EL BANQUETE DE LA ALIANZA DEL SEÑOR. Homilía del Domingo XVIII del TIempo Ordinario. (Ciclo A)

En el capítulo 8 de la carta de san Pablo a los cristianos de Roma hay unos versículos que expresan una de las declaraciones más elocuentes del Apóstol de los gentiles: la fuerza omnipotente de Aquel (Dios Padre) que ama a la criatura humana, hasta el punto de entregar a la muerte a su propio Hijo Unigénito, hará que salgamos victoriosos de los ataques y padecimientos. Los cristianos, con tal de que queramos acoger los beneficios divinos, podemos tener la certeza de alcanzar la salvación, porque Dios no dejará de darnos las gracias necesarias.

Leamos esos versículos: ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? Pero en todas estas cosas vencemos con creces gracias a aquel que nos amó. Porque estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rm 8, 35.37-39). Por tanto, nada de lo que nos pueda ocurrir podrá apartarnos del Señor: ni temor de la muerte, ni amor a la vida, ni príncipes de los demonios, ni potestades del mundo, ni tormentos que nos hacen sufrir….

Con la enumeración de fuerzas superiores al hombre, san Pablo quiere expresar que nada ni nadie es más fuerte que el amor irrevocable que se nos ha dado en Cristo Jesús. Es cierto que todavía, mientras vivimos, no hemos alcanzado la salvación, pero tenemos la certeza de lograrla merced a las gracias que Dios no deja de darnos. Éste es el motivo por el cual vivimos como hijos de Dios, sin miedo a la vida ni miedo a la muerte. Muy bien lo dijo Orígenes cuando comentó la epístola a los Romanos: Mientras contemos con el amor de Dios, no recibiremos ningún daño. En efecto, el amor con que nos ha amado ha raptado nuestro afecto hacia Él, nos ha conseguido que no sintamos ni el dolor ni la crucifixión del cuerpo. Por eso, en todas las cosas venceremos. Eso es lo que dice la esposa del “Cantar de los Cantares”, al afirmar: “Estoy herida por el amor”. Así también recibe nuestra alma la herida del amor de Cristo; aunque el cuerpo sea entregado a la espada, no sentirá las heridas de la carne gracias a la herida del amor.

El amor de Dios es misericordioso. En la iglesia del Señor San Jorge, de la Hermandad de la Santa Caridad de Sevilla -también conocida como la iglesia de la Santa Caridad- están representadas las siete obras de misericordia corporales en seis cuadros de Bartolomé Esteban Murillo y en una escultura de Pedro Roldán que está en el retablo. La representación de cada obra de misericordia está sacada de un pasaje de la Biblia. Así vemos como en la Sagrada Escritura Dios nos habla de la misericordia, no sólo con palabras sino también con obras.

En el cuadro de la primera -visitar y cuidar a los enfermos- está la escena evangélica de la curación de un paralítico que por sí solo no consigue sumergirse en la piscina cuando un ángel remueve las aguas. Jesús le ayuda, le acompaña y además, con solo tocarle, le cura. El cuadro de la segunda -dar de comer al hambriento- muestra el milagro de la multiplicación de los panes realizado por Jesucristo para dar de comer a una multitud. En el cuadro de la tercera -dar de beber al sediento- está representada la escena bíblica de cuando Moisés golpeó la roca e hizo brotar de ella un manantial de agua para saciar la sed del pueblo israelita. El cuadro de la cuarta -dar posada al peregrino- representa a Abrahán dando hospedaje a tres misteriosos personajes -ángeles- que pasaban delante de su tienda. En el cuadro de la quinta -vestir al desnudo- se ve al padre del hijo pródigo que recibe a su hijo y ordena a los criados que traigan ropa limpia y nueva para vestir a aquel hijo que estaba muerto y ha resucitado, estaba perdido y ha sido encontrado. El cuadro de la sexta -redimir al cautivo- representa a san Pedro siendo liberado de la cárcel por un ángel. Y en el retablo está la séptima -enterrar a los muertos- con unas imágenes que representan la sepultura de Cristo.

Vamos a fijarnos en la escena evangélica de la multiplicación de los panes. El milagro según lo cuenta san Mateo está precedido por estos dos versículos: Al oírlo Jesús se alejó de allí en una barca hacia un lugar apartado él solo. Cuando la gente se enteró le siguió a pie desde las ciudades. Al desembarcar vio una gran muchedumbre y se llenó de compasión por ella y curó a los enfermos (Mt 14, 13-14). La figura del Señor atrae porque predica con la palabra y con el ejemplo. No como los fariseos que dicen, pero no hacen; atan cargas pesadas e insoportables y las ponen sobre los hombros de los demás, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas (Mt 23, 3-4). Toda la vida de Cristo se resumió en el deseo de comunicar a los hombres el fuego del amor divino. Su mensaje trae la felicidad a los hombres y la salvación del mundo.

También en nuestros días -como en todas las épocas- hay que seguir a Cristo, caminar al encuentro de Cristo: solo Él es la solución de todos nuestros problemas; solo Él es el camino, la verdad y la vida; solo Él es la verdadera salvación del mundo; solo Él es la esperanza de la humanidad. Y fuera de Cristo no hay paz ni felicidad, no hay vida eterna y, lo que es más trágico, la vida humana revienta de asco y de rabia.

Al atardecer se acercaron sus discípulos y le dijeron: “Éste es un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimento”. Pero Jesús les dijo: “No hace falta que se vaya, dadles vosotros de comer”. Ellos le respondieron: “Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces”. Él les dijo: “Traédmelos aquí”. Entonces mandó a la gente que se acomodara en la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta que quedaron satisfechos, y de los trozos que sobraron recogieron doce cestos llenos. Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños (Mt 14, 15-21).

Cristo es sensible a las necesidades espirituales y materiales de los hombres. Aquí le vemos, dejando el descanso -un descanso merecido-, tomar la iniciativa para satisfacer el hambre de aquella multitud que le sigue. Sí, nuestro Dios es misericordioso, se compadece de las miserias humanas. San Mateo, además de contar el milagro de la multiplicación, recuerda la curación de los enfermos. Ésta es otra de las enseñanzas del divino Maestro. A veces, no hay más remedio que olvidarse del propio descanso para atender, como buenos samaritanos, a personas que tienen necesidades materiales o espirituales.

La actitud del Señor es ejemplar para el cristiano. Ante la muchedumbre desperdigada se llena de compasión y les da un doble alimento: el espiritual de su enseñanza y el material del alimento corporal. Así todo discípulo de Cristo debe practicar no solamente las obras de misericordia corporales, sino también las espirituales. Las acciones de Jesús que se narran en los santos Evangelios son muy significativas, ya que con ellas señala el cumplimiento de las profecías, según las cuales Dios mismo iba a ser el pastor de su pueblo guiándolo y alimentándolo. El relato muestra que Jesús no está solamente satisfaciendo la necesidad corporal de las muchedumbres, sino que con sus gestos -que son muy semejantes a los de la institución de la Eucaristía- anuncia el banquete mesiánico en el que Él es el anfitrión.

La acción de alimentar al pueblo en un lugar desierto evoca los episodios del éxodo, cuando Dios sustentaba a su pueblo, y prefigura la Eucaristía, alimento del cristiano en su camino hacia Dios. Por eso, en la tradición cristiana el milagro ha sido interpretado como una figura anticipada de la Sagrada Eucaristía. También se ha visto en esta escena evangélica una figura del nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, que se alimenta de la palabra de Cristo y del pan de la Eucaristía. La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, no ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo (Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei Verbum, n. 21).

Jesús, para realizar este gran milagro, busca la libre cooperación de los hombres y quiere que de sus discípulos que aporten los panes y los peces y que los distribuyan a la muchedumbre. Algo semejante ocurre en la Iglesia donde el Señor se nos ofrece en el banquete eucarístico a través de sus ministros.

Recogieron doce cestos llenos de sobras. La esplendidez del milagro es una muestra de la plenitud mesiánica. Elías dio a la viuda lo que era indispensable para su sustento. En cambio, Jesús da con generosidad, con abundancia. Cristo quiso que se recogieran las sobras de aquella comida, para que aprendamos a no desperdiciar los bienes materiales, que son dones de Dios. El derroche de estos dones, el gasto caprichoso es opuesto al espíritu cristiano y al sincero deseo de seguir las pisadas del Maestro, porque sus huellas son de pobreza. El mandato de Cristo es una hermosa lección de economía -en el sentido más noble y más pleno de la palabra- para nuestra época, dominada por el derroche. El beato Pablo VI dijo en la ONU: Vuestra tarea consiste en conseguir que el pan sea suficientemente abundante en la mesa de la humanidad y no en fomentar el control artificial de nacimientos -que sería irracional- a fin de disminuir el número de comensales en el banquete de la vida.

En la recogida de los panes sobrantes, los Santos Padres evocan a Moisés que distribuía “el maná” según las necesidades de cada uno, de modo que lo que sobraba se llenaba de gusanos. La Eucaristía, como alimento del alma, es y significa un don que Dios nos da “cada día”. Es, además del sacrificio de la Nueva Alianza, el banquete del Cuerpo del Señor. Banquete ya profetizado por Isaías cuando invita al banquete de la Alianza del Señor: ¡Todos los sedientos, venid a las aguas! Y los que no tengáis dinero, ¡venid! Comprad y comed. Venid. Comprad sin dinero y sin nada a cambio, vino y leche. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, y vuestros salarios en lo que no sacia? Escuchadme con atención y comeréis cosa buena, y os deleitaréis con manjares substanciosos. Prestad oídos y venid a Mí. Escuchad y vivirá vuestra alma. Sellaré con vosotros una alianza eterna, las misericordias fieles prometidas a David (Is 55, 1-3). En la Eucaristía, banquete de la Nueva Alianza, se hacen plena realidad las palabras del profeta en las palabras que el Señor pronunció al instituir este sacramento: Tomad y comed el verdadero pan de vida, el manjar más exquisito, que no se puede comprar con nada. Por eso la invitación del profeta Elías sigue siendo una llamada a que el cristiano se beneficie de la Sagrada Eucaristía.

El papa beato Pablo VI, exhortando a los fieles a participar en la celebración dominical, escribía: ¿Cómo podrían abandonar este encuentro, este banquete que Cristo nos prepara con su amor? ¡Que la participación sea muy digna y festiva a la vez! Cristo, crucificado y glorificado, viene en medio de sus discípulos para conducirlos juntos a la renovación de su resurrección. Es la cumbre, aquí abajo, de la Alianza de amor entre Dios y su pueblo: signo y fuente de alegría cristiana, preparación para la fiesta eterna (Gaudete in Domino, n. 322).

La Virgen María recibió el amor de Dios de una forma desbordante, pues al amor de Hija predilecta y de Madre del Verbo, se sumó el amor que, como Esposo, le otorgó el Espíritu Santo. Por eso le pedimos que siempre tengamos el corazón abierto para recibir el amor de Cristo, manifestado en la locura del amor divino que es la Eucaristía.

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