosotros: cada cual se desvió por su camino, y el Señor cargó sobre sus hombros la iniquidad por todos nosotros. Se ofreció porque él mismo lo quiso. Fue maltratado, pero él se humilló, y no abrió su boca; conducido fue a la muerte, como oveja va al matadero, y no abrió siquiera su boca como cordero que está mudo delante del que lo trasquila. Sin defensa y sin justicia fue condenado y sobre su suerte, ¿quién la contará?, porque fue arrancado de la tierra de los vivientes; por las maldades de su pueblo ha sido condenado a muerte. E hicieron su sepultura con el malvado, y con el rico su sepulcro, aunque él no hizo maldad, ni hubo engaño en su boca. Quiso el Señor consumirlo con el sufrimiento; ofreciendo su vida por el pecado, verá una descendencia larga, prolongará sus días y por él se cumplirá la voluntad del Señor. Por cuanto padeció, verá el fruto de los afanes de su alma, y quedará saciado. Con sus sufrimientos, mi siervo justificará a muchos al cargar sobre sí los pecados de ellos. Por esto, le daré como porción suya una gran muchedumbre, y repartirá los despojos de los fuertes, porque entregó su vida a la muerte y con los malvados fue contado; tomó sobre sí los pecados de todos y rogó por los transgresores (Is 53, 2-12).

A partir de la muerte de Jesús en la cruz y de la resurrección del Señor, los Apóstoles entendieron que en Cristo se habían cumplido las profecías de Isaías. El evangelista san Mateo lo dice expresamente al recordar cómo actuaba Jesús curando y ocultando su gloria: Para que se cumpliera el anuncio del profeta Isaías: “He aquí a mi siervo, a quien elegí; mi amado, en quien mi alma se complace. Haré descansar mi espíritu sobre él y anunciará el derecho a las gentes. No disputará ni gritará, nadie oirá su voz en las plazas. La caña cascada no la quebrará y no apagará la mecha humeante hasta hacer triunfar el derecho; y en su nombre pondrán las naciones su esperanza” (Mt 12, 16-21). En el mismo sentido, al narrar la pasión del Señor, los evangelistas parece que tienen delante los poemas del Siervo sufriente para mostrar el valor expiatorio de la muerte de Cristo.

¿A quién reprendió más Isaías? Al rey Manasés, hijo y sucesor de Ezequías, por las muchas impiedades que cometía.

¿Tan impío fue Manasés? Manasés fue el rey que más tiempo reinó en Judá, cuarenta y cinco años en el trono. Desde el punto de vista religioso su reinado hay que calificarlo de funesto, pues fue totalmente contrario a la reforma que había emprendido Ezequías. Hizo lo malo a los ojos del Señor según las abominaciones de los gentiles que el Señor había arrojado delante de los israelitas. Volvió a edificar los lugares altos que había destruido su padre Ezequías. Levantó altares a Baal y construyó una Aserá como había hecho Ajab, rey de Israel. Adoró a todo el ejército del cielo y le tributó culto (2 R 21, 2-3). Entre sus impiedades están: Hizo pasar a su hijo por el fuego. Echó conjuros y practicó magia negra. Nombró nigromantes y adivinos. Se prodigó en hacer lo malo a los ojos del Señor para irritarle (2 R 21, 6).

Tan desastroso fue reinado que por su causa Dios decidió la ruina de Jerusalén. Manasés derramó además muchísima sangre inocente, hasta llenar Jerusalén de un extremo a otro; esto sin contar el pecado que hizo cometer a Judá haciendo lo malo a los ojos del Señor (2 R 21, 16). Según la tradición judía, entre la sangre inocente derramada por Manasés está la del profeta Isaías. Así aparece en un libro no inspirado conocido como La ascensión de Isaías, en el que narra que irritado el rey contra el profeta porque éste le reprendía sus impiedades, ordenó aserrarlo con una sierra de madera.

¿Se hizo esperar el castigo del cielo? No. El Señor castigó a Manasés poniendo Jerusalén y a su rey en manos de los babilonios, que llevaron a Manasés atado con cadenas a Babilonia. El Señor habló por medio de los profetas diciendo: A causa de las abominaciones que ha cometido Manasés, rey de Judá, peores que las que cometiron antes que él los amorreos, y por haber hecho pecar de idolatría incluso a Judá, por eso dice el Señor, Dios de Israel: “He aquí que voy a traer tal desgracia sobre Jerusalén y Judá que a cuantos la escuchen les zumbarán los oídos. Extenderé sobre Jerusalén el cordel de Samaría y la plomada de Ajab, limpiaré a Jerusalén como se limpia un vaso que se friega y se vuelve boca abajo. Desecharé el resto de mi heredad y los entregaré en manos de sus enemigos. Serán objeto de despojo y rapiña para todos sus enemigos, porque hicieron lo malo a mis ojos y se convirtieron en mis irritadores, desde el día en que sus padres salieron de Egipto hasta hoy” (2 R 21, 11-15).

¿Se convirtió Manasés? Sí. Estando cautivo en Babilonia se convirtió de sus pecados. Al verse angustiado trató de aplacar el rostro del Señor, su Dios; se humilló ante el Dios de sus padres, y le suplicó. El Señor se conmovió y escuchó su plegaria; le hizo volver a Jerusalén para seguir reinando. Así Manasés reconoció que el Señor es Dios (2 Cro 33, 12-13). Al volver a Jerusalén, Manasés restableció el culto del verdadero Dios y reinó en esforzándose en reparar los males que había hecho a su pueblo.

¿Cuál fue la plegaria de Manasés? Hay una Oración de Manasés, que es un salmo apócrifo, breve. Es una plegaria piadosa que trata sobre la infinita compasión de Dios y la eficacia del verdadero arrepentimiento. He pecado, Señor, he pecado y mis faltas yo conozco, pero Te pido suplicante: ¡Aparta de mí tu enojo, Señor, aparta de mí tu enojo, y no me hagas perecer junto a mis faltas ni, eternamente resentido, me prestes atención a las maldades ni me condenes a los abismos de la tierra! Porque Tú eres, Señor, el Dios de los que se arrepienten y en mí mostrarás tu bondad ya que aun siendo indigno, me salvarás conforme a tu mucha misericordia.

¿Hay algún de particular relieve durante el reinado de Manasés? Sí. El asedio de la ciudad de Betulia por parte del general asirio Holofernes, y el desenlace del mismo, gracias a Judit. La historia está contada en el libro de Judit. Este libro tiene muchos anacronismos y nombres simbólicos como la ciudad misma, Betulia, que no aparece en ningún otro lugar. Por esta razón no parece que pueda considerarse un libro histórico en sentido estricto.

¿Cuál es esa historia? Un poderoso ejército asirio mandado por el general Holofernes se dirigía a Jerusalén y que, antes de llegar a la capital del reino de Judá, puso asedio a la ciudad de Betulia. Los israelitas, atemorizados, invocaron la protección de Dios. La larga duración del asedio lleva a los habitantes de Betulia a una situación desesperada al borde de la rendición. Ante esta situación tan dramática, una piadosa viuda, joven aún y de buena apariencia y muy hermosa, después de rezar confiadamente a Dios, pidiendo la ayuda del cielo para llevar a cabo un plan audaz y peligroso que ha pensado para salvar a su pueblo, salió con su doncella de la ciudad sitiada y se dirigió al campamento enemigo; allí logró tener acceso hasta Holofernes. Éste se asombró de la belleza de Judit, y organizó un banquete, y le dijo al eunuco que estaba al mando de todos sus asuntos: Anda y convence a la mujer hebrea que está contigo para que venga aquí y coma y beba con nosotros. Sería una vergüenza para nuestra reputación si despedimos a una mujer como ella sin haber disfrutado de su compañía; porque si no la seducimos se burlará de nosotros (Jdt 12, 11-12). El eunuco, llamado Bagoa, comunicó a Judit la invitación que le había hecho Holofernes, y Judit le dijo: ¿Quién soy yo para oponerme a mi señor? Haré enseguida todo lo que sea de su agrado; y esto será mi alegría hasta el día de mi muerte (Jdt 12, 14).

Judit acudió al banquete ataviada con sus mejores galas y se puso todos los adornos femeninos. Cuando Judit entró en el lugar que se celebraba el banquete, Holofernes quedó fascinado por ella, su alma se turbó y se llenó de deseos de estar con ella, porque desde el día en que la vio buscaba la ocasión de seducirla (Jdt 12, 16). Judit comió y bebió lo que su doncella le había preparado, sin beber del vino del banquete. Holofernes se alegró por su presencia y bebió muchísimo vino, tanto como no había bebido nunca en un solo día desde que nació (Jdt 12, 20). Bebió tanto hasta perder el sentido. Por el contrario, la heroína hebrea fue austera en medio de aquel ambiente relajado y sensual. Y comentó san Ambrosio este detalle de austeridad: ¿Qué diré de la sobriedad? Pues si Judit hubiese bebido, habría dormido con el adúltero, pero como no bebió, la sobriedad de una sola pudo, sin dificultad, vencer y ganar a los ejércitos ebrios (De viduis 7, 40).

¿Cómo fue esa victoria? Después de la orgía, cuando se hizo de noche, los comensales se retiraron a sus tiendas, y Holofernes se fue a la suya. Todos se fueron a la cama cansados por la gran cantidad de vino que habían bebido. En la tienda sólo se quedó Judit con Holofernes, que estaba tendido sobre su cama saturado de vino. Entonces Judit mandó a su doncella que permaneciera fuera de su dormitorio y vigilara su salida como todos los días, porque le había dicho que iba a salir para hacer su oración. También se lo había mencionado a Bagoa. Todos se habían marchado de allí y nadie, pequeño o grande, se había quedado en el dormitorio. Judit, de pie a lado de la cama de Holofernes, dijo en su corazón: “Señor, Dios de todo poder, mira en esta hora la obra de mis manos para glorificación de Jerusalén; porque ahora es el momento de preservar tu heredad y de dar cumplimiento a mi propósito de destruir a los enemigos que se han levantado contra nosotros”. Luego se acercó a la columna de la cama que estaba junto a la cabeza de Holofernes, descolgó de allí su alfanje, se arrimó a la cama, y, agarrándole por el cabello, dijo: “Dame fuerza, Señor, Dios de Israel, en el día de hoy”. Entonces con toda su fuerza le asestó dos golpes en el cuello y le cortó la cabeza. A continuación hizo rodar su cuerpo fuera del lecho y arrancó la cortina de las columnas. Poco después salió y entregó la cabeza de Holofernes a su doncella, que la escondió en la alforja de los alimentos. Las dos salieron juntas, como de costumbre, para hacer oración. Atravesaron el campamento, rodearon aquel valle, subieron la ladera del monte de Betulia y llegaron a las puertas de la ciudad (Jdt 13, 1-10). Ya dentro de la ciudad, Judit mostró la cabeza de Holofernes. Todo el pueblo se llenó de asombro y alabaron a Dios diciendo: ¡Bendito seas, Dios nuestro, que has aniquilado en el día de hoy a los enemigos de tu pueblo! (Jdt 13, 12). Los asirios, viéndose privados de su jefe, fueron presa del pánico y del miedo, y se dieron a la fuga.

¿Hay algunas analogías entre Judit y la Virgen María? Sí. Ozías, uno de los jefes de la ciudad, dijo a Judit: Bendita seas tú de parte de Dios altísimo, hija, por encima de todas las mujeres de la tierra, y bendito sea Dios, que creó los cielos y la tierra, que te ha guiado para herir en la cabeza al príncipe de nuestros enemigos. Porque la esperanza que tú has tenido no se alejará del corazón de los hombres que se acuerden para siempre del poder de Dios. Que Dios te conceda esto para exaltación eterna, que te llene de bienes, ya que no dudaste en poner en peligro tu vida a causa de la humillación de nuestro pueblo, sino que nos has librado de nuestra perdición portándote rectamente delante de nuestro Dios (Jdt 13, 18-20). Las palabras de bendición pronunciadas por Ozías en las que alude a que ha herido la cabeza del enemigo, contienen una cierta referencia al protoevangelio –Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; y éste te aplastarás la cabeza (Gn 3, 15)-. También por este motivo, en la tradición cristiana se han subrayado las analogías entre Judit y María Santísima. Por ejemplo, el paralelismo entre la bendición de Ozías: Bendita tú, de parte de Dios Altísimo, hija, por encima de todas las mujeres, y bendito Dios, que creó los cielos y la tierra; y la bendición de santa Isabel: Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1, 42). Además, el libro de Judit se usa en la liturgia de la Iglesia en las fiestas de la Virgen María.

¿Quién sucedió a Manasés? Su hijo Amón, que hizo todo lo malo que había hecho su padre antes de su conversión. Dio culto a los ídolos, adorándolos; abandonó al Señor, Dios de sus padres, y no anduvo por los caminos del Señor. El reinado de Amón fue breve, dos años, pues sus servidores urdieron una trama contra él y le mataron en su palacio. Pero el pueblo llano hirió a todos los que habían conspirado contra el rey Amón, y en su lugar proclamó rey a su hijo Josías (2 R 21, 24).

¿Siguió Josías los pasos de Amón, su padre? No. Obró con rectitud a los ojos del Señor y siguió en todo los caminos de David, su padre, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda. En el año octavo de su reinado, cuando todavía era un muchacho, comenzó a buscar al Dios de David, su padre (2 Cro 34, 2-3). Fue muy piadoso. Siguió al Señor de todo corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, siguiendo en todo la ley de Moisés. Con gran celo comenzó las reformas religiosas, destruyendo los ídolos esculpidos y fundidos y los lugares del culto idolátrico. Además, durante se reinado tuvo lugar el hallazgo del libro de la Ley. La mayor alabanza que hace la Sagrada Escritura de Josías es el de haber seguido fielmente el modelo davídico. Como correspondía a un rey piadoso, la primera preocupación de Josías fue reparar el Templo en el que habita el Señor, bastante necesitado de ser restaurado, después de los excesos cometidos por Manasés.

¿Qué otros hechos son destacables en el reinado de Josías? La renovación de la Alianza. Estando el rey en el Templo del Señor junto con todos los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, desde el más pequeño al mayor, estableció la alianza ante el Señor, comprometiéndose a caminar tras el Señor y guardar sus mandamientos, preceptos y leyes con todo el corazón y toda el alma; y a cumplir las palabras escritas en el Libro de la Alianza.

También hay que señalar la celebración de la Pascua. Josías dio órdenes a todo el pueblo diciendo: “Celebrad la Pascua en honor del Señor, Dios nuestro, según está escrito en este libro de la alianza”. Pues no había sido celebrada una Pascua como ésta desde los días en los que jueces gobernaban Israel, ni durante el tiempo de los reyes de Israel ni de los de Judá. Solamente el año decimoctavo del rey Josías fue celebrada esta Pascua en Jerusalén en honor del Señor (2 R 23, 21-23).

¿Cómo murió Josías? En pleno combate. En sus días el faraón Necó, rey de Egipto, subió en ayuda del rey de Asiria hasta el río Éufrates. El rey Josías fue a su encuentro y aquél le mató en Meguido, en cuanto lo vio. Sus siervos lo subieron muerto al carro, lo llevaron de Meguido a Jerusalén, y lo enterraron en su sepulcro (2 R 23, 29-30). Todo Judá y Jerusalén hicieron duelo por Josías. El profeta Jeremías compuso una elegía por él. Todos los cantores y cantoras siguen recordando a Josías hasta el día de hoy en sus elegías; se han transmitido como tradición y están escritas en las lamentaciones (2 Cro 35, 24-25).

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