AMOR CON OBRAS. Homilía del Domingo XI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Al ver (Jesús) a las multitudes, se llenó de compasión por ellas, porque estaban maltratadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor (Mt 9, 36). La actitud del Señor al ver aquellas personas no fue el de un lamento inútil, sino se puso a enseñarles largamente (Mc 6, 34). En nuestros días también hay multitud de ovejas descarriadas, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones sociales. Millones de personas viven con los ojos puestos en horizontes engañosos, o persiguen ilusiones que, una vez alcanzadas, dejan posos de insatisfacción en el alma; tantísimas personas que se encuentran dominadas por un ansia insaciable de descaminos, y olvidan que tienen un destino eterno. Y, por tanto, hay que ayudarles a buscar, a encontrar y a amar a Dios.

La tarea de la nueva evangelización a la que estamos llamados los cristianos en estos comienzos del tercer milenio del cristianismo es muy grande. La mies es mucha, pero los obreros pocos (Mt 9, 37). Vemos cómo escasean las vocaciones. Hay pueblos sin sacerdotes; en muchas ciudades hay parroquias con más de treinta mil feligreses que son atendidas por un solo sacerdote (el párroco). No es infrecuente que un sacerdote deba atender seis o más pueblos. En algunas localidades de veraneo, la población alcanza en los meses de julio y agosto más de cien mil personas, y para la atención pastoral de todas ellas sólo están uno o dos sacerdotes. Sí, los obreros son pocos. Por eso Cristo nos dice: Rogad, por tanto, al señor de la mies que envíe obreros a su mies (Mt 9, 38). Tengamos en cuenta lo que el Señor nos dice pidiendo a Dios para que haya muchas vocaciones, pero también personas que sean coherentes con la fe recibida en el bautismo y anuncien a los demás el mensaje de Cristo.

El cristiano ha de ser punto de luz ahora que hay tanta oscuridad; fuego para encender tantas almas que están apagadas; torrente de ilusión para contagiar ideales cristianos a los demás; fermento de caridad para romper las cadenas del odio; anunciadores del evangelio de la paz para superar el mal con el bien. Ante la ignorancia religiosa, la frialdad de corazón para con Dios y para con los semejantes, el desconocimiento de la dignidad y exigencias de la vocación cristiana que impera en la sociedad actual urge una honda labor de catequesis. Así surgirá una nueva generación de cristianos comprometidos para trabajar en la viña del Señor, capaces de responder a los desafíos de nuestro tiempo y dispuestos a difundir el Evangelio por todas partes; personas que sientan la urgencia y la responsabilidad de enseñar la doctrina de Cristo; jóvenes que sigan la llamada al sacerdocio.

Se ha dicho: Un pueblo que no conoce el Catecismo es un pueblo muerto, como muere sin agua la semilla del campo. Los operarios son pocos. Pregúntate tú: ¿Y yo? Sí, cada uno puede y debe catequizar a todos los hombres, pero quizá con mayor urgencia a los niños y a los jóvenes. La catequesis no es otra cosa que repetir las verdades del Evangelio y de esto es de lo que tienen necesidad tantos y tantos que no conocen el misterio de Jesucristo ni de la Iglesia.

Dar catequesis es una de las obras de misericordia: enseñar al que no sabe. Una catequesis que debe empezar en el ambiente familiar. Los padres deben ser los primeros catequistas de sus hijos, transmisores de la fe. Sí, catequesis en la familia, pero también en círculos más amplios: parroquias, colegios, clubes juveniles… En todos estos sitios se necesitan operarios que trabajen en la mies del Señor. ¿Y yo? Sí, tú también puedes ser uno de esos operarios. Es cuestión de generosidad y de caridad.

Jesucristo envió primeramente a sus apóstoles a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 10, 6). Pero después los envió por todo el mundo: Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16, 15). Son enviados a los israelitas para que proclamaran que el reino de los cielos está cerca (Mt 10, 7). Y al mundo para que hicieran discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19), y para que enseñaran a guardar todo cuanto os he mandado (Mt 28, 20). Los apóstoles, escogidos por el Señor para ser fundamento de su Iglesia, cumplieron el mandato de presentar a judíos y gentiles la buena nueva que Dios comunica a los hombres por medio de su Hijo. Y como los apóstoles, todos los cristianos somos enviados para evangelizar.

El mensaje que hay que transmitir es el amor que Dios nos tiene. La medida de ese amor se demostró en la “reconciliación” que se operó mediante el sacrificio de la cruz, cuando Cristo, dando muerte en sí mismo a la enemistad , estableció la paz y nos reconcilió con Dios. Bien lo expresa el apóstol san Pablo en su carta a los cristianos de Roma. Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros (Rm 5, 8). Amor con amor se paga. No hay amor más grande que el del quien da su vida por el amigo. Es difícil encontrar alguien que muera por un hombre justo. Quizá alguien se atreva a morir por una persona buena (Rm 5, 7). Lo que es casi imposible es que una persona ofrezca su vida por un criminal. Sin embargo, Cristo, cuando todavía éramos débiles, murió por los impíos en el tiempo establecido (Rm 5, 6). ¡Si un hombre hubiera muerto por librarme de la muerte!… -Murió Dios. Y me quedo indiferente (Camino, n. 437).

En la salvación del hombre hay que tener en cuenta esto: No es que Dios estuviera enemistado con los hombre; éramos nosotros quienes estábamos enemistados con Dios por nuestros pecados; no era Dios el que debía cambiar de actitud, sino el hombre; sin embargo, ha sido Dios quien ha tomado la iniciativa por medio de la muerte de Cristo para que hombre vuelva a la amistad con Él.

Y ahora que somos ya amigos, ¡cuánto nos ama Dios! Éramos pecadores, y Dios nos manifestó su amor. Cuánto más ahora, una vez que hemos recobrado su amistad, podemos confiar en su amor misericordioso, un amor que no tiene límites. Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de su Hijo, mucho más, una vez reconciliados, seremos salvados por su vida (Rm 6, 10). El amor con que Dios nos ama pone en nuestras almas amor para que le podamos amar. Amar a Dios es exclusivamente un don de Dios. El mismo que, sin ser amado , ama, nos concedió que le amásemos. Fuimos amados cuando todavía le éramos desagradables, para que se nos concediera algo con que agradarle. En efecto, el Espíritu del Padre y del Hijo, a quien amamos con el Padre y el Hijo, derrama la caridad en nuestros corazones (Concilio II de Orange, De gratia, can. 25).

Amor con obras. Cristo ha muerto por ti. -Tú… ¿qué debes hacer por Cristo (Camino. n. 29). En el libro del Éxodo leemos que los hebreos llegaron al desierto del Sinaí y acamparon. Israel puso allí el campamento frente a la montaña (Ex 19, 2). Estando allí, Moisés transmitió al pueblo lo que Dios quería que anunciarle. Si de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad exclusiva entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra; vosotros seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa (Ex 19, 5-6).

También el Señor nos pide a los cristianos que respondamos a su propuesta de vida, que decidamos cuál es el camino que queremos recorrer para llegar a la verdadera alegría. La Iglesia es el Nuevo Pueblo de Dios. ¿Qué misión tiene el pueblo de Dios? La de llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser signo del amor de Dios que llama a todos a la amistad con Él; ser levadura que hace fermentar toda la masa, sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. En nuestro entorno, basta con abrir un periódico , vemos que la presencia del mal existe, que el Diablo actúa. Pero quisiera decir en voz alta: ¡Dios es más fuerte! Porque Él es el Señor, el único Señor. Y desearía añadir que la realidad a veces oscura, marcada por el mal, puede cambiar si nosotros, los primeros, llevamos a ella la luz del Evangelio, sobre con nuestra vida (Papa Francisco).

Dios, por medio de Moisés, dijo a los israelitas: Seréis para Mí un reino de sacerdotes. La expresión “reino de sacerdotes” no significa que todo el pueblo ejerciera la función sacerdotal, reservada a la tribu de Leví, sino que sólo Israel ha sido elegido como “reino para el Señor”, es decir, para ser el ámbito en que Él reina y es reconocido como único Soberano. Este reconocimiento se manifiesta mediante el servicio que Israel entero tributa al Señor. En el Nuevo Testamento se recogerán hasta con las mismas palabras lo dicho por Dios a Israel, pero aplicándolo a la nueva situación del cristiano en la Iglesia, nuevo pueblo de Dios y verdadero Israel.

En su primera carta san Pedro, dirigiéndose a los fieles, les dice: Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido en propiedad, para que pregonéis las maravillas de Aquél que os llamó de las tinieblas a su admirable luz (1 P 2, 9). En el Apocalipsis se expresa la misma idea: Al que nos ama y nos libró de nuestros pecados con su sangre y nos ha hecho estirpe real, sacerdotes para su Dios y Padre: a Él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén (Ap 1, 6). Y los hiciste un reino de sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra (Ap 5, 10).

Cada cristiano participa por su incorporación a Cristo de su sacerdocio y está llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por el sacerdocio común de los fieles, que confiere una cierta participación en el sacerdocio de Cristo, que -siendo esencialmente distinta de aquella que constituye el sacerdocio ministerial- capacita para tomar parte en el culto de la Iglesia, y para ayudar a los hombres en su camino hacia Dios, con el testimonio de la palabra y del ejemplo, con la oración y la expiación (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 120).

Una misión apasionante: Pregonar las maravillas del Señor, como hizo Santa María. Proclama mi alma las grandezas del Señor (Lc 1, 46), canta la Virgen en casa de santa Isabel. Por la intercesión de Nuestra Madre pidamos al señor de la mies que envíe obreros a su mies. Y que nosotros seamos esos operarios que trabajan con mucho amor en la viña del Señor.

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