Compendio de Historia Sagrada. Curso 2016-17. Clases de Religión. Lección trigésima sexta. Los Macabeos

Lección trigésima sexta

Los Macabeos

¿Quiénes eran los Macabeos? No debe confundirse los Macabeos, hijos de Matatías, con los siete hermanos cuyo martirio ya se ha narrado. Entre estas dos familias no hay de común más que el heroísmo religioso y el nombre, que significa testigo del Señor.

¿Fue helenizado el pueblo judío? En la época de la dominación griega, con la consiguiente helenización, hubo unos israelitas que propusieron a los demás del pueblo: “Vayamos y establezcamos una alianza con los pueblos que nos rodean, pues desde que nos hemos separado de ellos nos han sobrevenido infinidad de males” Esta propuesta fue de su agrado y algunos del pueblo decidieron dirigirse al rey, que les concedió autorización para observar las costumbres de los gentiles. Entonces construyeron un gimnasio según las tradiciones de los gentiles. Ocultaron la señal de la circuncisión, se apartaron de la alianza santa, se coaligaron con las naciones y se vendieron para obrar el mal (1 M 1, 11-15).

Vivir las costumbres de los gentiles era incompatible con la fidelidad al Señor y a la Alianza, pues la pertenencia al pueblo de Dios exigía un comportamiento moral distinto del de los gentiles. Los gimnasios estaban presididos por dioses paganos, y además, como los ejercicios atléticos se realizaban desnudos, los judíos que acudían a los gimnasios ocultaban los signos de la circuncisión. Pero no todo el pueblo vio con buenos ojos la helenización. Muchos permanecieron fieles al Dios de Israel.

¿Por qué se sublevaron los Macabeos? La persecución de Antíoco Epífanes contra los judíos fue tan cruel, que hizo que los judíos se sublevaran contra su opresor.

¿Cómo fue la persecución? Antíoco, después de someter a Egipto, se fue a Israel y entró con arrogancia en el Santuario de Jerusalén, despojándolo completamente. Se lo llevó todo y se marchó a su tierra, tras verter mucha sangre y pronunciar palabras llenas de arrogancia. Dos años después envió a las ciudades de Judá al recaudador jefe de los impuestos, que se presentó en Jerusalén con un gran ejército. Les dirigió con engaño palabras de paz, y ellos le creyeron. Pero, de repente, cayó sobre la ciudad, infligió sobre ella un gran daño y destruyó sus casas y las murallas que la rodeaban. Se llevaron cautivos a las mujeres y a los niños, y se apropiaron de los ganados. Luego fortificaron la ciudad de David con una muralla alta y sólida y con grandes torres, convirtiéndola en su Ciudadela. Pusieron allí gente pecadora, a hombres malvados, que se hicieron fuertes en ella: introdujeron armas y avituallamiento, y almacenaron allí lo obtenido en el saqueo de Jerusalén. Se convirtió en una peligrosa trampa: fue una insidia contra el Santuario, un adversario maligno para Israel en todo tiempo. Derramaron sangre inocente alrededor del Santuario y lo profanaron. Por su culpa tuvieron que huir los habitantes de Jerusalén, que se convirtió en casa de extranjeros. Se hizo extraña a su linaje, y sus propios hijos tuvieron que abandonarla. Su Santuario quedó yermo como un desierto, sus días de fiesta se convirtieron en días de duelo, sus sábados en oprobio, su honor en nada. Conforme había sido se esplendor, así se multiplicó su ignominia, y su magnificencia se convirtió en duelo (1 M 1, 20-40).

El rey Antíoco Epífanes prohibió el cumplimiento de la Ley judía, exigiendo a los judíos el abandono de sus tradiciones. Quien no cumpliera lo mandado en el decreto real sería condenado a muerte. Mucha gente del pueblo, que había abandonado la Ley, obedecieron la orden del rey, pero otros muchos observantes de la Ley se vieron obligados a esconderse en cualquier clase de refugios.

En las ciudades circundantes de Judá se levantaron altares y se comenzó a quemar incienso ante las puertas de las casas y en las plazas. Rompieron y arrojaron al fuego todos los libros de la Ley que encontraron. Al que sorprendían en cualquier parte con el libro de la alianza, o al que observaba la Ley, el decreto del rey lo condenaba a muerte. Empleaban la fuerza contra Israel, contra todos los que, mes tras mes, eran descubiertos en las ciudades (1 M 1, 54-58). Conforme al mandato, mataban a las mujeres que habían circuncidado a sus hijos -con los niños colgando del cuello- y a sus familiares y a los que habían practicado la circuncisión. Pero muchos en Israel se mantuvieron fieles y se llenaron de valor para no comer alimentos impuros. Prefirieron morir antes que mancharse con la comida o profanar la alianza santa. Y, en efecto, murieron y fue muy grande la ira que se desencadenó sobre Israel (1 M 1, 62-64).

¿Cómo comenzó la sublevación de los judíos? El sacerdote Matatías fue quien dio la señal de este levantamiento general. Habiendo salido de Jerusalén, se estableció en Modín. Estando en este pueblo, llegaron los enviados del rey y le dijeron: “Tú eres príncipe noble y poderoso en esta ciudad y estás respaldado por hijos y hermanos. Así que ahora acércate tú primero y cumple la orden del rey, como han hecho todos los pueblo, los varones de Judá y los que se han quedado en Jerusalén. Tú y tus hijos seréis contados entre los amigos del rey y seréis honrados con plata, oro e innumerables regalos”. Pero Matatías respondió a grandes voces: “¡Aunque todos los pueblos que están bajo el imperio del rey le obedezcan y cada uno se aparte del culto establecido por sus padres acatando las órdenes del rey, mis hijos, mis hermanos y yo viviremos conforme a la alianza de nuestros padres! ¡Qué Dios nos libre de abandonar la Ley y las costumbres! ¡No obedeceremos los mandatos del rey para no apartarnos de nuestro culto ni a derecha ni a izquierda!” En cuanto terminó de pronunciar estas palabras, un judío se presentó delante de todos para sacrificar, conforme al mandato del rey, sobre el altar que había en Modín. Al verlo, Matatías se encendió de celo y sus entrañas se estremecieron. Se llenó de justa cólera y fue corriendo a matarlo sobre el altar. Y en ese mismo momento mató también al funcionario real que obligaba a hacer sacrificios, y derribó el altar. Así pues, se llenó de celo por la ley como había hecho Finés contra Zimrí, el hijo de Salú. Entonces Matatías gritó por la ciudad con fuerte voz: “¡Todo el que sienta celo por la Ley y quiera mantener la alianza, que me siga!” Y él y sus hijos huyeron a los montes y abandonaron todo lo que tenían en la ciudad (1 M 2, 17-28).

¿Le siguieron muchos? Después hacer aquel llamamiento general a las armas, bien pronto se vio a la cabeza de un ejército de cinco mil hombres, con el cual recorrió Palestina, destruyendo los ídolos, matando a los partidarios de Antíoco y emancipando así la Ley santa de la opresión en que estaba sumida. Sorprendido por la muerte en medio de sus victorias, este santo hombre encomendó a sus cinco hijos (Juan, Simón, Judas, Eleazar y Jonatán) la tarea de continuar la lucha para librar a Israel de la tiranía de Antíoco.

¿Qué dijo Matatías a sus hijos antes de morir? Presintiendo Matatías que se acercaba su última hora, reunió a sus hijos para decirle: Ahora imperan la soberbia y el ultraje; es tiempo de ruina y de gran furia. Ahora, hijos, encendeos de celo por la Ley. Dad vuestras vidas por la alianza de nuestros padres. Recordad las obras que vuestros padres realizaron en su tiempo. Recibid una gran gloria y un nombre eterno. Abrahán ¿no fue contado fiel en la prueba y le fue contado como justicia? José, en el momento de angustia, observó la Ley y se convirtió en señor de Egipto. Nuestro padre Finés, por estar encendido de una gran celo, recibió la alianza del sacerdocio eterno. Josué, por haber cumplido el mandato, se convirtió en juez de Israel. Caleb, por dar testimonio en la asamblea, recibió una herencia en la tierra. David, por ser misericordioso, recibió el trono del reino para siempre. Elías, por estar encendido de un gran celo por la Ley, fue transportado al cielo. Ananías, Azarías y Misael, por ser fieles, fueron librados del fuego. Daniel, por su inocencia, fue salvado de la boca de los leones. Consideradlo así a lo largo de todos los tiempos. Porque todos los que confían en Él no desfallecerán. Y no tengáis miedo a las palabras de un hombre pecador, porque su gloria irá al estercolero y será para los gusanos. Hoy será exaltado, pero mañana no se le encontrará: habrá vuelto al polvo del que salió y sus planes se desvanecerán. Hijos, sed fuertes y permaneced firmes en la Ley que en ella seréis glorificados. Aquí está vuestro hermano Simón. Sé que es un hombre sensato. Escuchadle siempre. Él será vuestro padre. Y Judas Macabeo, que ha sido valiente desde su juventud, será vuestro jefe militar y dirigirá la guerra del pueblo. Atraed hacia vosotros a los que observen la Ley y haced justicia a vuestro pueblo. Devolved a los gentiles mal por mal y cumplid las prescripciones de la Ley (1 M 2, 49-68).

¿Consiguió Judas Macabeo grandes victorias? Sí. En los dos libros de los Macabeos se narran las batallas y victorias que obtuvo Judas Macabeo. Éste, que recibió y transmitió a su familia el glorioso nombre de Macabeo, sucedió a su padre, Matatías, y fue uno de los más grandes héroes de que pudo gloriarse el pueblo de Israel.

Judas Macabeo tuvo un sueño, en la cual se veía victorioso de muchas batallas. Ésta fue su visión: Onías, el que fuera sumo sacerdote, hombre bueno y honrado, modesto en su comportamiento, de carácter afable, que empleaba correctamente las palabras y desde niño se había ejercitado en todo lo pertinente a la virtud, extendiendo las manos oraba por todo el pueblo judío. Después apareció igualmente otro hombre que se distinguía por sus canas y su dignidad; y la majestad que le rodeaba era admirable y grandiosa. Onías tomó la palabra y dijo: “Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora tanto por el pueblo y la ciudad santa, Jeremías, el profeta de Dios”. Entonces Jeremías extendió su mano derecha y entregó una espada a Judas diciendo al dársela: “Toma esta espada santa, don de Dios, con la que destruirás a los enemigos (2 M 15, 12-16).

Efectivamente, con muchos menos medios consiguió Judas Macabeo derrotar a cinco grandes ejércitos sirios, rescató la ciudad de Jerusalén y restableció el culto del verdadero Dios.

¿Cómo reaccionó Antíoco Epífanes al enterarse de los triunfos de los judíos? Estaba el rey Antíoco en guerra con Persia cuando le llegó la noticia de la última victoria de Judas Macabeo, y, furioso, tomó enseguida el camino de Jerusalén, y dijo orgullosamente: Cuando llegue allí, haré de Jerusalén un cementerio de judíos (2 M 9, 4). Apenas había acabado de pronunciar esta amenaza, Dios le golpeó con una herida incurable, que le roía las entrañas en medio de los más atroces dolores. Sin embargo, lleno de soberbia, respirando fuego en su furor contra los judíos, ordenó acelerar la marcha. Pero abatido por la enfermedad, reconoció que pesaba sobre él la mano del Dios de Israel. Y no pudiendo soportar ni su propio hedor dijo: Justo es someterse a Dios y no sentirse igual a Dios siendo mortal (2 M 9, 12). Y llamando a sus amigos, les dijo: El sueño se aparta de mis ojos y mi corazón desfallece por lo congoja. Me he dicho a mí mismo: ¡a qué grado de aflicción he llegado! ¡En qué terrible zozobra me encuentro! ¡Yo, que era tan generoso y apreciado mientras gobernaba! Ahora recuerdo los daños que he perpetrado contra Jerusalén al apoderarme de todos los utensilios de plata y oro que estaban allí, y mandar exterminar a los habitantes de Judá sin razón alguna. Reconozco que ésta es la causa de que me hayan sobrevenido estos males. Mirad, muero con una gran tristeza en un país extranjero (1 M 6, 10-13). Antíoco Epífanes murió el año 164 antes de Cristo.

¿Con la muerte de Antíoco Epífanes vino la paz? No. A Antíoco IV le sucedió su hijo Antíoco V Eupátor. Durante su reinado continuó la lucha, que Judas sostuvo constantemente con el mismo valor y resultados ventajosos. Una de las batallas, la que se dio en las llanuras de Bet-Zacaría, se hizo memorable por el heroísmo de Eleazar, hermano de Judas.

¿Qué hizo Eleazar? Durante la batalla, Eleazar vio que uno de los elefantes del ejército enemigo estaba protegido con corazas reales, y pensó que allí estaría el rey. Y entonces dio su vida por salvar a su pueblo y ganarse un renombre eterno; se lanzó con arrojo contra el animal por en medio de la falange, matando a diestra y siniestra, y haciendo que se apartaran de él a ambos lados. A continuación, se colocó debajo del elefante, le clavó la espada y lo mató; pero el elefante cayó en tierra sobre él y Eleazar murió allí (1 M 6, 44-46).

¿Invocaba Judas Macabeo a Dios en las batallas? Por supuesto. En una batalla contra Gorgias y los idumeos, viendo Judas que los hombres de su ejército se encontraban exhaustos, pues estaban luchando desde hacía mucho tiempo, invocó al Señor para que se mostrara como aliado y guía en la batalla, y después lanzó el grito de guerra, consiguiendo la victoria. En esta batalla quedaron muertos en el campo bastantes judíos, y, cuando al día siguiente los compañeros de Judas fueron a trasladar los cuerpos de los que habían caído para darles sepultura, vieron debajo de las túnicas de cada uno de los muertos objetos consagrados a los ídolos que la Ley prohíbe a los judíos. Se hizo evidente a todos que aquellos había caído por esta causa. Entonces, todos, después de alabar los designios del Señor juez justo que hace manifiestas las cosas ocultas, recurrieron a la oración pidiendo que el pecado cometido fuese completamente perdonado. El valeroso Judas exhortó a la multitud a mantenerse sin pecado, tras haber contemplado con sus ojos lo sucedido por el pecado de los que habían caído. Y haciendo una colecta entre sus hombres de hasta dos mil dracmas de plata, la envió a Jerusalén para que se ofreciera un sacrificio por el pecado, obrando recta y noblemente al pensar en la resurrección. Porque si no hubiese estado convencido de que los caídos resucitarán, habría sido superfluo e inútil rezar por los muertos. Pero si pensaban en la bellísima recompensa reservada a los que se duermen piadosamente, su pensamiento era santo y devoto. Por eso hizo el sacrificio expiatorio por los difuntos, para que fueran perdonados sus pecados (2 M 12, 41-46).

¿Murió Judas Macabeo en combate? Sí. No dejaba de reconocer Judas que su pueblo se cansaba de aquella cruelísima guerra sin tregua ni descanso; por esto buscó el apoyo de alguna nación fuerte, y concluyó un tratado de alianza con los romanos; pero antes de que recibiera ningún refuerzo, fue de nuevo invadida Palestina por los sirios. El general sirio Báquides, con un gran ejército, presentó batalla a los judíos. Éstos sólo eran tres mil hombres selectos bajo las órdenes de Judas Macabeo. Los soldados judíos, cuando vieron el ejército enemigo tan numeroso, se llenaron de tanto miedo que muchos huyeron del campamento. Sólo ochocientos permanecieron fieles, dispuestos a luchar. Judas, muy afligido, dijo a los ochocientos: “Levantémonos y vayamos contra nuestros enemigos. Quizá todavía podemos pelear contra ellos”. Pero le trataban de disuadir con estas palabras. “No podemos. Es mejor que nosotros mismos nos pongamos a salvo ahora. Más tarde volveremos con nuestros hermanos y les haremos frente. Nosotros somos muy pocos”. Judas dijo: “¡Jamás haremos semejante cosa como huir de ellos! Si ha llegado nuestra hora, moriremos valientemente por nuestros hermanos y no toleramos que se cuestionen nuestra gloria” (1 M 9, 8-10).

La batalla fue muy dura, cayendo heridos de muerte muchos hombres de los dos ejércitos. También Judas cayó mortalmente herido, y entonces los suyos huyeron. Era el año 161 antes de Cristo. Jonatán y Simón recogieron el cuerpo sin vida de su hermano y le dieron sepultura en la tumba de sus padres en Modín. Todo Israel lloró y se lamentó por él con gran dolor. Hicieron duelo por él durante muchos días y decían: “¡Cómo ha caído el héroe que salvaba a Israel!” (1 M 9, 21).

¿Continuó la guerra…? Muerto Judas Macabeo, ocuparon su lugar sucesivamente sus hermanos Jonatán y Simón, a quienes cupo la gloria de libertar completamente a su pueblo de la dominación de los reyes de Siria. La nación judía, agradecida, resolvió que la doble autoridad de rey y sumo sacerdote fuera hereditaria en la familia de los Macabeos. Así empezó la dinastía de los Asmoneos, que gobernó Palestina hasta el advenimiento de Herodes el Grande.

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