EL TESTIMONIO DE LA FE. Homilía del Domingo XII del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

La vida del profeta Jeremías no fue ni fácil ni cómoda. Había personas que buscaban su ruina. La misión que Dios le ha confiado sólo le trae desgracias. Su fidelidad a Dios le llevó a ser perseguido. Cuando Jeremías proclama la palabra de Dios no escucha más respuesta que las acusaciones y calumnias de la gente. Escuchaba las calumnias de la gente: “¡Terror por doquier!, ¡denunciadle!, ¡denunciémosle!” Todos aquellos con quienes me saludaba estaban esperando mi tropiezo: “¡A ver si se distrae, y le podremos, y tomaremos venganza de él!” (Jr 20, 10). Pero el profeta fue fiel a Dios. Sabía que el Señor está conmigo (Jr 20, 11); tiene la seguridad de que el Señor no le abandona. En medio del acoso que padece pone su confianza en Dios. En ese Dios que no pierde batallas, que libró la vida de un pobre de manos de los malvados (Jr 20, 13).

Jeremías, el autor del libro de Las lamentaciones, al ver que con su predicación parece que no se ha conseguido más que el propio fracaso, se lamenta por su propia vocación, que le ha llevado a ser perseguido. Pero ese lamento es un desahogo con Dios, una queja filial. El profeta abre con confianza su alma a Dios. Es un ejemplo de oración. En medio de tantas incomprensiones, sufrimientos y dificultades sobresale su fidelidad al Señor. Su amor a Dios es como fuego abrasador que le enciende por dentro y hace que no pueda contener el afán de hablar de Él a quienes no lo conocen, o se han olvidado del Señor. Cantad al Señor, alabad al Señor (Jr 20, 13), proclamaba. Jeremías no abandonó su misión, sino que perseveró hasta el final de sus días.

El cristiano sabe que seguir a Cristo es tomar la cruz de cada día, y que es posible que su actuación coherente con la fe católica no sea la postura más cómoda, e incluso que le acarree incomprensiones y persecuciones. En esas situaciones difíciles -y en todas- debe vencer los respetos humanos (el temor al que dirán), sin pensar cómo será mejor acogido y aceptado por los demás, sino qué es lo mejor, lo que espera Dios de Él. Y confiar en Dios como Jeremías que tenía la seguridad de que el Señor nunca le dejaría.

Los respetos humanos son consecuencias de valorar más la opinión de los demás que el juicio de Dios. A veces, están respaldados por el miedo a poner en peligro un cargo público o un puesto de trabajo; otras, por no querer distinguirse de sus compañeros. Dejarse llevar por los respetos humanos es propio de personas sin profundas convicciones religiosas. El que adopta una postura en conformidad con la voluntad divina sabe que Dios está con él, ayudándole y fortaleciéndole.

No les tengáis miedo (Mt 10, 26), dice el Señor a sus discípulos… y a nosotros, cristianos del siglo XXI, que estamos en el mundo como ovejas en medio de lobos (Mt 10, 16). Hoy día también se cumple lo que Cristo dijo a los suyos: Os entregarán a los tribunales, os azotarán en sus sinagogas, y seréis llevados ante los gobernadores y reyes por causa mía, para que deis testimonio ante ellos y los gentiles (Mt 10, 17-18). Pero no nos debe preocupar, porque todo será para bien. Con la ayuda de la gracia y la asistencia del Espíritu Santo daremos testimonio de la verdad de Jesús ante los hombres. Aquí está condesada la enseñanza sobre el martirio que tanto vigor ha tenido siempre entre los cristianos de todas las épocas, también en la nuestra. El martirio, por consiguiente, con que el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro (…) es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, n. 12). No todos estamos llamados a sufrir el martirio, pero sí estamos todos llamados a la consecución de la virtud cristiana. Dijo san Juan Pablo II: Morir por la fe es don para algunos; vivir la fe es una llamada para todos.

Aunque los poderes de este mundo quieran silenciar a los cristianos, no por ello dejaremos de anunciar el Evangelio. Y lo haremos a plena luz (Mt 10, 27), y desde los areópagos modernos y otras tribunas para que las enseñanzas del único Maestro que tiene palabras de vida eterna -la doctrina cristiana- llegue hasta el último rincón del mundo. Hay que difundir las maravillas del Señor (…). Es necesario que llegue a todas partes la verdad de Dios: con la prensa y con otras publicaciones, con el cine, la radio y la televisión… Y esto es una labor vuestra, decía san Josemaría Escrivá. En nuestros días, hay que ir contracorriente, sin dejarse arrastrar por el ambiente de mundanidad que existe en nuestra época. Y con la gracia de Dios, influir con decisión por transformar el mundo con nuestra conducta verdaderamente cristiana. Quien me juzga es el Señor (1 Co 4, 4).

La Iglesia ha nacido con el fin de que, por la propagación del reino de Cristo en toda la tierra, para gloria de Dios Padre, todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, y por su medio se ordene realmente todo el mundo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo de Cristo, dirigida a este fin, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras (Concilio Vaticano II, Decreto Apostolicam actuositatem, n. 2).

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed ante todo al que puede hacer perder alma y cuerpo en el infierno (Mt 10, 28). En todas las persecuciones que ha padecido la Iglesia vemos cómo los innumerables mártires no tuvieron miedo a morir. Tenían fe, y estaban seguros que después de su muerte se les abrirán las puertas del cielo. De lo que sí hay que tener miedo es de lo que pueda hacer perder el alma. No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado (Camino, n. 386). El papa Benedicto XVI hablaba en una ocasión de los muchos miedos que tiene el hombre contemporáneo. Nuestro mundo actual es un mundo de miedos: miedo a la miseria y a la pobreza, miedo a las enfermedades y a los sufrimientos, miedo a la soledad y a la muerte. En nuestro mundo tenemos un sistema de seguros muy desarrollado: está bien que existan. Pero sabemos que en el momento del sufrimiento profundo, en el momento de la última soledad, de la muerte, ningún seguro podrá protegernos. El único seguro válido en esos momentos es el que nos viene del Señor, que nos dice: “No temas, yo estoy siempre contigo”.

Sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte, ésta debe ser nuestra conducta. Es verdad que la certeza de morir nos entristece (Prefacio de difuntos I), pero sabemos que al final caemos en las manos de Dios, y las manos de Dios son buenas manos.

La muerte es consecuencia del pecado. Dios creó al hombre con la formidable posibilidad de no morir, pero el hombre al apartarse de su Creador por el pecado se condenó a sí mismo, porque por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte (Rm 5, 12). Escribió san Agustín: Todo es incierto, sólo la muerte es cierta. Pero el hombre no quiere pensar en su muerte; para él, la muerte es asunto de los demás. Sin embargo, la muerte llegará para todos. Nuestro Señor insiste a los apóstoles -y también a nosotros, los creyentes en Él- en no tener miedo, pues a todo el que me confiese delante de los hombres, también yo le confesaré delante de mi Padre que está en los Cielos (Mt 10, 32). Pero nos advierte: al que me niegue delante de los hombres, también yo le negaré delante de mi Padre que está en los Cielos (Mt 10, 33). Estas palabras del Señor ayudan a vencer los respetos humanos. Quien se avergüenza de ser discípulo de Cristo, de imitar su ejemplo, de seguir los preceptos del Evangelio, de aceptar sus enseñanzas por temor a desagradar al mundo o a las personas mundanas que le rodean, no será reconocido por Cristo como discípulo suyo en el Juicio Final, pues no ha confesado con su vida la fe recibida en el Bautismo.

La muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre aquellos que no cometieron una transgresión semejante a la de Adán, que es figura del que había de venir (Rm 5, 14). San Pablo después de decir cómo la desobediencia de Adán entró el pecado en el mundo, y por el pecado vino la muerte que alcanza a todos los hombres, se refiere al triunfo del reino de la gracia. Si por la caída de uno solo murieron todos, cuánto más la gracia de Dios y el don que se da en la gracia de un solo hombre, Jesucristo, sobreabundó para todos (Rm 5, 15). Así como el pecado entró en el mundo por obra de quien representaba a toda la humanidad, así también la justicia nos llega a todos por un solo hombre, por el “nuevo Adán”, Jesucristo, “el primogénito de toda criatura”, “cabeza del cuerpo, que es la Iglesia”. Cristo, por su obediencia a la voluntad del Padre, se contrapone a la desobediencia de Adán, devolviéndonos con creces la felicidad y la vida eterna que habíamos perdido. Porque donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

En una carta que santo Tomás Moro desde la cárcel escribió a su hija Margarita decía: De lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Este santo murió mártir por ser fiel a su conciencia. En la Actas del martirio de san Justino se lee: El prefecto dice a Justino: “Escucha, tú que le das de saber y conocer las verdaderas doctrinas, si después de azotado mando que te corten la cabeza, ¿crees que subirás al cielo?” Justino contestó: “Espero que entraré en la casa del Señor si soporto todo lo que tú dices; pues sé que a todos los que vivan rectamente les está reservada la recompensa divina hasta el fin de los siglos”.

Acordaos de las palabras que os he dicho: no es el siervo más que su señor. Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán (Jn 16, 20). Recordemos también las palabras que Cristo dijo a sus discípulos para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: En el mundo tendréis sufrimientos, pero confiad, yo he vencido al mundo (Jn 16, 33).Y comentando estas palabras, el Papa Francisco decía: ¿Quiénes son los mártires? Son cristianos ganados por Cristo, discípulos que han aprendido bien el sentido de aquel “amar hasta el extremo” que llevó a Jesús a la Cruz. No existe el amor por entregas, el amor en porciones. El amor total: y cuando se ama, se ama hasta el extremo. En la Cruz, Jesús ha sentido el peso de la muerte, el peso del pecado, pero se confió enteramente al Padre, y ha perdonado . Apenas pronunció palabras, pero entregó la vida. Cristo nos precede en el amor; los mártires lo han imitado en el amor hasta el final.

Terminamos nuestra oración pidiendo a Santa María, Reina de los mártires y de todos los santos su ayuda de maternal para que siempre confesemos con nuestras obras la fe en Cristo Jesús.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s