UNIVERSALIDAD DE LA SALVACIÓN. Homilía del Domingo XX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

Esto dice el Señor: “Guardad el derecho y practicad la justicia, que pronto va a llegar mi salvación y revelarse mi justicia” (Is 56, 1). Estas palabras del Señor ofrecen perspectivas de salvación abiertas a todos los hombres que practican la justicia. La redención realizada por Cristo es universal. En el Antiguo Testamento el Pueblo de Dios era Israel. De la comunidad judía eran excluidos los extranjeros, según aparece en el Levítico y en el Deuteronomio. Y también en los libros de Esdras y Nehemías.

Sin embargo en el libro del profeta Isaías se dice: A los hijos del extranjero que se adhieran al Señor para servirlo y amar el Nombre del Señor, para serle sus siervos, y a cuantos guarden el sábado sin profanarlo, y mantengan mi alianza, les haré entrar en mi monte santo (Is 56, 6-7a). El profeta afirma con estas palabras que Dios sale al encuentro de todo hombre bueno y honesto, sin que haya frontera de ningún tipo que pueda limitar esta realidad. Los lazos para formar parte de la comunidad del pueblo de Dios ya no son estrictamente los de la sangre, sino que son necesarios y suficientes los de la comunión en el culto al verdadero Dios y la práctica de la moralidad establecida por la antigua Alianza. En la nueva Alianza, todos los hombres están llamados a pertenecer a la Iglesia, que es el nuevo Pueblo de Dios. Porque la misión de Jesús concierne a toda la humanidad, y por eso la Iglesia tiene una responsabilidad con respecto a toda la humanidad, para que reconozca a Dios, al Dios que por todos nosotros en Jesucristo se encarnó, sufrió, murió y resucitó. La Iglesia no puede retirarse cómodamente dentro de los límites de su propio ambiente. Tiene por cometido la solicitud universal, debe preocuparse por todos y de todos.

Les daré alegría en mi casa de oración: sus holocaustos y sus sacrificios me serán gratos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos (Is 56, 7b). La oración del justo será escuchada, su sacrificio aceptado. Gozará del don más precioso: La presencia de Dios. Conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben (Sal 66, 4-5). Teniendo en cuenta estas palabras de la Escritura fijémonos en la escena evangélica de la mujer cananea que pide a Jesucristo que cure a su hija que está poseída del demonio.

Situemos el lugar donde ocurrió el encuentro de Jesús con la cananea. Después que Jesús salió de allí, se retiró a la región de Tiro y Sidón (Mt 15, 21). Tiro y Sidón son dos ciudades fenicias, en la corta del mar Mediterráneo. Nunca formaron parte de Galilea, pero se encuentran cerca de su frontera noroeste. Por tanto, en tiempos de Jesús caían fuera de los dominios de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea. Allí se retira el Señor tal vez para evitar la persecución de Herodes y de los judíos, y atender de modo más intenso a la formación de sus apóstoles. En la región de Tiro y Sidón la mayoría de los habitantes eran paganos.

San Marcos dice que el Señor entró en una casa y deseaba que nadie lo supiera, pero no pudo pasar inadvertido (Mc 7, 24). Entonces una mujer cananea, no perteneciente al pueblo elegido, sino que era gentil, se acercó a Jesús y le dijo: ¡Señor, Hijo de David, apiádate de mí! Mi hija está poseída cruelmente por el demonio”. (23) Pero él no le respondió palabra. Entonces, se le acercaron sus discípulos para rogarle: “Atiéndela y que se vaya, porque viene gritando detrás de nosotros”(Mt 15, 22-23).

Más que de una enfermedad, se trataba de una posesión diabólica lo que le ocurría a la hija de la “cananea”. La existencia del demonio es una de las verdades contenidas en la Revelación. El diablo es, para la fe cristiana, una presencia misteriosa, pero real, no meramente simbólica, sino personal (Cardenal Ratzinger). Una realidad maléfica, poderosa y personal, opuesta a Dios. Un ser de naturaleza angélica -es el ángel caído- que emplea sus poderes sobrehumanos tratando de apartar al hombre de su camino de salvación.

El demonio, el espíritu del mal, es enemigo del alma humana. El hombre debe combatir, no contra fantasmas -que son irreales, sólo existen en la imaginación- sino contra el mal. Un mal personificado, real, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. El demonio es el enemigo número uno, es el tentador por excelencia. Sabemos que este ser oscuro y perturbador existe realmente y sigue actuando (Beato Pablo VI). Satanás hace la guerra al hombre, pero éste con la ayuda de Dios siempre podrá salir victorioso.

La petición de la mujer cananea es el grito de toda persona que busca amor, acogida y amistad con Cristo. Es el grito de tantas personas en nuestras ciudades anónimas, de muchos de nuestros contemporáneos y de todos los mártires que aún sufren persecución y muerte en el nombre de Jesús: “Señor, ayúdame”. Este mismo grito surge a menudo en nuestros corazones: “Señor, ayúdame”. No respondamos como aquellos que rechazan a las personas que piden, como si atender a los necesitados estuviese reñido con estar cerca del Señor. No, tenemos que ser como Cristo que responde siempre a quien le pide ayuda, con amor, misericordia y compasión (Papa Francisco).

Continuamos leyendo este episodio del Evangelio: Él respondió: “No he sido enviado sino a los ovejas perdidas de la casa de Israel”. Ella, no obstante, se acercó y se postró ante él diciendo: “¡Señor, ayúdame!” Él le respondió: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos”. Pero ella dijo: “Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que sea como tú quieres”. Y su hija quedó sana en aquel instante (Mt 15, 24-28).

¿Por qué el Señor emplea el diminutivo “perrillos? Para dulcificar así una expresión despectiva que se utilizaba para referirse a los gentiles.

Al principio desconcierta la actitud del Señor. Parece distante y humillante para la mujer cananea. Pero Jesucristo sabe lo que hace: quiere poner a prueba la humildad y la perseverancia de la madre angustiada. Y que quede constancia la fe de aquella mujer en el Señor. Es un modelo de oración para todos. Hay que pedir con fe. La fe tan grande de la cananea se compone de actos puntuales y audaces: la mujer pide aunque parezca inoportuna, insiste aunque se tenga por indigna, persevera ante las dificultades y por fin logra lo que quiere.

Preguntémonos: ¿puede decir el Señor de mí y yo escuchar de sus labios: ¡Qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas!? Lo que deseamos, Señor, es que nuestra fe sea tan fuerte y perseverante como la de aquella madre angustiada por el mal que padecía su hija.

En la oración es importante la perseverancia. Vemos muchas veces que el Señor no nos concede enseguida lo que pedimos: esto lo hace para que lo deseemos con más ardor, o para que apreciemos mejor lo que vale. Tal retraso no es una negativa sino una prueba que nos dispone a recibir más abundantemente lo que pedimos (San Juan María Vianney, Sermón sobre la oración).

Con la descripción pormenorizada de las acciones y las palabras de los dos -de Jesús y de la mujer- se deja notar que, aunque Jesús predicara sólo a los judíos, dirige la salvación a todas las personas, judíos o gentiles. El diálogo, vivo y audaz, nos enseña que la fe en Jesucristo debe vencer todos los obstáculos, incluso la indignidad personal. Es una escena en la que vemos a Jesús cambiando sus planes y saltando fronteras se encuentra con una pagana extranjera. Hoy se diría: una de fuera. Pero esta mujer sirve de ejemplo para la fe de los de dentro. Su fe –mujer, qué grande es tu fe ha conseguido el milagro: su hija quedó sana en aquel instante. Es preciso que no nosotros no olvidemos nunca esta lección.

No desmayes por indigna que sea la persona, por imperfecta que resulte la oración, si ésta se alza humilde y perseverante, Dios la escucha siempre (San Josemaría Escrivá, Surco, n. 468).

En los Hechos de los Apóstoles se ve claramente que el designio salvífico de Dios es también para los gentiles. En casa del centurión Cornelio, san Pedro dice: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier pueblole es agradable todo el que le teme y obra la justicia (Hch 10, 34-35). Y cuando el apóstol Pedro explicó porqué había recibido en la Iglesia a Cornelio, los cristianos se tranquilizaron y glorificaron a Dios diciendo: Luego también a los gentiles les ha concedido Dios la conversión para la Vida (Hch 11, 18).

Para la difusión del Evangelio entre los gentiles Dios elige a san Pablo. Cuando Ananías pone algunos reparos para ir a donde está Saulo después de su conversión, el Señor le dice: Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel (Hch 9, 15). Y san Pablo sabe que su misión es predicar el Evangelio a los gentiles, pero procurando a la vez la salvación de los judíos. Pero a vosotros, los gentiles, os digo: siendo yo, en efecto, apóstol de las gentes, hago honor a mi ministerio, por si de alguna forma provoco celo a los de mi raza y salvo a algunos de ellos (Rm 11, 13-14). La conversión de los gentiles debe ser ocasión de celo para que los judíos también se conviertan. Porque si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su restauración sino una vida que surge de entre los muertos? Porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables Rm 11, 28-29). Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel. A todos, judíos y gentiles, se extiende el amor de Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos. La Iglesia de Cristo debe ser testimonio y continuación de esta actitud.

Pues así como vosotros en otro tiempo fuisteis desobedientes a Dios, y ahora habéis alcanzado misericordia a causa de su desobediencia, así también ellos ahora no han obedecido, para que vosotros alcancéis misericordia, a fin de que también ellos consigan misericordia. Porque Dios encerró a todos en la desobediencia, para tener misericordia de todos (Rm 11, 30-32). La bondad de Dios es infinita. Aunque tanto los judíos como los gentiles desobecedieron a Dios, el Señor se apiada de todos y perdona sus miserias.

En nuestra vida encontramos personas de diferentes confesiones cristianas, o de otras religiones, o no creyentes. En muchos casos, el Señor pone en nuestro camino a católicos que se dicen no practicantes, o que afirman que han perdido la fe. Hemos de seguir el ejemplo de Jesús, que atiende a la mujer cananea y busca a todos.

En la Iglesia todos estamos llamados a anunciar la buena nueva de Jesucristo, a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes y darla a conocer a los no creyentes. Ningún cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir enseguida que la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros de la Iglesia.

Acudamos a Santa María, pidiéndole que la difusión del Evangelio llegue a todos los rincones de la tierra para que todos los pueblos alaben a Dios.

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