PALABRA ETERNA DE DIOS. Homilía del Domingo XV del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)


Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecunda, la hacen germinar, y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí de vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le haya confiado (Is 55, 10-11). Con esta comparación el profeta Isaías describe la eficacia poderosa y fecunda de la palabra de Dios. Ella realiza la salvación que anuncia. Esta palabra de Dios personificada es figura de la Encarnación de Jesucristo, Palabra eterna del Padre, que desciende a la tierra para salvar a los hombres.

La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo. Leyendo la Biblia se contempla y se aprende a conocer la vida de Jesucristo, pues la Sagrada Escritura desde el principio hasta el final, está impregnada de misterio de Cristo, señalado oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo. Hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo.

Meditad a menudo la palabra de Dios, y dejad que el Espíritu Santo sea vuestro maestro. Descubriréis entonces que el pensar de Dios no es el de los hombres; seréis llevados a contemplar al Dios verdadero y a leer los acontecimientos de la Historia con sus ojos; gustaréis en plenitud la alegría que nace de la verdad (Benedicto XVI). La lectura de la Sagrada Escritura es oración, debe ser oración, debe brotar de la oración y llevar a la oración.

De modo especial se recomienda la lectura meditada del Nuevo Testamento, donde está el testimonio de los Apóstoles, que tuvieron la experiencia viva de Cristo, le vieron con sus ojos, le escucharon con sus oídos y le tocaron con sus manos. De modo particular está recomendada la lectura de los Santos Evangelios, que son el corazón de todas las Escrituras. Cristo es el modelo de nuestra vida, y es necesario meditar su paso en la tierra. Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 2).

Salió el sembrador a sembrar (Mt 13, 3). Con estas palabras comienza el Señor la parábola del sembrador. El Sembrador divino arroja la simiente, que no es otra cosa que la palabra del Reino. El sembrador coge con su mano un puñado de semilla del saco que lleva a bandolera y la arroja a voleo. Y ocurre que al echar la semilla, parte cayó junto al camino y vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra y brotó pronto por no ser hondo el suelo; pero al salir el sol, se agostó y se secó porque no tenía raíz. Otra parte cayó entre espinos; crecieron los espinos y la ahogaron. Otra, en cambio, cayó en buena tierra y comenzó a dar fruto, una parte el ciento, otra el sesenta y otra el treinta (Mt 13, 4-8). Y el mismo Cristo explica a sus discípulos el sentido de la parábola.

Nuestra Madre la Iglesia Santa, con su Magisterio, nos explica el sentido de la Sagrada Escritura. Por eso, al leer la Biblia es conveniente ver las notas al pie de página a los diversos versículos. En esto se diferencia una Biblia católica de una no católica. Para los protestantes está la libre interpretación de la Escritura. Los católicos sabemos que la Iglesia es la depositaria de la Revelación divina y tiene por misión interpretarla. Para esto cuenta con la ayuda del Espíritu Santo.

Ésta es la explicación del Señor: A todo el que oye la palabra del Reino y no entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno pedregoso es el que oye la palabra, y al momento la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende y fructifica y produce el ciento, o el sesenta, o el treinta (Mt 13, 19-23).

El mensaje de esta parábola puede resumirse así: ¿Por qué la palabra de Dios produce efectos tan dispares en las personas? Hay que tener en cuenta que nos movemos en el misterio de la gracia que Dios concede y de la correspondencia del hombre a la gracia recibida. Además, hay que salvaguardar los dos aspectos: la libertad de Dios al dar la gracia y la libertad del hombre al corresponder. Dios revela con su Palabra. Jesucristo que es la plenitud de la Revelación. La palabra de Jesús, tanto en los tiempos de Cristo como en todas las épocas, necesita una buena acogida de los hombres. Hay quienes la oyen sin entenderla, y ni siquiera hacen un esfuerzo para comprenderla: son sordos a Dios, como las autoridades religiosas de Israel, que escuchaban al Señor, pero ellos estaban acechando a Jesús para malinterpretar las enseñanzas del divino Maestro. Otros son débiles o inconstantes, como las muchedumbres que oyeron la predicación de Cristo o se beneficiaron de sus milagros, y, en cambio, le dejaron solo en la hora de la prueba, en la pasión. Otros fallan, pero no por debilidad cuando hay que defender la palabra, sino porque la palabra del Señor no puede fructificar en una vida que no sea recta.

Pero la palabra de Dios es más poderosa que las disposiciones de los hombres, y cuando es enviada a la tierra es fecunda siempre, como dijo el profeta Isaías al compararla con la lluvia y la nieve que descienden del cielo y no vuelven sin fructificar.

La palabra de Jesús, sus enseñanzas que están recogidas en los santos evangelios, en cuanto palabra de Dios puede fructificar en mayor o menor proporción, porque los hombres no somos iguales, pero siempre es eficaz. Cuando esta palabra es proclamada, la voz del predicador resuena exteriormente, pero su fuerza es percibida interiormente y hace revivir a los mismos muertos: su sonido engendra para la fe nuevos hijos de Abrahán. Es, pues, viva esta palabra en el corazón del Padre, viva en los labios del predicador, viva en el corazón del que cree y ama. Y, si de tal manera es viva, es también, sin duda, eficaz (Balduino de Canterbury).

Cada cristiano debe reflexionar: La Palabra llega cada día al campo de mi vida. Y a veces no encuentra esa tierra buena (esponjosa y abonada) que produce mucho fruto, sino un terreno pedregoso, lleno de maleza. Hay que preparar la tierra quitando las malas hierbas de la inconstancia, de la pereza, de la seducción de las riquezas, de la sensualidad, de los afanes mundanos…, de todo lo que impida que la semilla produzca el fruto deseado por el Sembrador. El fruto llegará cuando el campo esté preparado, es decir, cuando se escucha la Palabra, se medita en el corazón y se entiende.

La semilla -la Palabra de Dios- es alimento para nuestra alma, firmeza para nuestra fe, sustento y vigor interno para nuestra vida cristiana. En la Sagrada Escritura vemos la intimidad de Dios, que se nos muestra en ella. Su conocimiento se ordena al amor, a la amistad con Dios.

La Biblia consta del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, pero en toda ella hay unidad. Transmite un único mensaje: el de la salvación. En los libros del Nuevo Testamento -tanto en los Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles como en las cartas paulinas y las de otros apóstoles- se hace referencia al Antiguo Testamento. Especialmente vemos en el Evangelio según san Mateo -y también en los otros tres restantes- como en Cristo se cumplen las profecías mesiánicas.

El Nuevo Testamento está latente en el Antiguo Testamento y el Antiguo está patente en el Nuevo. El profeta Isaías escribe: Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65, 17); Porque como los cielos nuevos y la tierra nueva que voy a hacer -oráculo del Señor-, así permanecerá vuestro linaje y vuestro nombre (Is 66, 22), y en continuidad con estas palabras del profeta, san Pablo amplía la liberación obrada por Cristo a la creación material. La espera ansiosa de la creación anhela la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación se ve sujeta a la vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto hasta el momento presente (Rm 8, 19-22).

La creación material se encontraba sujeta a la vanidad, es decir, estaba corrompida a causa del pecado de nuestros primeros padres, según se deduce de lo que Dios dijo a Adán: Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas y comerás las plantas del campos (Gn 3, 17-18). San Pablo entiende que la liberación del cosmos es consecuencia de la liberación del hombre, de la redención obrada por Cristo. Y una vez que han sido eliminadas todas las fuerzas del mal, incluso la muerte, el apóstol san Juan ve con luz profética la instauración plena del Reino de Dios: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron (Ap 21, 1). Un mundo nuevo sobre el que habitará la humanidad renovada, y cuya llegada está garantizada por la Palabra del Dios eterno y todopoderoso.

En el principio creó Dios el cielo y la tierra (Gn 1, 1). Dios crea con su palabra. Dijo Dios: Haya luz. Y hubo luz (Gn 1, 3), y así fue creando el firmamento, los árboles, la hierba verde, las lumbreras del cielo, las aves, los peces, los animales y al hombre. En la obra creadora participó el Verbo, la Palabra de Dios. Todo se hizo por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1, 3). Y es el Verbo encarnado, Jesucristo, quien recapitula en Sí todo lo creado y entregar al Padre su Reino. Dios ha vencido la muerte y en Jesús ha inaugurado definitivamente su Reino, los cielos nuevos y la tierra nueva, en los cuales la creación ya no gime ni sufre dolores de parto. Durante su vida terrena Jesús es el profeta del Reino. Después de su Pasión, Resurrección y Ascensión al Cielo, liberada ya la creación de la esclavitud de la corrupción, Jesucristo participa del poder de Dios y de su dominio sobre el mundo.

María Santísima es la mujer del silencio y de la escucha (San Juan Pablo II), que guardaba todo y lo meditaba en su corazón (Lc 2, 19). Fue reconocida como Madre por Jesucristo y ensalzada por Él como bienaventurada, por escuchar y practicar la Palabra de Dios. Ella nos alcanzará del Espíritu Santo que conozcamos y nos enamoremos de Cristo en la Escritura Santa, y que sepamos transmitir la Palabra de Dios con don de lenguas.

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