LA ESENCIA DEL CRISTIANISMO. Homilía del Domingo XIII del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el libro II de Reyes se narra la hospitalidad que recibe el profeta Eliseo por parte de un matrimonio de Sunem. La iniciativa partió de la mujer que dijo a su marido: Mira, sé que el que pasa siempre junto a nosotros es un hombre de Dios, un santo. Por favor, hagamos una pequeña habitación en la parte de arriba y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelabro, y así, cuando venga a nosotros, se instalará ahí (2 R 4, 9-10). Esa obra de misericordia -dar posada al peregrino– no quedó sin recompensa. Enterado Eliseo de que la mujer no tiene hijos y su marido es anciano (2 R 4, 14)., llamó a la sunamita y le dijo: El año próximo, por este tiempo, tú abrazarás un hijo (2 R 4, 16). Y efectivamente así sucedió. Al año siguiente aquella mujer dio a luz un hijo. Quien recibe a un profeta por ser profeta obtendrá recompensa (Mt 10, 41), enseñará el Señor en su anuncio del reino de Dios. San Juan Crisóstomo citaba este pasaje bíblico para mostrar que el verdadero amor lleva a preocuparse también del bienestar material de los demás: Así Eliseo no sólo ayudaba espiritualmente a la mujer que lo había acogido sino que intentaba compensarla desde un punto de vista material.

En los Santos Evangelios vemos cómo en repetidas ocasiones Jesucristo habla igualmente de recompensas por acciones buenas. Es más, en el Juicio Universal se examinará cómo se ha vivido la caridad con el prójimo. Cada vez que los hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis (Mt 25, 40). Toda obra buena es recompensada por Dios, aunque sea una cosa muy pequeña, como el dar de beber un vaso de agua. Y cualquiera que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por el hecho de ser discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa (Mt 10, 42).

Para ser misericordiosos hay que ver a Cristo en el pobre, en el marginado, en el enfermo, en el agonizante, en el que padece soledad, en quien no tiene techo para cobijarse, en el encarcelado, en el más humilde, en el que necesita ser instruido o aconsejado. En cada uno de ellos encontramos a Jesús mismo, y en Jesús encontramos a Dios. Tocamos realmente el cuerpo de Cristo en los pobres. Por los pobres, es a Cristo hambriento a quien alimentamos, es a Cristo desnudo a quien vestimos, es a Cristo sin hogar a quien damos asilo (Santa Teresa de Calcuta).

Las acciones caritativas mediante las cuales ayudamos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales son las llamadas obras de misericordia. Suelen citarse catorce, siete espirituales y siete corporales. Las espirituales son: enseñar al que no sabe; dar buen consejo al que lo necesita; corregir al que se equivoca; perdonar las injurias; consolar al triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. Las corporales son: visitar y cuidar a los enfermos; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; dar posada al peregrino; vestir al desnudo; redimir al cautivo; enterrar a los muertos.

Cristo dice a sus apóstoles: Quien a vosotros os recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado (Mt 10, 40). Pero también estas palabras del Señor están dirigidas a los pobres. Acoger a Cristo significa recibir del Padre el mandato de vivir en el amor a Él y a los hermanos, sintiéndose solidarios con todos, sin ninguna discriminación; significa creer que en la historia humana, a pesar de estar marcada por el mal y por el sufrimiento, la última palabra pertenece a la vida y al amor, porque Dios vino a habitar entre nosotros para que nosotros pudiésemos vivir en Él.

Entre todas las obras de misericordia, la limosna hecha a los pobres es uno de los principales testimonios de la caridad fraterna, es también una práctica de justicia que agrada a Dios. Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, calentaos o hartaos”, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? (St 2, 15-16). Reflexionemos en estas palabras de Santiago el Menor.

El amor de la Iglesia por los pobres… pertenece a su constante tradición. Está inspirado en el Evangelio de las bienaventuranzas, en la pobreza de Jesús, y en su atención a los pobres. El amor a los pobres es también uno de los motivos del deber de trabajar, con el fin de hacer partícipe al que se halle en necesidad. No abarca sólo la pobreza material, sino también las numerosas formas de pobreza cultural y religiosa (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2.444).

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5, 7). Nuestro Señor hace de la misericordia uno de los temas principales de su predicación. En el Evangelio según san Lucas están las parábolas de la misericordia, entre otras la del hijo pródigo y la del buen samaritano. Si queremos imitar a Cristo, debemos tener misericordia con los demás. El campo de la misericordia es inmenso, pues la miseria humana que hay que remediar es muy grande.

El amor es la esencia del cristianismo; hace que el creyente y la comunidad cristiana sean fermento de esperanza y de paz en todas partes, prestando atención en especial a las necesidades de los pobres y los desamparados. Ésta es nuestra misión común: ser fermento de esperanza y de paz porque creemos en el amor. El amor hace vivir a la Iglesia, y puesto que es eterno, la hace vivir siempre, hasta el final de los tiempos (Benedicto XVI).

San Vicente de Paúl se distinguió por el amor a los pobres, a cuyo servicio entregó toda su vida. Cuentan que un día hablando con la reina de Francia, Ana de Austria, le dijo que ella podía hacer un milagro que Cristo en el desierto no quiso hacer: Convertir en pan las piedras preciosas que llevaba colgadas al cuello. Y dicen que la reina se quitó las joyas y se las entregó al santo para que sirviera de alimento a niños huérfanos.

A veces acusamos a Dios de no solucionar los sangrantes problemas que existen en muchas zonas del mundo. Y no es justo. Dios nos tiene a nosotros, a los que decimos creer en Él. Espera que seamos sus manos para repartir y sus pies para ir al encuentro del hermano necesitado. Lo que ocurre es a nosotros nos cuesta vender nuestras joyas -nuestro tiempo, nuestro cariño, nuestra inteligencia, nuestro dinero-, y darlas.

En Zurich hay una estatua erigida en honor de Pestalozzi. Éste había nacido en esa ciudad suiza. En la estatua campea esta divisa: Todo para los otros; para mí nada. Este célebre suizo compartió, con enorme generosidad, las estrecheces de los pobres. Cuando al final de su vida, alguien le preguntó por qué había vivido de ese modo, Pestalozzi respondió serenamente: He vivido como mendigo y partido el pan con ellos para enseñar a los mendigos a vivir como hombres.

En la carta de san Pablo a los cristianos de Roma, el Apóstol se refiere al Bautismo, por el cual la gracia de Cristo llega a cada uno y nos libra del dominio del pecado. ¿No sabéis que cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados para unirnos a su muerte? Pues fuimos sepultados juntamente con Él mediante el bautismo para unirnos a su muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva (Rm 6, 3-4). Al ser bautizados, en nosotros se reproduce entonces no sólo la pasión, muerte y sepultura de Cristo, representadas por la inmersión en el agua, sino también la nueva vida, la vida de la gracia, que se infunde en el alma como participación de la resurrección del Señor.

Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, porque sabemos que Cristo resucitado de entre los muertos , ya no muere más: la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque lo que murió, murió de una vez para siempre al pecado; pero lo que vive, vive para Dios. De la misma manera, también vosotros debéis consideraros muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús (Rm 6, 8-11). Con estas palabras san Pablo acentúa su enseñanza: con la muerte de Cristo en la cruz y con su resurrección quedó roto el lazo de la muerte, ésta fue vencida tanto para Cristo como para todos los suyos. Nuestro Señor Jesucristo resucitado y glorioso ha alcanzado el triunfo, ha ganado para su Humanidad Santísima y para nosotros una nueva vida. En los que hemos sido bautizados se reproducen de alguna manera esos mismos misterios -muerte y resurrección- de la vida de Cristo.

El 7 de junio de 1979 san Juan Pablo II se encontraba en la iglesia parroquial de la Presentación de la Virgen María, en Wadowice, su ciudad natal. Recordó a los presentes cómo había sido bautizado allí mismo el día 20 de junio de 1920, y dijo: Ya besé una vez solemnemente esta fuente bautismal, el año del milenio de Polonia, cuando era arzobispo de Cracovia. Hoy deseo besarla una vez más, como Papa, Sucesor de Pedro. Y así lo hizo. Y también comentó: Aquí me fue dada la gracia de ser hijo de Dios.

El Papa Francisco dice: Con el Bautismo se abre la puerta a una efectiva novedad de vida que no está abrumada por el peso de un pasado negativo, sino que goza ya de la belleza y la bondad del reino de los cielos. Se trata de una intervención poderosa de la misericordia de Dios en nuestra vida, para salvarnos. Dios en el Bautismo actúa en nosotros. Por su misericordia nos borra los pecados y, además, nos infunde las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. También nos hace miembros de la Iglesia, del nuevo Pueblo de Dios. Seguidores del Señor. Tenemos que ser dignos del nombre de cristiano, es decir, de Cristo. Y el Señor nos dice quienes no son dignos de Él. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí (Mt 10, 37-38). El seguimiento de Cristo exige una entrega total.

No dice Jesucristo que no amemos a los padres y a los hijos, sino que el amor a Él es lo primero. El Señor no vino a abolir la Ley, sino a darle su plenitud. Y en la Ley de Dios está el cuarto mandamiento: Honrarás a tu padre y a tu madre, que san Josemaría Escrivá, cada vez que se refería a él, decía: El dulcísimo precepto. Bien glosó el papa Juan Pablo I las palabras de Cristo: Llegamos a un choque directo entre Dios y el hombre, Dios y el mundo. No sería justo decir: “O Dios o el hombre”. Debemos amar “a Dios y al hombre”. Pero nunca al hombre más que a Dios, contra Dios o tanto como a Dios. En estos términos, el amor de Dios es superior pero no exclusivo.

Realizamos una obra del misericordia cuando vivimos el cuarto mandamiento, especialmente cuando los padres son ancianos y están imposibilitados y enfermos. Y ya que hemos citado a Juan Pablo I, de él es la siguiente anécdota. Yo, de obispo de Venecia, solía ir a veces a visitar asilos de ancianos. Una vez encontré a una enferma, anciana. -“Señora, ¿cómo está?” -“Bah, comer, como bien; calor, bien también, hay calefacción”. -“Entonces, está usted contenta ¿verdad?” -“No”, y casi se echó a llorar. -“Pero ¿por qué llora?” -“Es que mi nuera y mi hijo no vienen nunca a visitarme. Yo quisiera ver a los nietecitos”. No bastan la calefacción, la comida: hay un corazón; es menester pensar igualmente en el corazón de nuestros ancianos.

Ahora nuestra mirada se dirige a la Virgen. La misericordia de María adelanta el comienzo de los milagros de Jesús. Su ruego es siempre eficaz. Por eso la piedad cristiana, con precisión teológica, ha llamado a Nuestra Señora “la omnipotencia suplicante”. Acudamos con confianza a Ella, trono de la gloria y de la gracia, para conseguir misericordia.

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