Enseñanza del papa Francisco sobre los mandamientos

¿Cuál es el más importante de los mandamientos? Jesús no responde con una explicación, sino que usa la Palabra de Dios: ¡Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor. La confesión de Dios se realiza en la vida, en el camino de la vida; no basta decir: Yo creo en Dios, el único; sino que requiere preguntarse cómo se vive este mandamiento. En realidad, con frecuencia se sigue viviendo como si Él no fuera el único Dios y como si existieran otras divinidades a nuestra disposición: el peligro de la idolatría, la cual llega a nosotros con el espíritu del mundo. El camino del amor a Dios -amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma- es un camino de amor; es un camino de fidelidad. Al Señor le complace hacer la comparación de este camino con el amor nupcial. Y esta fidelidad nos impone expulsar los ídolos, descubrirlos, ocultos, en nuestra personalidad, en nuestro modo de vivir.

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No creáis que he venido a abolir la Ley o los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud… Jesús era práctico, hablaba siempre con ejemplos para hacer entender. Empieza por el quinto mandamiento: Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”. Pero yo os digo: todo el que se deja llevar por la cólera contra su hermanos será procesado. Las palabras pueden matar. Cuando se dice de una persona que tiene la lengua de serpiente, ¿qué se quiere decir? Que sus palabras matan. Por lo tanto, no sólo no hay que atentar contra la vida del prójimo, sino que tampoco hay que derramar sobre él el veneno de la ira y golpearlo con la calumnia. Ni tampoco hablar mal de él. Si cada uno de nosotros hiciese el propósito de evitar las críticas, al final llegaría a ser santo. Jesús propone a quien le sigue la perfección del amor: un amor cuya única medida es no tener medida (16.II.2014).

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Cuando el escriba se acercó a Jesús para preguntarle lo que, según él, es “el primero de todos los mandamientos” es probable que su intención no fuera tan inocente.

Hay que evaluar el comportamiento del hombre que se dirige a Cristo dando la impresión de “meterlo a la prueba”, si no es de “hacerlo caer en la trampa”.

Y cuando -a la cita bíblica de Jesús: “Escucha, oh Israel. El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno”-, el escriba responde aprobando, fijémonos sobre el comentario de Cristo: “No estás lejos del reino de Dios”. En esencia, con el “no está lejos”, Jesús quería decirle al escriba: “Sabes muy bien la teoría”, pero “todavía te falta una distancia hacia el Reino de Dios”, es decir, debes caminar para transformar en “realidad este mandamiento “, ya que “la confesión de Dios” se hace en el “camino de la vida”.

No basta decir: “Pero yo creo en Dios, Dios es el único Dios”. Está bien, pero ¿cómo vives este camino de vida? Porque podemos decir: “El Señor es el único Dios, solamente, no hay otro”, pero a la vez vivir como si Él no fuera el único Dios y tener otras deidades a nuestra disposición… Es el peligro de la idolatría: la idolatría que llega a nosotros con el espíritu del mundo. Y Jesús, en esto, era claro: el espíritu del mundo, no. Y en la Última Cena Jesús pide al Padre que nos defienda del espíritu del mundo, porque el espíritu del mundo nos lleva a la idolatría.

La idolatría es sutil, todos nosotros tenemos nuestros ídolos ocultos y el camino de la vida para llegar, para no estar lejos del Reino de Dios, implica descubrir los ídolos ocultos. Un comportamiento que ya se encuentra en la Biblia, se lee en el episodio en el que Raquel, mujer de Jacob, finge no tener consigo ídolos, los cuales ha llevado de la casa de su padre y los ha escondido detrás de su caballo. También nosotros lo hemos escondido en un caballo, nuestro… Pero tenemos que buscarle y debemos destruirlo, porque la única manera de seguir a Dios es la de un amor basado en la lealtad.

Y la lealtad, nos pide que ahuyentemos los ídolos, descubrirlos: están ocultos en nuestra personalidad, en nuestra forma de vida. Pero estos ídolos ocultos hacen que no seamos fieles en el amor. El apóstol Santiago, cuando dice: Quien es amigo del mundo, es enemigo de Dios, comienza diciendo: ¡Ustedes adúlteros! Nos reprocha, pero con el adjetivo: ¡adúlteros! ¿Por qué? Porque quien es “amigo” del mundo es un idólatra, ¡no es fiel al amor de Dios! El camino para no estar lejos, para avanzar en el Reino de Dios, es un camino de lealtad que se asemeja a la del amor conyugal.

Mientras que con las pequeñas idolatrías que tenemos, ¿cómo es posible no ser fiel a un amor tan grande? Para ello, es necesario confiar en Cristo, que es fidelidad plena y que nos ama tanto.

Podemos preguntarle ahora a Jesús: “Señor, tú que eres tan bueno, enséñame el camino para estar cada día menos lejos del Reino de Dios, aquella manera para ahuyentar todos los ídolos”. Es difícil, pero tenemos que empezar… Los ídolos ocultos en los muchos caballos que tenemos en nuestra personalidad, en nuestra forma de vida: mandar lejos el ídolo de lo mundano, que nos lleva a convertirnos en enemigos de Dios. Pidamos esta gracia en Jesús, hoy.

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