FE EN LA ORACIÓN Y EN EL APOSTOLADO. Homilía del Domingo XIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

En el primer libro de los Reyes se cuenta que Elías entró en una cueva para pasar la noche. Y el Señor le preguntó: ¿Qué te trae aquí, Elías? (1 R 19, 9). Cuando entramos en una iglesia, también nos pregunta el Señor a cada uno: ¿Qué te trae aquí? Unas veces responderemos: Señor, vengo a participar de tu Sacrificio, del único sacrificio de la Nueva Alianza. Y quiero que mi participación sea plena, consciente y activa como mi santa madre la Iglesia lo desea. En otras ocasiones le diremos al Señor: Vengo a visitarte, porque sé que Tú me esperas pacientemente en el Sagrario y quiero hacerte compañía. O bien, vengo Señor a hablar Contigo, a hacer un rato de oración. A eso hemos venido ahora al oratorio, y de rodillas delante del Sagrario comenzamos nuestra meditación, esta conversación con el Señor.

Después de responder Elías a Dios, un ángel le dice al profeta: Sal y quédate en la montaña, delante del Señor (1 R 19, 11). A continuación se lee en este pasaje bíblico que narra el encuentro de Elías con el Señor: Entonces el Señor pasó y un viento fortísimo conmovió la montaña y partió las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Detrás del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Detrás del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Detrás del fuego, un susurro de brisa suave. Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto, salió y se detuvo a la puerta de la cueva (1 R 19, 11-13). Dios habla, y su voz es como un susurro que va directamente al corazón. Por eso, para escuchar su voz debemos apartarnos del bullicio mundano, del ruido que atolondra a tantas personas, de la algarabía imperante en el ambiente que nos rodea.

Para hablar con Dios es necesario el recogimiento, el silencio exterior. En el silencio se realiza el encuentro con Dios y se escucha esa palabra que Dios dice en eterno silencio y en silencio tiene que ser oída. La oración es siempre abrirse al Espíritu Santo, una escucha de la palabra de Dios. Hacer oración es hablar con el Señor como se habla con un padre, con un amigo: sin anonimato, con un trato personal, es una conversación de tú a tú (San Josemaría Escrivá).Y en el Catecismo de la iglesia Católica se dice que la oración es un cara a cara con Dios, de donde se extrae luz y fuerza; y a veces, un debatirse o una queja, y siempre, una intercesión que espera y prepara la intervención del Dios salvador, Señor de la historia

Tenemos el ejemplo de Jesucristo. Él buscaba el recogimiento para hablar con su Padre: Y enseguida Jesús mandó a los discípulos que subieran a la barca y que se adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedirla, subió al monte a orar a solas. Cuando se hizo de noche seguía él solo allí (Mt 14, 22-23). En el Evangelio vemos cómo Cristo se retiraba a lugares solitarios para hacer oración.

Solamente el que hace oración es capaz luego de ver a Dios en los sucesos de la vida ordinaria, de tener presencia de Dios a lo largo del día y de ver las cosas de esta tierra con visión sobrenatural, porque el Señor se hace el encontradizo todos los días de nuestra vida: basta que abramos bien los ojos, y veremos a Jesús que nos busca, que nos espera, que nos da la mano para que caminemos más deprisa (Beato Álvaro del Portillo). Cristo no nos deja nunca solos. Es más, nos acompaña por el camino como hizo con los discípulos de Emaús. Y cuando en la oración nos metemos en las escenas del Evangelio, Él es quien nos las explica, nos revela las enseñanzas que encierran.

El Señor dice a los apóstoles que se fueran en la barca a la otra orilla del lago y ocurrió que mientras tanto, la barca ya se había alejado de tierra muchos estadios, sacudida por las olas, porque el viento le era contrario (Mt 14, 24). Se había desencadenado una tempestad en el lago de Genesaret. Las aguas se arremolinaron con grave peligro para la barca. También a nosotros el Señor nos pide que, dentro de la barca de la Iglesia, rememos mar adentro, que no permanezcamos en la orilla, cuando hay en el mar del mundo muchas almas que hay que ganarlas para Cristo. Pero tengamos en cuenta que la primera condición para remar mar adentro requiere cultivar un profundo espíritu de oración, alimentado por la escucha diaria de la Palabra de Dios.

En la cuarta vigilia de la noche vino hacia ellos caminando sobre el mar. Cuando le vieron los discípulos andando sobre el mar, se asustaron y dijeron: “¡Es un fantasma!” y llenos de miedo empezaron a gritar (Mt 14, 25-26). Y en este mar por el que navegamos también hay tormentas y escollos, dificultades de todo tipo. Pero al igual que Jesús, caminando sobre las aguas, fue al encuentro de los suyos, también el Señor está con nosotros y nos dice: Tened confianza, soy yo, no tengáis miedo (Mt 14, 27). Este episodio evangélico ilumina la vida cristiana. También la Iglesia, como la barca de los Apóstoles, se ve combatida. Jesús, que vela por ella, acude a salvarla, no sin antes haberla dejado luchar para fortalecer el temple de sus hijos. En las pruebas de fe y de fidelidad en el combate del cristiano por mantenerse firme cuando las fuerzas flaquean, o cuando cunde el desánimo, el Señor nos anima, nos estimula a pedir, y nos tiende la mano.

Entonces Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas”. “Ven” le dijo él. Y Pedro se bajó de la barca y comenzó a andar sobre las aguas en dirección a Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se atemorizó y, al empezar a hundirse, se puso a gritar: “¡Señor, sálvame!” Al instante Jesús alargó la mano, lo sujetó y le dijo: “Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?” (Mt 14, 28-31).

En estos versículos del Evangelio según San Mateo en los que nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas del mar de Tiberíades, destaca el impulso espontáneo de Simón Pedro. En el apóstol Pedro, con sus impulsos y sus debilidades, se describe nuestra fe: siempre frágil y pobre, inquieta y con todo victoriosa, la fe del cristiano camina hacia el encuentro del Señor resucitado, en medio de las tempestades y peligros del mundo (Papa Francisco).

¡Qué importante es la oración personal! Que le pidamos a Jesús que, como a Pedro, nos digas que vayamos hacia Él, pasando por encima de las aguas de la muerte, del pecado, de los criterios del mundo. Pero solamente podremos ir hasta el Señor si confiamos en su poder, no cuando nos fiemos de nuestras fuerzas.

Es muy sustancioso el final de este pasaje: Y cuando subieron a la barca se calmó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: “Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Mt 14, 32-33). Y comenta el papa Francisco: Sobre la barca estaban todos los discípulos, unidos por la experiencia de la debilidad, de la duda, del miedo, de la “poca fe”. Pero cuando a esa barca vuelve a subir Jesús, el clima cambia inmediatamente: todos se sienten unidos en la fe en Él. Todos, pequeños y asustados, se convierten en grandes en el momento en que se postran de rodillas y reconocen en su maestro al Hijo de Dios. ¡Cuántas veces también a nosotros nos sucede lo mismo! Sin Jesús, lejos de Jesús, nos sentimos asustados e inadecuados hasta el punto de pensar que ya no podemos seguir. ¡Falta la fe! Pero Jesús está con nosotros, tal vez oculto, pero presente y dispuesto a sostenernos. Donde hay miedo no hay fe y donde hay fe no hay miedo. Hay que vaciarse de miedo y llenarse de Cristo.

De los labios de los apóstoles brotó la confesión de fe en la divinidad de Jesús. También nosotros, en nuestro apostolado, proclamamos la misma fe, la fe del cristiano: Verdaderamente eres Hijo de Dios. Lo que caracteriza a la fe cristiana, a diferencia de todas las otras religiones, es la certeza de que el hombre Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios, la Palabra hecha carne, la segunda Persona de la Trinidad que ha venido al mundo. Ésta es la alegre convicción de la Iglesia desde sus comienzos. Dios, el invisible, está vivo y presente en Jesús. Jesús de Nazaret es Dios-con-nosotros.

Hemos de llevar otras personas al Señor, ante todo, con el ejemplo de nuestra vida. No podemos ser como los carteles de las carreteras, que indican la dirección a una ciudad, pero ellos no van. Nosotros debemos señalar a nuestros amigos cuál es el camino que lleva a Dios, pero yendo por delante con nuestra lucha esforzada, bien apoyados en el Señor. Por eso, debemos construir la vida sobre Cristo, acogiendo con alegría la palabra y poniendo en práctica la doctrina. Pero este apostolado no consiste sólo en el testimonio de la vida; el verdadero apostolado busca las ocasiones de anunciar a Cristo con la palabra, ya a los no creyentes para llevarlos a la fe, ya a los fieles para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa (Concilio Vaticano II).

Nos interesan todas las almas, solía decir san Josemaría Escrivá, y daba la razón: No hay un alma que no interese a Cristo. Cada una de ellas le ha costado el precio de toda su sangre. Este interés por todos lo sentía vivamente san Pablo, el Apóstol de los gentiles. Recorrió varias regiones de la cuenca del Mediterráneo anunciando la buena nueva de Cristo. Pero especialmente le preocupaba los de su misma raza, los judíos. Os digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo: siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne. Ésos son los israelitas: a ellos pertenece la adopción de hijos y la gloria y la alianza y la legislación y el culto y las promesas; de ellos son los patriarcas y de ellos según la carne desciende Cristo, el cual es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén (Rm 9, 1-5). Con estas letras, san Pablo muestra un gran amor hacia los de su raza, enseña que la gran dignidad del pueblo elegido se pone de manifiesto más bien en que Dios quiso asumir una naturaleza humana de la raza hebrea.

A nosotros, cristianos, nos preocupa toda la humanidad. Pero… Me parecen muy lógicas tus ansias de que la humanidad entera conozca a Cristo. Pero comienza con la responsabilidad de salvar las almas de los que contigo conviven, de santificar a cada uno de tus compañeros de trabajo o de estudio… -Ésta es la principal misión que el Señor te ha encomendado (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 953).

Todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4, 13), escribió san Pablo. Con Jesús lo podemos todo. Ésta es nuestra esperanza. Y si alguna vez la esperanza se debilita, fijémonos en las palabras de san Gregorio de Nisa: El Señor levanta y sustenta esta esperanza que vacila. Como hizo en la persona de Pedro cuando estaba a punto de hundirse, al volver a consolidar sus pies sobre las aguas. Por tanto, si también a nosotros nos da la mano aquel que es la Palabra, si, viéndonos vacilar en el abismo de nuestras especulaciones, nos otorga la estabilidad iluminando un poco nuestra inteligencia, entonces ya no temeremos, si caminamos agarrados de su mano.

Encomendemos a la Virgen Santa la suerte de la humanidad, para que se le abra al mundo un horizonte nuevo y prometedor de fraternidad, solidaridad y paz.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s