Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima tercera. Historia de Ester

Lección trigésima tercera

Historia de Ester

¿En qué libro de la Biblia está la historia de Ester? En el libro de Ester. En este libro se narra cómo Dios escuchó las oraciones de su pueblo y lo salvó del grave peligro surgido por una persecución que sus enemigos habían suscitado contra él. Dios se valió de Ester para que la amenaza de extinción que se cernía sobre los judíos desapareciera.

¿Sobre todos los judíos? No, sino sobre los que no habían regresado del destierro, pues no todos los judíos cautivos en Babilonia hicieron uso de la facultad de volver a su país. Muchos se quedaron definitivamente en aquella tierra extranjera. Entre éstos estaban Mardoqueo, de la tribu de Benjamín, y su sobrina Ester. Habitaban los dos en la ciudad de Susa, capital de Persia, y eran fieles observantes de la Ley de Moisés.

¿Quién era Ester? Una joven judía, huérfana de padre y madre, que había sido criada por su tío. Ester era muy hermosa y de bellísimas prendas personales. Permitió Dios que cuando Asuero, rey de Persia, repudió a su esposa, la reina Vasti, pusiera los ojos en Ester, cuyo origen ignoraba. Y así la muchacha judía pasó a ocupar el lugar de la repudiada Vasti. El hecho de que Ester se convirtiera en reina, fue la salvación de los judíos.

¿Por qué se decidió exterminar a los judíos? Por un enfrentamiento entre Mardoqueo y Amán. Éste era el primer ministro y favorito del rey. Mardoqueo denunció una conspiración contra Asuero. Bigtán y Teres, dos de los eunucos del rey, guardianes de la entrada, se enfadaron y tramaron echarle mano al rey Asuero. Mardoqueo que supo de esto se lo contó a la reina Ester, y ella se lo dijo al rey en nombre de Mardoqueo. El asunto se investigó y se descubrió, por lo que los dos fueron colgados de un árbol (Est 2, 22-23). Pero Mardoqueo no recibió ningún beneficio por haber descubierto la conjura contra el rey. Mientras tanto, Amán, gozando del favor del rey, se irritó de sobremanera al saber que Mardoqueo no le reverenciaba doblando la rodilla cuando él aparecía en público, y resolvió perderle con todos los de su nación. Para ello, hizo creer al rey Asuero que los judíos habitantes aún en Persia eran sus mayores enemigos; y valiéndose de su influencia ante el rey, consiguió que se promulgara un edicto para que los judíos fueran exterminados en todas las provincias del imperio en un mismo día.

¿Cuál fue la reacción de los judíos? Los judíos, al tener noticia del decreto, quedaron consternados y se pusieron a orar a Dios. Señor, Dios, Tú eres el único Dios arriba en el cielo y no hay ningún otro Dios fuera de ti. Si hubiésemos cumplido tu ley y tus preceptos, viviríamos con paz y seguridad durante toda nuestra vida. Pero ahora, por no haber cumplido tus preceptos, nos ha sobrevenido esta gran tribulación. Señor, Tú eres justo, clemente, excelso y grandioso, y todos tus caminos son justos. Así que ahora, Señor, no entregues a tus hijos a la cautividad ni a nuestras mujeres a la profanación ni a la perdición, ya que te has mostrado propicio con nosotros desde Egipto hasta ahora. Ten misericordia de lo que más aprecias y no entregues tu heredad a la infamia, de modo que nos dominen nuestros enemigos (Est 3, 15). Y Mardoqueo pidió a la reina Ester que intercediera al rey por su pueblo, y tanto el uno como la otra se dirigieron al Señor en oración.

¿Qué hizo Ester? Decidió presentarse ante el rey Asuero, a pesar de que la ley prohibía, bajo pena de muerte, presentarse al rey sin haber sido llamado. Presa de angustia por el inminente peligro de muerte, oró al Señor. Después de fortalecer su espíritu con la oración y la penitencia, acompañada de dos doncellas, se fue a la estancia donde el rey Asuero recibía los homenajes de la corte. Apareció en la sala real Ester reluciente en la plenitud de su belleza, con el rostro alegre como el de una enamorada, aunque su corazón estaba abrumado por el miedo. Franqueadas todas las puertas, se encontró en presencia del rey. Éste se hallaba sentado en el trono real, vestido con lo adecuado para las ceremonias públicas, fastuoso, con oro y piedras preciosas; ciertamente presentaba un aspecto terrorífico, y en su mano sostenía el cetro de oro (Est 5, 20). Un rayo de cólera brilló en los ojos del rey al ver presentarse ante él a Ester, y, como ésta se dio cuenta, sintió que se desvanecía, se demudó su rostro y apoyó la cabeza sobre una de las doncellas que le acompañaban. Pero el Dios de los judíos y Señor de todas las criaturas mudó en dulzura el ánimo del rey, que preocupado descendió del trono, la tomó entre sus brazos, y mientras se reponía la animaba con palabras afectuosas: “Ester, ¿qué te sucede, hermana mía y consorte del reino? Yo soy tu hermano, no tengas miedo. No morirás, porque esta ley no va contigo sino que es sólo para la gente vulgar. Acércate” (Est 5, 2). Y Asuero le preguntó qué deseaba, dispuesto a complacerla en todo. Entonces Ester, después de sufrir un segundo desmayo, volvió en sí y suplicó al rey que asistiese al día siguiente, en compañía de Amán, a un banquete que les iba a preparar, y durante el cual le manifestaría su deseo. Asuero accedió a su ruego.

¿Y qué pasó? Aquella noche, no pudiendo Asuero conciliar el sueño hizo que le leyesen los anales de su reinado, y al recordar el favor que le había prestado Mardoqueo descubriendo una conjuración contra su vida, preguntó: ¿Qué honor o dignidad se ha concedido a Mardoqueo por esto? (Est 6, 3), y la respuesta fue negativa. Pocas horas después se presentó Amán en palacio. Al verlo, el rey Asuero le dijo: “¿Qué debería hacerse con el hombre a quien el rey ha decidido honrar?” Amán pensó en su corazón: “¿A quién puede haber decidido el rey tributar honor sino a mí?” Y Amán contestó al rey: “El hombre a quien el rey ha decidido honrar debe ser revestido con indumentaria real, debe montar en el caballo que cabalga el rey, y le ha de ser impuesta sobre su cabeza la corona real. La indumentaria y el caballo le han de ser entregados por el más noble de los servidores del rey. Revestirán al hombre a quien el rey ha decidido honrar, lo harán cabalgar sobre el caballo por las calles de la ciudad, y proclamarán delante de él: Así se hace con el hombre a quien el rey ha decidido honrar(Est 6, 7-9). Entonces Asuero le ordenó que hiciese eso con Mardoqueo. Y a Amán no le quedó otro remedio que hacerlo, para mayor humillación y vergüenza suya.

¿Y el banquete de la reina…? Según lo previsto, el rey asistió acompañado de Amán al banquete que ofreció la reina Ester. Durante el convite el rey instó a Ester para que le manifestase su deseo. Entonces la reina dijo: “Si he encontrado gracia a tus ojos, oh rey, y si le parece bien al rey, concédeme mi vida, porque es lo que te estoy pidiendo, la de mi pueblo, porque eso es lo que busco. Pues mi pueblo y yo hemos sido vendidos al exterminio, a la muerte y a la eliminación. Ojalá hubiéramos sido vendidos como siervos y esclavas; en ese caso me callaría, pues esa angustia no me parecería suficiente como para molestar al rey”. El rey Asuero dijo a la reina Ester: “¿Quién es y dónde está aquel al que su corazón ha movido a actuar así?” Ester replicó: “El adversario y enemigo es este perverso Amán”. Amán se quedó aterrado delante del rey y de la reina (Est 7, 3-6).

Indignado, Asuero hizo prender al perverso Amán y sabiendo que éste había hecho preparar una horca para ahorcar a Mardoqueo, mandó que el mismo Amán fuera colgado de esa horca. No se contentó Asuero con revocar el decreto de proscripción dado contra los judíos, sino que, enterado de que Mardoqueo era tío de Ester, lo llamó a palacio, le asignó todos los bienes de Amán y le nombró primer ministro. Desde entonces vivieron pacíficamente los judíos bajo la dominación de los persas.

¿Es figura Ester de la Virgen María? Sí. La reina Ester, única que fue exenta de una ley de muerte, obteniendo del rey, su esposo, la gracia para todo un pueblo, es figura de María, única mujer preservada de la mancha del pecado original, y madre llena de misericordia, que no cesa de mediar ante su Hijo para obtener el perdón de nuestros pecados.

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