TRES PARÁBOLAS SOBRE EL REINO DE LOS CIELOS. Homilía del Domingo XVII del Tiempo Ordinario. (Ciclo A)

En el libro 1 Reyes se cuenta la petición que hizo Salomón al comienzo de su reinado a Dios. El Señor le dijo: Pide qué quieres que te dé (1 R 3, 5). El joven rey, consciente de su responsabilidad, respondió a Dios diciendo: Concede a tu siervo un corazón dócil para juzgar a tu pueblo y para saber discernir entre el bien y el mal. Pues, ¿quién podrá juzgar a tu pueblo siendo éste tan grande? (1 R 3, 9). La petición de Salomón fue grata a Dios porque está hecha con humildad y tiene como objeto, no cosas materiales, sino discernimiento o sabiduría para administrar justicia entre el pueblo. Es así un anticipo del orden que, según la enseñanza de Cristo, ha de tener la oración de petición.

En la carta que escribió san Clemente I a los cristianos de Corinto está esta oración: Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre, libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes; que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro, y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que tú guías.

Cuando hay humildad en la oración y se pide son cosas buenas, como hizo Salomón, Dios concede esos bienes. Lo dice el mismo Cristo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, y quien busca halla, y al que llama se le abre (Lc 11, 9-10). Y la respuesta de Dios a la petición de Salomón es: Porque has hecho esta petición y no has pedido para ti ni muchos años, ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste para ti discernimiento, mira que yo he obrado según tus palabras: te he dado un corazón sabio e inteligente; hasta tal punto que no ha habido antes otro como tú, ni existirá después (1 R 3, 11-12).

El Padrenuestro -la oración que nos enseñó Jesucristo- es un ejemplo de oración de petición. En el Padre Nuestro, las tres primera peticiones tienen por objeto la gloria del Padre: la santificación de su nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro presentan al Padre nuestros deseos: estas peticiones conciernen a nuestra vida para alimentarla o para curarla del pecado y se refieren a nuestro combate por la victoria del Bien sobre el Mal. Con el “Amén” final expresamos nuestro “fiat” respecto a las siete peticiones: “Así sea” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2857; n. 2865).

En la Plegaria eucarística I -también llamada Canon romano- le pedimos a Dios lo más importante: líbranos de la condenación eterna y cuéntanos entre tus elegidos, que es lo mismo que pedirle la perseverancia final. El apóstol san Pablo escribe a los cristianos de Roma: Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios, de los que son llamados según su designio. Porque a los que de antemano eligió también predestinó para que fuesen conformes con la imagen de su Hijo, a fin de que él sea primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó también los llamó , y a los que llamó también los justificó, y a los que justificó también los glorificó (Rm 8, 28-30).

Estas palabras inspiradas nos llenan de confianza en Dios. Estamos en este mundo en tensión entre lo que ya poseemos y somos y lo que anhelamos. Pero nada del porvenir es dejado por Dios al acaso. Elección, predestinación, llamamiento, justificación y glorificación forman parte del designio salvador de Dios. Omnia in bonum! (todo para bien). Al igual que Jesús llamó a los apóstoles, también llama a cada hombre para que le siga. Sí, cada hombre, en su sitio y en sus propias circunstancias, tiene una vocación dada por Dios y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina: De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes (Camino, n. 755). Cada uno de nosotros tiene que entender y creer: Dios me llama. Desde la eternidad, Dios nos ha amado como personas únicas e irrepetibles. Él nos llama y su llamada se realiza a través de la persona de Jesucristo, que nos dice, como ha dicho a los apóstoles: Ven y sígueme.

Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4), es decir, al conocimiento de Cristo Jesús. El seguimiento de Cristo da la felicidad al hombre. Sólo Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios y de María, la Palabra eterna del Padre, que nació hace dos mil años en Belén de Judá, puede satisfacer las aspiraciones más profundas del corazón humano. Y además es el camino de la gloria, pues Jesús vino a buscar a todos los hombres y mujeres (llamamiento). Como buen samaritano de la familia humana, se ha acercado a la gente para sanarla de sus pecados (justificación) y de las heridas que la vida inflige, y llevarla a la casa del Padre (glorificación).

El Reino de los Cielos (la casa del Padre), es presentado por Cristo como el valor supremo, lo máximo que puede aspirar el hombre, en dos parábolas: la del tesoro escondido y la de la perla. En las dos, el Señor se refiere a la actitud del hombre para alcanzarlo. El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido en el campo que, al encontrarlo un hombre, lo oculta y, en su alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo. Asimismo el Reino de los cielos es como un comerciante que busca perlas finas y, cuando encuentra una perla de gran valor, va y vende todo cuanto tiene y la compra (Mt 13, 44-46).

Aún siendo muy parecidas las dos parábolas, hay ligeras diferencias en la enseñanza de ambas: el tesoro significa la abundancia de dones; la perla, la belleza del Reino. El tesoro se presenta de improviso, la perla supone, en cambio, una búsqueda esforzada; pero en ambos casos el que encuentra queda inundado de un profundo gozo. Así es la fe, la vocación, la verdadera sabiduría, el deseo del cielo: a veces se presenta de modo inesperado, otras sigue a una intensa búsqueda. Sin embargo, la actitud del hombre es idéntica en ambas parábolas y está descrita con los mismos términos: va, vende cuanto tiene y compra. El desprendimiento, la generosidad, es condición indispensable para alcanzarlo. Decía santa Teresa de Jesús que es exigible esa generosidad por parte del hombre porque Dios nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo. Y san Josemaría Escrivá: Quien entiende el reino que Cristo propone advierte que vale la pena jugarse todo para conseguirlo… el reino de los cielos es una conquista difícil: nadie está seguro de alcanzarlo, pero el clamor humilde del hombre arrepentido logra que se abran sus puertas de par en par (Es Cristo que pasa, n. 180).

Quien elige a Jesús encuentra el tesoro mayor, la perla preciosa, que da valor a todo lo demás, porque Él es la Sabiduría divina encarnada que vino al mundo para que la humanidad tenga vida en abundancia. Y quien acoge la bondad, la belleza y la verdad superiores de Cristo, en quien habita toda la plenitud de Dios, entra con Él en su reino, donde los criterios de valor de este mundo ya no cuentan e incluso quedan completamente invertidos (Benedicto XVI, Homilía 6.V.2006).

Dios convoca a todos los hombres al Reino de los Cielos. Y la Iglesia hace eco de esta convocatoria. Sin embargo, hay quienes hacen oídos sordos a esta llamada, y no se muestran dignos: al final los ángeles separarán a los buenos de los malos. Y también el Señor lo explica con otra parábola: la de la red barredera. Asimismo el Reino de los Cielos es como una red barredera que se echa en el mar y recoge toda clase de cosas. cuando está llena la arrastran a la orilla, y se sientan para echar lo bueno en cestos, y lo malo tirarlo fuera. Así será el fin del mundo: saldrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos y los arrojarán al horno del fuego. Allí habrá llanto y rechinar de dientes (Mt 13, 47-50).

Esta parábola está referida en un ambiente de pescadores. La red barredera es larga, y al extenderla entre dos barcas y arrastrarla recoge, junto con toda clase de peces, otras muchas cosas: algas, hierbas, diversos objetos… Algunos han visto en la red a la Iglesia, y en el mar, al mundo. La enseñanza que encierra es la verdad del juicio: al final de los tiempos juzgará Dios y separará a los buenos de los malos. Es significativa la reiterada alusión del Señor a las postrimerías (o novísimos), especialmente al juicio y al infierno; con su divina pedagogía sale al paso de la facilidad del hombre para olvidarse de estas verdades. Todas estas cosas se dicen para que nadie pueda excusarse basado en su ignorancia, que únicamente cabría si se hubiera hablado con ambigüedad sobre el suplicio eterno (San Gregorio Magno).

Jesucristo habla del infierno cuando se refiere al horno de fuego donde habrá llanto y rechinar de dientes. Es de fe definida que existe el infierno. Aunque alguno se pregunte, ¿realmente existe el infierno? La respuesta es afirmativa. Sí, el infierno existe. Para negar su existencia habría que arrancar páginas enteras del Evangelio o manipular sus textos y olvidar todo lo que la Iglesia dice sobre este castigo. Cristo habló con claridad meridiana de la eternidad de las penas del infierno.

Hay que reconocer que es una verdad que resulta impopular hablar de ella, pero no se puede omitir en la catequesis. El Catecismo de la Iglesia Católica la expresa así: La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de su muerte y allí sufren las penas del infierno, el “fuego eterno”. Se debe exponer la fe católica sobre el infierno con completa fidelidad a la doctrina del Evangelio. Es necesario evitar cualquier tentación de atenuar esta verdad de fe.

Dios no quiere que nadie perezca, sino que todos lleguen a la conversión (2 P 3, 9). La voluntad salvífica de Dios queda manifestada tanta en la muerte amorosa en la Cruz de su Hijo como en las graves advertencias que nos hace Jesucristo de la terrible realidad del infierno. Si tu ojo derecho te escandaliza, arráncalo y arrójalo lejos de ti, porque te conviene más perder uno de tus miembros antes de que tu cuerpo entero sea arrojado al infierno (Mt 5, 29). ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? (Mt 16, 26).

Dios no predestina a nadie a ir al infierno; para que eso suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (pecado mortal), y persistir en él hasta el final. La existencia del infierno nos enfrenta con la realidad de nuestra libertad: tenemos toda la gracia para vencer y ser felices aquí y en la otra vida. Pero somos libres de construir nuestra vida desoyendo a Dios, de hacernos desgraciados aquí y para siempre. Sin embargo, no hay que tener miedo a la libertad. El Señor nos ha dejado con libertad, que es un bien muy grande y el origen de muchos males, pero también es el origen de la santidad y del amor (San Josemaría Escrivá). Queremos hacer uso de nuestra libertad para amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente.

La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira (Catecismo de la Iglesia Católica). La existencia de este lugar de castigo constituye un llamamiento a la conversión. También habla de la necesidad de hacer apostolado: no podemos dejar a la gente que viva en pecado, que ponga en peligro su felicidad eterna. Seamos conscientes de que junto a nosotros pueden vivir personas que no están habitualmente en gracia de Dios. Sintamos la urgencia grave de ayudarles, de decirles la verdad de su situación.

En la Salve le pedimos a la Virgen María que nos mire con ojos misericordiosos y que ruegue por nosotros, intercediendo ante su santísimo Hijo, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. Es decir, para que nos encontremos entre los elegidos de Dios y entremos en el Reino de los Cielos que el mismo Dios nos ha preparado y prometido como premio a nuestra fidelidad al Evangelio.

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