Creo en Dios Padre…

Las lecturas bíblicas que hemos leído (la rebelión y muerte de Absalón, hijo de David, y la resurrección de la hija de Jairo) presentan la figura de dos padres: la del rey David, que llora la muerte del hijo rebelde Absalón, y Jairo, jefe de la sinagoga, que pide a Jesús que cure a su hija. Es llamativo el llanto de David frente a la noticia del asesinato del hijo, a pesar de que su hijo combatía contra él para conquistar el reino. El ejército de David vence, pero a él no le interesaba la victoria. “¡Esperaba al hijo! ¡Le interesaba sólo el hijo! Era rey, era jefe del país, pero era padre”. Y así, “cuando llega la noticia del final de su hijo, fue sacudido por un temblor: subió al piso de arriba… y lloró”.

Decía yéndose: Hijo mío, Absalón. ¡Hijo mío! ¡Hijo mío, Absalón! ¡Hubiera muerto yo en tu lugar! ¡Absalón, hijo mío! ¡Hijo mío! Éste es el corazón de un padre, que no rechaza nunca a su hijo. “Es un ladrón. Es un enemigo. Pero es mi hijo”. Y no reniega la paternidad: llora… Dos veces David llora por un hijo: ésta y la otra cuando iba a morir el hijo del adulterio. También aquella vez hizo ayuno, penitencia para salvar la vida del hijo. ¡Era padre!

El otro padre es el jefe de la Sinagoga. Un persona importante pero delante de la enfermedad de la hija no tiene miedo de postrarse a los pies de Jesús: “¡Mi hija está muriendo, ven a imponerle las manos, para que sea salvada y viva!” No tiene vergüenza, no piensa en lo que puedan decir los otros, porque es padre.

David y Jairo son dos padres: ¡Para ellos lo más importante es el hijo y la hija! No hay otra cosa. ¡Lo único importante! Nos hace pensar en lo primero que decimos a Dios en el Credo: Creo en Dios Padre… Nos hace pensar en la paternidad de Dios. Pero Dios es así. ¡Dios es así con nosotros! “Pero, padre, ¡Dios no llora!” ¡Cómo que no! Recordemos a Jesús, cuando ha llorado en Jerusalén. “¡Jerusalén, Jerusalén! Cuántas veces he querido recoger a tus hijos, como la gallina reúne a sus pollitos bajo las alas!” ¡Dios llora! Dios llora como un padre por sus hijos. Dios también llora y su llanto es como el de un padre que ama a los hijos y no los rechaza nunca aunque sean rebeldes, siempre les espera. ¡Jesús ha llorado por nosotros! Y ese llanto de Jesús es precisamente la figura del llanto del Padre, que nos quiere a todos con Él.

En los momentos difíciles el Padre responde. Recordemos a Isaac, cuando va con Abrahán a hacer el sacrificio: Isaac no era tonto, se había dado cuenta que llevaban leña, el fuego, pero no la oveja para el sacrificio. ¡Tenía angustia en el corazón! ¿Y qué dice? “¡Padre!” Y en seguida: “¡Aquí estoy hijo!” El padre responde.

Así, Jesús, en el huerto de los Olivos dice con angustia en el corazón: “¡Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz!” Y los ángeles fueron a darle fuerza. ¡Así es nuestro Dios: es Padre! ¡Es un Padre así!.

Un padre como el que espera al hijo pródigo que se ha ido con todo el dinero, con toda la herencia. Pero el padre lo esperaba todo los días y “lo vio de lejos”. ¡Ese es nuestro Dios! Dios tiene corazón de Padre que espera y no rechaza al hijo rebelde. Asimismo nuestra paternidad es la de los padres de familia como la paternidad espiritual de los obispos y sacerdotes debe ser como ésta. El Padre tiene como una unción que viene del hijo: ¡no puede entenderse a sí mismo sin el hijo! Y por esto necesita al hijo: lo espera, lo ama, lo busca, lo perdona, lo quiere cerca de sí, tan cerca como la gallina quiere a su pollitos.

Vayamos hoy a casa con estas dos imágenes: David que llora y el otro, jefe de la sinagoga, que se postra delante de Jesús, sin miedo de pasar vergüenza y hacer reír a los otros. Estaban en juego los hijos: el hijo y la hija. Y con estos dos imágenes decimos: Creo en Dios Padre… Y pidamos al Espíritu Santo -porque solamente Él, el Espíritu Santo- que nos enseñe a decir ¡Abba, Padre! ¡Es una gracia! ¡Poder decir a Dios Padre! con el corazón es una gracia del Espíritu Santo. ¡Pidámosla a Él (Papa Francisco).

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