Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima quinta. Los judíos, tributarios de los sirios

Lección trigésima quinta

Los judíos, tributarios de los sirios

¿Hasta cuándo los judíos fueron tributarios de los egipcios? Hasta el año 198 antes de Cristo. En el reinado de Ptolomeo IV Filopátor, rey de Egipto, siendo perseguidos los hebreos, consiguieron sacudir el yugo de Egipto y se entregaron a Antíocos III el Grande, rey de Siria. Y aunque los judíos fueron bien tratados por el rey sirio, que siempre deseó captar su afecto, después se vieron abrumados de impuestos por los sucesores de Antíoco III.

¿Qué pasó cuando el rey Seleuco quiso apoderarse del tesoro del Templo? Cuando la ciudad santa vivía en paz y se observaban lo más perfectamente posible las leyes, debido a la piedad y a la aversión al mal del sumo sacerdote Onías, sucedía que los mismos reyes honraban el Templo y enriquecían el Santuario con los más espléndidos regalos. Incluso Seleuco, rey de Asia, sufragaba con sus propios ingresos todos los gastos relativos al servicio de los sacrificios (2 M 3, 1-3). Sin embargo, viéndose obligado Seleuco IV a pagar un enorme tributo a los romanos, e informado de que el tesoro del Templo de Jerusalén estaba lleno de inenarrables riquezas, hasta el punto de que la cantidad de dinero era incalculable, y que además no estaba vinculado a las cuentas de los sacrificios, sino que era posible ponerlo bajo la potestad del rey (2 M 3, 6), para suplir los recursos pecuniarios que le faltaban quiso apoderarse del tesoro del Templo. Seleuco encargó a Heliodoro, que estaba al frente de sus negocios, que se hiciera con la mencionada riqueza del Templo.

Heliodoro se encontró con la oposición del sumo sacerdote Onías. Éste y todo el pueblo hicieron rogativas al cielo para que el enviado de Seleuco no llevara a cabo su sacrílega misión. Heliodoro, por su parte, llevaba a cabo lo que había dispuesto. Y allí mismo, estando él con su escolta junto al tesoro, el Soberano de los espíritus y de toda potestad realizó una manifestación tan grande que todos los que se habían atrevido a acompañarle, despavoridos por el poder de Dios, se volvieron débiles y cobardes. Pues se les apareció un caballo montado por un terrible jinete y enjaezado con un bellísimo arnés. El caballo levantó con furia contra Heliodoro sus patas delanteras, y el que lo montaba dejó ver que llevaba una armadura de oro. Se les aparecieron también dos jóvenes de impresionante fuerza, bellísimos de apariencia y magníficamente vestidos, que colocándose a ambos lados le azotaban sin cesar causándole múltiples heridas (2 M 3, 23-26). Onías oró a Dios para que conservara la vida de Heliodoro, que estaba realmente en su último aliento, y ofreció un sacrificio por su salud. Y mientras el sumo sacerdote hacía el sacrificio de expiación, aquellos mismos jóvenes, vestidos con la misma indumentaria, se aparecieron de nuevo a Heliodoro, y permaneciendo en pie le dijeron: “Da muchas gracias al sumo sacerdote Onías porque por él el Señor te conserva la vida; y tú, que has recibido este azote del cielo, anuncia a todos la grandeza del poder de Dios”. Y tras decir esto desaparecieron (2 M 3, 33-34).

Cuando Heliodoro regresó a la corte de Seleuco IV y le contó lo ocurrido, el rey le preguntó qué clase de hombre sería apto para ser enviado a Jerusalén para hacerse con el tesoro del Templo. Heliodoro respondió: Si tienes algún enemigo o hay algún conspirador del gobierno, envíale allí y lo recibirás azotado si es que sobrevive, porque ciertamente hay una fuerza divina alrededor del Templo. Pues el que tiene su morada en el cielo es quien cuida y ayuda a aquel Templo, y destruye, golpeándoles, a cuantos se acercan para causarle mal (2 M 3, 38-39).

¿Quién sucedió a Seleuco IV? Antíoco IV Epífanes. Cuando murió Alejandro Magno, sus generales asumieron el poder, cada uno en su región, imponiéndose la corona real. A éstos les sucedieron sus hijos, multiplicando la maldad sobre la tierra. De éstos brotó una raíz pecadora: Antíoco Epífanes (1 M 1, 10). Subió al trono en el año ciento treinta y siete de la dominación griega.

¿Es famoso este rey? Sí, tristemente célebre porque organizó una violenta persecución contra los judíos. Antíoco IV decretó para todo su reino que todos fuesen un solo pueblo y que cada cual renunciase a sus propias tradiciones. Todos los gentiles aceptaron el edicto del rey. Muchos en Israel adoptaron de buen grado su religión, ofrecieron sacrificios a los ídolos y profanaron el sábado. El rey, mediante mensajeros, envió decretos a Jerusalén y a las ciudades de Judá para que vivieran conforme a tradiciones extrañas a las del país: que se prohibiera hacer holocaustos, sacrificios y libaciones en el Santuario; que profanaran los sábados y los días de fiesta; que el Santuario y los objetos sagrados fueran contaminados; que levantaran altares, templos e ídolos; que hicieran sacrificios de cerdos y animales impuros; que no circuncidaran a sus hijos y que hicieran sus almas abominables con toda clase de inmundicia y profanación; así se olvidarían de la Ley y cambiarían todas sus buenas costumbres. El que no cumpliera la orden del rey sería condenado a muerte (1 M 1, 41-50).

Muchos judíos tuvieron la desgracia de apostatar, alejándose de la alianza santa, y comenzaron a obrar el mal. Pero otros prefirieron morir antes que renegar de su fe. Entre éstos estaba Eleazar.

¿Cuál es la historia de Eleazar? Eleazar era un escriba, hombre de avanzada edad. Los enviados del rey se empeñaron que comieran carne de cerdo, algo prohibido por la Ley de Moisés. Al negarse el venerable anciano, le abrieron la boca para forzarle a comer. Pero él, prefiriendo una muerte gloriosa a una vida ignominiosa, escupiendo el bocado mostró el modo de comportarse de aquellos que se mantienen firmes en rechazar las cosas que no es lícito comer ni siquiera por el entrañable amor a la vida.

Algunos, llevados de una falsa compasión, le dijeron que comiera carne de la que estaba permitido comer, y así fingir comer de la carne prohibida. De esta forma se libraría de la muerte. Pero él tomó una honrosa decisión digna de su edad, del prestigio de su vejez, de sus merecidas y venerables canas, de su inmejorable conducta desde niño, y, sobre todo, de la divina y santa legislación (2 M 6, 23). Y dijo a los que le pedían que fingiera: Porque no es digno de nuestra edad fingir, de manera que muchos jóvenes crean que el nonagenario Eleazar se ha pasado a las costumbres extranjeras, y a causa de mi simulación y de una vida breve y pasajera, se pierdan por mi culpa, y yo acarree ignominia y deshonor en mi vejez. Pues incluso si al presente yo escapara del castigo de los hombres, no huiría de las manos del Todopoderoso, ni vivo ni muerto. Por eso, entregando valerosamente la vida, me mostraré digno de mi vejez, dejando a los jóvenes un noble ejemplo de morir voluntaria y noblemente por las santas y venerables leyes (2 M 6, 24-28). Tras pronunciar estas palabras, fue conducido al tormento. Y cuando estaba a punto de morir por las heridas, aún tuvo fuerzas para decir: Quede patente al Señor, poseedor del santo conocimiento, que aun pudiendo librarme de la muerte, soporto fuerte dolores en mi cuerpo al ser flagelado, pero en mi alma lo sufro con gusto por temor a Él (2 M 6, 30). Y murió Eleazar dejando a su nación y a los siglos venideros un gran ejemplo de entereza en la fidelidad de Dios.

¿El martirio de Eleazar fue el único de aquella persecución? No. También la Sagrada Escritura recoge otro hermoso ejemplo de fidelidad a Dios hasta la muerte: el martirio de los siete hermanos Macabeos y de su madre.

¿Cómo fue? Los siete hermanos habían sido detenidos con su madre, y el rey Antíoco les ordenó comer carne de cerdo prohibida. Como se negaron, los flagelaron con látigos. Uno de ellos, haciendo de portavoz, le dijo al rey: ¿Qué quieres preguntarnos o saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que transgredir las leyes de nuestros padres (2 M 7, 2). Entonces el rey, enfurecido, mandó que a aquel que había hablado le cortaran la lengua, le arrancaran la piel de la cabeza y le amputaran los brazos; y después, que fuera arrojado a una caldera de aceite hirviendo. Mientras estaba sufriendo tales tormentos, sus hermanos se exhortaban entre sí junto a su madre a morir noblemente, diciendo: El Señor Dios ve desde lo alto, y verdaderamente nos consuela tal como afirmó Moisés en el canto de liberación diciendo: “Consolará a sus siervos” (2 M 7, 6).

Después de haber muerto el primero, llevaron al suplicio al segundo y, tras arrancarle la piel de la cabeza junto con el cabello, le preguntaron si comería carne de cerdo, pues en caso negativo su cuerpo sería torturado miembro a miembro. La respuesta fue: ¡No! (2 M 7, 8). Y recibió el mismo tormento que el primero. Poco antes de morir dijo: Tú, malvado, nos borras de la vida presente, pero el Señor de los cielos y la tierra nos resucitará a una vida nueva y eterna a quienes hemos muerto por sus leyes (2 M 7, 9). Luego de morir éste, comenzó a ser torturado el tercero, y, cuando se lo mandaron, sacó inmediatamente la lengua y extendió voluntariamente las manos, y dijo con dignidad: De Dios he recibido estos miembros, y, por sus leyes, los desprecio, pero espero obtenerlos nuevamente del Señor (2 M 7, 11). Muerto éste, comenzaron a torturar al cuarto con los mismos tormentos que aplicaron a sus hermanos. Y antes de expirar, dijo: Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza que Dios da de ser resucitados de nuevo por Él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida (2 M 7, 14).

Cuando estaban atormentando al quinto, éste mirando a Antíoco Epífanes le dijo: Tienes poder entre los hombres, aun siendo mortal, y haces lo que quieres; pero no pienses que nuestra raza ha sido abandonada por Dios. Tú espera y verás la grandeza de su fuerza y cómo te castigará a ti y a tu descendencia (2 M 7, 16-17). Tras éste trajeron al sexto, y después de torturarle, cuando estaba a punto de morir, dijo al rey: No te engañes tontamente, pues nosotros sufrimos todo esto por nuestra culpa, por haber pecado contra nuestro Dios; por eso nos suceden cosas que causan admiración. Pero no pienses que tú quedarás impune, habiendo intentado combatir a Dios (2 M 7, 18-19).

¿Y la madre…? La madre fue de todo punto admirable; y digna de gloriosa memoria. Viendo morir a sus hijos en medio de aquellos tremendos tormentos, lo soportaba con serenidad gracias a la esperanza en el Señor. Ella exhortaba a sus hijos a que fueran fieles a Dios; e imprimiendo a su talante femenino un coraje varonil les decía. No sé cómo aparecisteis en mi vientre; yo no os di el espíritu y la vida, ni puse en orden los miembros de cada uno de vosotros. Por eso el creador del mundo, que plasmó al hombre en el principio y dispuso el origen de todas las cosas, os devolverá de nuevo misericordiosamente el espíritu y la vida, puesto que ahora, a causa de sus leyes, no os preocupáis de vosotros mismos (2 M 7, 22-23).

¿Y el más pequeño…? Habían muerto ya seis de los hermanos, y quedaba todavía uno, el más joven, que era aún casi un niño. Esperando convencerlo, el rey Antíoco le prometió riquezas y multitud de bienes si abandonaba la religión de sus padres, pero el joven permaneció impasible ante estas promesas del rey, sin hacerle caso alguno. Entonces Antíoco llamó a la madre para que aconsejara al muchacho que salvase la vida. Aparentando ella que iba a obedecer, se acercó a su hijo y le dijo: Hijo, apiádate de mí que te he llevado nueve meses en el vientre, te he amamantado durante tres años, te he educado y guiado hasta esta edad, y te he proporcionado el alimento. Te suplico, hijo, que mires el cielo y la tierra, y viendo todo lo que hay en ello reconozcas que Dios no los ha hecho de cosas ya existentes, y que lo mismo sucede con el género humano. No tengas miedo de este verdugo, sino sé digno de tus hermanos, acepta la muerte para que, en el tiempo de la misericordia, te recupere junto con tus hermanos (2 M 7, 27- 29).

Apenas acabó de hablar su madre, el joven respondió al rey diciéndole: ¿A qué esperáis? Yo no voy a obedecer el mandato del rey, sino que obedezco el mandamiento de la Ley que fue dada a nuestros padres por medio de Moisés. Y tú, que has sido el iniciador de todos los males contra los hebreos, no escaparás de las manos de Dios. Pues nosotros sufrimos por nuestros pecados, y si el Señor viviente se ha irritado con nosotros por un breve tiempo para castigarnos y corregirnos, de nuevo se reconciliará con sus siervos. Pero tú, sacrílego, el más impío de todos los hombres, no te ensalces vanamente alimentando esperanzas inconfesables cuando levantas la mano contra los hijos del cielo, pues todavía no has escapado al juicio del Dios todopoderoso que ve todas las cosas. Porque ahora nuestros hermanos, tras haber soportado un breve tormento, han adquirido la promesa de Dios de una vida eterna; pero tú sufrirás por el juicio de Dios el justo castigo de tu soberbia. Yo, como mis hermanos, entrego cuerpo y alma por las leyes de los padres, suplicando que Dios sea pronto misericordioso con la nación, y que tú, entre tormentos y azotes, confieses que sólo Él es Dios. Que en mí y en mis hermanos se detenga la ira del Todopoderoso justamente desatada sobre toda nuestra raza (2 M 7, 30-38). Antíoco, lleno de rabia, se ensañó con el joven mucho más que con sus hermanos. El menor de los hermanos Macabeos pasó puro a la otra vida, confiando totalmente en el Señor. La madre murió la última después que sus hijos.

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