La confesión de los pecados

Tener la valentía, delante del confesor, de llamar a los pecados con su propio nombre, sin esconderlos. Confesarse es ir al encuentro del amor de Jesús con un corazón sincero y con la transparencia de los niños; y no rechazando, sino más bien acogiendo la “·gracia de la vergüenza”, que hace percibir el perdón de Dios.

Para muchos creyentes adultos, confesarse frente a un sacerdote es un esfuerzo insostenible -que a menudo conduce a esquivar el Sacramento- o al punto de convertir un momento de verdad en un ejercicio de ficción. San Pablo, en su Carta a los Romanos hace exactamente lo contrario: admite públicamente ante la comunidad que “en su carne no mora el bien”. Presume de ser un “esclavo” que no hace el bien que quiere, sino el mal que no quiere. Esto sucede en la vida de fe, cuando “quiero hacer el bien, el mal está junto a mí”.

Y esta es la lucha de los cristianos. Es nuestra lucha cotidiana. Y no siempre tenemos el valor de hablar como Pablo habla de esta lucha. Siempre buscamos una forma de justificación: “Sí, todos somos pecadores”… y lo decimos así. Esto se explica de una manera dramática: es nuestra lucha.

Y si no reconocemos esto, nunca podemos tener el perdón de Dios. Porque si el ser pecador es ser una palabra, una frase, una manera de decir, entonces no necesitamos del perdón de Dios. Pero si se trata de una realidad que nos convierte en esclavos, necesitamos de esta liberación interior del Señor, de esa fuerza. Pero lo más importante aquí es que para encontrar el camino de salida, Pablo confiesa su pecado a la comunidad, su tendencia al pecado, no lo esconde.

La confesión de los pecados con humildad es lo que la Iglesia nos pide a todos nosotros. Ésta es la invitación del apóstol Santiago el Menor: “Confiesen sus pecados entre ustedes”. No para hacer publicidad sino para dar gloria a Dios, y reconocer que es “Él quien me salva”. Por eso, para confesarse se va donde el hermano, el hermano sacerdote: es para actuar como Pablo. Ante todo con la misma “eficacia”:

Algunas personas dicen: “Ah, yo me confieso con Dios”. Eso es fácil, es como confesarse por correo electrónico. Dios está ahí lejos, digo las cosas y no hay un “cara a cara”, no se da un “cuatro ojos”. Pablo confiesa su debilidad a los hermanos cara a cara. Otros dicen: “No, yo sí voy a confesarme”, pero se confiesan cosas tan etéreas, tan en el aire, que no tienen ninguna sustancia. Y eso es lo mismo que no hacerlo. Confesar nuestros pecados no es ir a una sesión de psiquiatría, ni tampoco ir a una sala de tortura, sino que es decirle al Señor: “Señor, soy un pecador”, pero decirlo a través del hermano, y que lo dicho sea también concreto. “Y yo soy un pecador por esto, por esto y por esto”.

Concretizar, honestidad y también una habilidad sincera de avergonzarse de sus propios errores: no hay sendas a la sombra, alternativas al camino que conduce al perdón de Dios para sentir en lo más profundo de mi corazón su perdón y su amor.

Los más pequeños tienen esa sabiduría: cuando un niño viene a confesarse, nunca dice una cosa general. “Padre, hice esto e hice aquello a mi tía, a aquel le dije tal palabra” y dicen la palabra. Pero son concretos. “Tienen la sencillez de la verdad. Y nosotros siempre tenemos la tendencia a ocultar la realidad de nuestras miserias. Pero hay una cosa hermosa: cuando confesamos nuestros pecados en la presencia de Dios, siempre sentimos la gracia de la vergüenza. Avergonzarse ante Dios es una gracia. Es una gracia: “Yo me avergüenzo”. Pensemos en Pedro, después del milagro de Jesús en el lago: “Señor: aléjate de mí, que soy un pecador”. Tenía vergüenza de su pecado ante la santidad de Jesucristo (Papa Francisco).

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