Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima primera. Apogeo y ruina del imperio babilónico

Lección trigésima primera

Apogeo y ruina del imperio babilónico

¿Cómo comienza el libro del profeta Daniel? El libro de Daniel comienza contando cómo Daniel, uno de los jóvenes judíos deportados a Babilonia, y tres compañeros suyos (Ananías, Misael y Azarías) entraron al servicio del rey Nabucodonosor II. Y cómo reciben de Dios una sabiduría extraordinaria. Además, el Señor concedió a Daniel la capacidad de interpretar visiones y sueños.

En el libro de este profeta buena parte del contenido es más legendario que histórico, por lo que conviene tener cierta cautela a la hora de tomar todo lo narrado como histórico. Por ejemplo, en el capítulo 6, donde se narra el episodio de Daniel en el foso de los leones, aparece Darío el Medo. De este personaje no hay noticia alguna en la historia. El hecho de contar este episodio es una forma de recalcar cómo Dios salva a los que cumplen las exigencias de la religión judía.

¿Cuál fue el primer sueño que interpretó Daniel? Nabucodonosor tuvo un sueño que le llenó de preocupaciones, pues no consiguió recordarlo, y le dejó un poco trastornado. Llamó a los magos, astrólogos y adivinos de su imperio, y ninguno de ellos supo decirle al rey cuál era su sueño y la interpretación del mismo. Entonces Daniel, después de haber invocado al Señor, se presentó ante el rey para darle a conocer el sueño y su interpretación. Tú, oh rey, estabas mirando y apareció una gran estatua. Era una estatua enorme; su brillo extraordinario resplandecía ante ti, y su aspecto era terrible. Aquella estatua tenía la cabeza de oro fino, el pecho y los brazos de plata, el vientre y los muslos de bronce, las piernas de hierro, y los pies parte de hierro y parte de barro. Seguías mirando hasta que una piedra se desprendió sin intervención de mano alguna, golpeó la estatua sobre los pies de hierro y de barro, y los hizo pedazos. Entonces se hicieron pedazos a la vez el hierro, el barro, el bronce, la plata y el oro, y fueron como el tamo de una era en verano; el viento se los llevó y desaparecieron sin dejar rastro. Y la piedra que golpeó la estatua se convirtió en una montaña y llenó toda la tierra (Dn 2, 31-35).

¿Cuál la interpretación que le dio a ese sueño? Daniel continuó diciendo: Éste es el sueño: su interpretación la vamos a exponer al rey. Tú, majestad, eres rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha entregado el reino, el poder, la fuerza y la gloria, y en cuyas manos ha puesto todo lugar donde habitan los hombres, las bestias del campo y las aves del cielo; tu dominio se extiende sobre todos ellos. Tú eres la cabeza de oro. En tu lugar se establecerá después otro reino inferior a ti; y luego otro tercer reino de bronce, que dominará toda la tierra. Habrá después un cuarto reino, fuerte como el hierro; y lo mismo que el hierro rompe y machaca todo, como hierro demoledor él romperá y triturará a todos ellos. Los pies y dedos que viste, parte de barro de alfarero y parte de hierro, será un reino dividido, pero que tendrá la fuerza del hierro, porque viste hierro mezclado con barro de arcilla. Como los dedos de los pies, parte de hierro y parte de barro, parte del reino será fuerte y parte será débil. Como viste el hierro mezclado con barro de arcilla, así se mezclarán ellos mediante descendencia humana, pero no llegarán a unirse el uno con el otro, lo mismo que el hierro no se fusiona con el barro. En los días de esos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que nunca será destruido, y ese reino no pasará a otro pueblo; destruirá y acabará con todos los demás reinos, y él permanecerá por siempre. Tal como viste que de la montaña se desprendió una piedra sin intervención humana, y que destrozó el hierro, el bronce, el barro, la plata y el oro, así el Gran Dios da a conocer al rey lo que sucederá después de esto. El sueño es verdadero y la interpretación cierta (Dn 2, 36-45). Apenas acabó de hablar Daniel, el rey Nabucodonosor cayó rostro en tierra, y exclamó: Verdaderamente vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de reyes, el que revela los secretos, pues tú fuiste capaz de desvelar este secreto (Dn 2, 47); y después colmó de honores a Daniel y a sus compañeros.

¿Cuál es el mensaje de la interpretación del sueño? La interpretación dada por Daniel anuncia que, tras los reinos de este mundo que se han ido sucediendo a lo largo de la historia, llegará un reino eterno instaurado por Dios mismo por encima de todas las posibilidades humanas. El cristiano ve aquí el reino de Cristo, si bien no se trata de un reino de carácter terreno y político sino espiritual, como dijo Jesús al procurador romano Poncio Pilato: Mi reino no es de este mundo (Jn 18, 36).

¿Gozaron siempre los compañeros de Daniel del favor real? No. Nabucodonosor era muy engreído y orgulloso. Con motivo de sus importantes victorias sobre sus enemigos se llenó de soberbia y se hizo representar por una estatua de oro, y mandó que la adorasen todos sus súbditos y vasallos. Un heraldo del rey proclamó: A vosotros, pueblos, naciones y lenguas, se os ordena: en el momento en que oigáis tocar el cuerno, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y toda clase de instrumentos, os postraréis y adoraréis la estatua que ha erigido el rey Nabucodonosor. Quien no se postre y adore será inmediatamente arrojado al horno encendido (Dn 3, 4-6). Pero Ananías, Misael y Azarías no se postraban ante la estatua, y por esto fueron acusados ante el rey. Hay unos hombres judíos a los que pusiste en la administración de la provincia de Babilonia, Sadrac, Mesac y Abed-Negó (estos eran los nuevos nombres de los compañeros de Daniel), y estos hombres no obedecen el decreto real, ni sirven a tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has erigido (Dn 3, 12). Entonces el rey mandó traer a los tres jóvenes hebreos y les preguntó por qué no adoraban la estatua de oro. Sadrac, Mesac y Abed-Negó contestaron al rey Nabucodonosor diciendo: “Nosotros no necesitamos darte respuesta sobre esto. Si existe nuestro Dios, al que adoramos, Él puede librarnos del horno encendido, y Él nos librará, oh rey de tus manos. Y si no lo hiciera, que te conste, majestad, que nosotros ni servimos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido” (Dn 3, 16-18). Ante esta respuesta, el rey ordenó que los tres jóvenes fueran arrojados al horno. Pero un ángel del Señor los preservó del fuego, de modo que andaban por medio de las llamas bendiciendo a Dios y cantando alabanzas. En vista de tal prodigio, dispuso Nabucodonosor que los sacasen del horno, y glorificó al Dios de Israel.

¿Castigó Dios la soberbia de Nabucodonosor? Sí. Mientras Nabucodonosor II se hacía adorar como una divinidad, tuvo Daniel el valor necesario para anunciarle que algún día habría de verse reducido a la condición de las bestias, y obligado a separarse de las personas por algún tiempo. Y tal como lo profetizó Daniel, ocurrió. Al cabo de doce meses estaba paseando el rey por el palacio real de Babilonia y contemplaba la magnificencia de las obras que había mandado hacer en la capital de su reino, mientras decía: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo he edificado para residencia real conforme a la grandeza de mi poder y según la gloria de mi majestad? (Dn 4, 27). Todavía estaba Nabucodonosor autoensalzándose cuando oyó una voz del cielo, diciéndole: A ti te hablan, rey Nabucodonosor. Se te ha quitado el reino. Te apartarán de los hombres y vivirás con las bestias del campo; te darán a comer hierba como a los toros, y así pasarás siete años hasta que reconozcas que el dominio del Altísimo está por encima del reinado de los hombres y que Él lo da a quien quiere (Dn 4, 28-29). Y al instante se cumplió esta palabra. Nabucodonosor fue alejado de los hombres, comía hierba como los toros y su cuerpo se empapaba del rocío del cielo, hasta que el cabello le creció como las plumas de las águilas, y las uñas como las de las aves (Dn 4, 30). Sin embargo, al cabo de un tiempo recobró la razón, se humilló ante Dios, y volvió a ocupar el trono, reinando a partir de entonces con más esplendor que antes.

¿Por qué Daniel fue arrojado a un foso con leones? Un sucesor de Nabucodonosor, Darío el Medo, viendo cómo Daniel sobresalía entre los ministros y los sátrapas porque poseía un espíritu superior, pensó ponerlo al frente de todo el reino. Entonces los cortesanos acusaron a Daniel de no obedecer las leyes del rey. Éste, que apreciaba mucho a Daniel, cuando oyó la acusación se disgustó mucho, y se puso a pensar la manera de salvarlo, pues la pena por no obedecer los decretos reales era ser arrojado al foso de los leones. Pero los acusadores le dijeron al rey: Sabes, majestad, que la ley de medos y persas es que cualquier prohibición o decreto que el rey haya establecido no se puede cambiar (Dn 6, 16). Entonces el rey, muy a pesar suyo, mandó que Daniel fuera arrojado al foso de los leones. Pero Dios preservó a Daniel de las garras de los leones, enviando un ángel que cerró las fauces de aquellas fieras. Al cabo de siete días, el rey vio con asombro vivo a Daniel, sin ningún rasguño, porque había confiado en Dios. Luego ordenó el rey que los calumniadores fueron arrojados al foso de los leones y no habían llegado aún al suelo del foso y ya los leones los habían atrapado y triturado todos sus huesos.

En vista de este milagro, el rey Darío escribió a todos los pueblos, naciones y lenguas que pueblan toda la tierra: Que aumente vuestra paz. De mi parte queda establecido el decreto de que en todos los dominios de mi reino se tiemble y se tema ante el Dios de Daniel. Él es el Dios vivo, que permanece por los siglos. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta el fin. Él salva y libra, hace prodigios y milagros en el cielo y en la tierra. Él salvó a Daniel del poder de los leones (Dn 6, 26-28). Después de este suceso, Daniel prosperó en el reinado de Darío y en el reinado de Ciro el Persa.

¿Cómo fue la ruina de Babilonia? Al poderoso imperio babilónico le llegó la hora de su fin, de ser destruido, cuando Ciro, rey de Persia, después de haber conquistado los reinos de Media y Lidia, dirigió sus ejércitos contra el de Babilonia. En el año 539 antes de Cristo el rey Nabónido fue vencido y capturado en Borsipa, ciudad caldea. Baltasar (en el libro de Daniel figura como rey, aunque sólo era gobernador de Babilonia) tomó las riendas del poder y creyéndose seguro detrás de las fortificadas murallas de la capital, descuidó la defensa de la ciudad, pues no se preocupaba más en placeres y orgías.

En un gran banquete que dio Baltasar a sus nobles, se puso a beber vino. Bajo el efecto del vino, Baltasar mandó traer los vasos de oro y plata que su padre; Nabucodonosor, se había llevado del Templo de Jerusalén, y que bebieran en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. Cuando trajeron los vasos de oro que se habían llevado de Templo de Jerusalén, bebieron en ellos el rey, sus nobles, sus mujeres y sus concubinas. Bebían vino y alababan a sus dioses de oro y plata, de bronce y de hierro, de madera y piedra. En aquel momento aparecieron unos dedos de mano humana y escribieron frente al candelabro sobre el revoque del muro del palacio real; y el rey veía la palma de la mano que iba escribiendo. Entonces el semblante del rey palideció y sus pensamientos le turbaron; las articulaciones de las caderas se le aflojaron y las rodillas le chocaban una contra otra (Dn 5, 2-6). Aterrorizado Baltasar mandó llamar a los sabios de Babilonia, pero ninguno supo siquiera leer aquel misterioso escrito.

Entonces se acordó de Daniel, y le hizo comparecer. Una vez en su presencia, Baltasar le dijo a Daniel: He oído acerca de ti que puedes dar interpretaciones y resolver problemas; pues bien, si logras leer lo escrito y darme a conocer su interpretación, vestirás de púrpura, llevarás al cuello un collar de oro y serás el tercero en autoridad en el reino (Dn 5, 16). Daniel rechazó todos aquellos honores y le dijo a Baltasar: Yo leeré al rey lo escrito y le daré a conocer su interpretación (Dn 5, 17). Y después de recordarle a Baltasar la conducta soberbia del rey Nabucodonosor y su castigo hasta que reconoció el dominio del Dios Altísimo, le dijo: Te has alzado contra el Señor del cielo y te han traído los vasos de su Templo, y tú, tus nobles, tus mujeres y tus concubinas habéis bebido vino en ellos. Has ensalzado a dioses de plata y de oro, de bronce y de hierro, de madera y de piedra, que ni ven, ni oyen, ni conocen; mientras que al Dios en cuyas manos está tu vida y al que pertenecen todos tus caminos no lo has glorificado. Por eso, Él, por su parte, ha enviado la palma de esa mano que ha grabado el escrito. Éste es el escrito grabado: Mené, mené, teqel y ufarsin. Y la interpretación de las palabras es ésta: Mené: Dios ha contado los días de tu reinado y les ha señalado el final; Tequel: ha sido pesado en la balanza, y se te encuentra falto de peso; Ufarsin: tu reino ha sido dividido, y entregado a medos y persas (Dn 5, 23-28).

¿Se cumplió lo anunciado en aquellas misteriosas palabras? El terrible vaticinio se cumplió aquella misma noche, pues fue asesinado Baltasar. Y los persas, después de haber desviado las aguas del río Éufrates, penetraron en Babilonia por el cauce de aquel río, y se apoderaron de la ciudad. Poco tiempo después Ciro entró triunfalmente en la capital entre las aclamaciones del pueblo y de los sacerdotes, y presenció el asalto y la toma de la formidable ciudadela de Nabucodonosor II, que se resistía. Tomado el palacio real, el imperio de Babilonia pasó a manos de Ciro. Era el año 538 antes de Cristo.

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