REY JUSTO Y VICTORIOSO. Homilía del Domingo XIV del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, hija de Jerusalén, mira, tu rey viene hacia ti, es justo y victorioso, montado sobre un asno, sobre un borrico, cría de asna (Zc 9, 9). Estas palabras es una profecía sobre el Mesías. El profeta Zacarías habla a Jerusalén (hija de Sión) y a sus habitantes (hija de Jerusalén) como representantes de todo el pueblo elegido. Invita al regocijo y a cantar de júbilo para celebrar la llegada de los tiempos mesiánicos. Llega a Jerusalén su rey, descendiente de David. Es un rey justo porque cumple perfectamente la voluntad de Dios. Y es victorioso porque goza de la protección y salvación divinas. Ese rey era el Salvador, según el profeta Isaías: Decid a la hija de Sión: Mira que llega tu salvador (Is 62, 11). Es además “humilde” y “pacífico”, pues no aparece montado a caballo con manifestación de poder como los reyes de la antigüedad. Los rasgos de este rey son semejantes a los del “siervo de Yavé” del que hablaba Isaías.

Nuestro Señor Jesucristo cumplió esta profecía cuando entró en Jerusalén antes de la Pascua y fue aclamado por la multitud como el Mesías, el Hijo de David. Y dice el Catecismo de la Iglesia Católica: El “Rey de la Gloria” entra en su ciudad “montado en un asno”: no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad (n. 559).

Clemente de Alejandría se fija en la repetición: sobre un asno, sobre un borrico. Y en sentido alegórico entiende la referencia al joven pollino como alusión a los hombres no sujetos al mal: No era suficiente decir sólo “pollino” (asno), sino que ha añadido “joven” (borrico), para destacar la juventud de la humanidad en Cristo, su eterna juventud en la sencillez. Y habría que mencionar la juventud de la Esposa de Cristo, la Iglesia. El papa beato Pablo VI en un quirógrafo a san Josemaría Escrivá hizo alusión a la juventud de la Iglesia, al referirse a la fundación del Opus Dei: La Institución, nacida en este tiempo nuestro como expresión de la perenne juventud de la Iglesia. Y años más tarde, el papa Benedicto XVI, en la homilía que pronunció en la Misa del inicio de su Pontificado, dijo: La Iglesia está viva. Y la Iglesia es joven.

Anunciará la paz a las naciones y su dominio se extenderá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra (Za 9, 10). Cristo es Príncipe de la paz (Is 9, 5), de esa paz que sólo Dios, por medio de Jesucristo, nos puede dar; la paz que es obra de la justicia, de la verdad, del amor, de la solidaridad; la paz que los pueblos sólo gozan cuando siguen los dictados de la ley de Dios; la paz que hace sentirse a los hombres y a los pueblos hermanos unos con otros.

Cristo es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa (Ef 2, 14). En los comienzos del tercer milenio, que tantas esperanzas ha despertado, existe la amenaza tenebrosa de la violencia y de la guerra. El divino Niño nacido en Belén lleva en sus pequeñas manos, como un don, el secreto de la paz para la humanidad. ¡Él es el Príncipe de la paz!

La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz (…), ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres (Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et spes, n. 78).

Si la paz es anhelo de todas las personas de buena voluntad, para los discípulos de Cristo es mandato permanente que compromete a todos; es misión exigente que los impulsa a anunciar y testimoniar “el evangelio de la paz”, proclamando que el reconocimiento de la plena verdad de Dios es condición previa e indispensable para la consolidación de la verdad de la paz. Hay que ser, en expresión de san Josemaría Escrivá, sembradores de paz y de alegría.

Jesucristo es Rey. Él mismo lo proclamó delante de Poncio Pilato: Yo soy Rey (Jn 18, 37). Jesús se llena de gozo por los que le aceptan como Rey y Mesías, por los que creen en Él, la gente sencilla y humilde, que no confía en su propia sabiduría, que no se estiman a sí mismos por prudentes y sabios. Son todos aquellos que escuchan la voz. Y este gozo hace exclamar al Señor: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeños (Mt 11, 25). Jesús nos anuncia su Reino, el reino de los Cielos, el Reino de Dios, porque así le ha parecido bien a Dios Padre… y nos da a conocer al Padre. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo (Mt 11, 27).

Recibamos todo lo que Cristo nos ha revelado con humildad. La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Para creer es necesario ser humilde, porque por la fe el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela. La fe” es la humildad de la razón, que renuncia a su propio criterio y se postra ante los juicios y la autoridad de la Iglesia (Surco, n. 259). Sin humildad no hay virtud. El Santo Cura de Ars lo expresó así: La humildad es en las virtudes lo que la cadena en los rosarios: quitad la cadena, y todos los granos caen; quitad la humildad, y todas las virtudes desaparecen.

Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontrareis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). El “yugo” era una palabra que se utilizaba para referirse a la Ley de Moisés, que con el paso del tiempo se había sobrecargado de minuciosas prácticas insoportables y, a cambio no daba la paz del corazón. San Pedro hace referencia a este “yugo” en el Concilio de Jerusalén: ¿Por qué tentáis ahora a Dios imponiendo sobre los hombros de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos llevar? (Hch 15, 10). Sin embargo, el yugo del Señor es suave porque está hecho con vínculos de afecto…, con lazos de amor. La carga de Cristo alivia el peso de nuestras miserias, nos da alas para volar hacia Dios.

Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón. Estas palabras de Cristo nos invitan a imitarle en la mansedumbre y humildad de corazón. Toda su vida es un ejemplo de humildad. Antes de su Pasión, quiso dejarnos un ejemplo bien gráfico de humildad: el lavatorio de los pies. Después de lavar los pies a sus discípulos, tarea reservada para los siervos y criados, Jesús dijo a sus Apóstoles: ¿Entendéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque de verdad lo soy. Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros. Porque yo os he dado el ejemplo, para que vosotros hagáis también como yo he hecho (Jn 13, 12-16).

La humildad es la verdad, y hace que el cristiano conozca su miseria, su condición pecadora, pero también su grandeza de hijos de Dios. La persona humilde reconoce lo que hay de bueno, pero también lo que hay de malo, valorando con verdad lo uno y lo otro. Sabe que en su vida hay cualidades y dones, pero los agradece a Dios. Lejos de vanagloriarse, piensa que otros hubieran correspondido a esos dones mucho mejor y les hubieran sacado mayor partido. No hay pecado ni crimen cometido por otro hombre, que yo no sea capaz de cometer por razón de mi fragilidad, y si aún no lo he cometido, es porque Dios, en su misericordia, no lo ha permitido y me ha preservado en el bien (San Agustín).

Lo opuesto a la humildad es la soberbia. El soberbio confía sólo en sí mismo, pero no consigue nada. Se ha olvidado de las palabras de Cristo: Sin Mí nada podéis hacer (Jn 15, 5). Con Dios, sí que podemos: Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13). La soberbia hace que no se reconozca los pecados. El soberbio no se reconoce como pecador y, por tanto, no ve la necesidad de arrepentirse. Es humano que el hombre, habiendo pecado, lo reconozca y pida misericordia. Es inaceptable que se haga de la propia debilidad el criterio de la verdad para justificarse a uno mismo. (San Juan Pablo II). Cuidado con la soberbia. El pecado del ángel caído fue de soberbia. El pecado de nuestros primeros padres también fue de soberbia. Estemos atentos para que no se meta en nuestra vida la vanidad, el orgullo, el amor propio, la soberbia.

Con humildad acogeremos la palabra de Dios, esa palabra que nos hará vivir según el Espíritu. Lo dijo san Pablo: Vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros (Rm 8, 9). Con fe y humildad abrimos las puertas de nuestro corazón a Dios. Y si alguien no deja entrar en su vida a Dios, no quiere que Jesús reine en su corazón, ese no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Él, y vivirá según la carne.

El Apóstol especifica dos maneras en las que se puede vivir en este mundo. La primera es la vida según el Espíritu, en la cual se busca a Dios por encima de todas las cosas y se lucha, con la ayuda de la gracia divina contra las inclinaciones de la concupiscencia. Esta vida no se reduce al mero estar pasivos y a unas cuantas prácticas piadosas, sino que es un vivir según Dios que informa la conducta del cristiano: pensamientos, anhelos, deseos y obras se ajustan a lo que el Señor nos pide en cada instante y se realizan al impulso del Espíritu Santo.

La segunda es la vida según la carne, por la que el hombre se deja vencer por las pasiones. Le pedimos al Señor su gracia y fortaleza para no caer en este modo de vida, que aleja de Dios y conduce a la muerte, como advierte san Pablo: Porque si vivís según la carne, moriréis (Rm 8, 13). ¿A qué muerte? Como todos los hombres mueren, no se trata de la muerte del cuerpo, sino que la muerte a la que se refiere el Apóstol es la muerte eterna.

Es necesario someterse al Espíritu -comenta san Juan Crisóstomo-, entregarnos de corazón y esforzarnos por mantener la carne en el puesto que le corresponde. De esta forma nuestra carne se volverá espiritual. Por el contrario, si cedemos a la vida cómoda, ésta haría descender nuestra alma al nivel de la carne y la volvería carnal. Con el Espíritu se pertenece a Cristo, se le posee. Con el Espíritu se crucifica la carne, se gusta de una vida inmortal. En el que vive según el Espíritu, vive Cristo mismo y, por eso, puede esperar con certeza su futura resurrección. Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que habita en vosotros (Rm 8, 11). .

Abramos nuestro corazón a ese Rey que viene a nosotros con mansedumbre y humildad, acojamos su amor misericordioso y dejemos que Él ilumine con la Verdad que nos ha revelado nuestra mente y acaricie con su gracia nuestro corazón. Y así viviremos según el Espíritu.

Con la ayuda maternal de Santa María deseamos ser sembradores de paz, tras las huellas de Cristo, Príncipe de la paz. Siguiendo el ejemplo de la Virgen Santísima, queremos dejarnos guiar siempre y sólo por Jesucristo, Rey del Universo.

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